‘Con la muerte en los talones’

di-mariaMARIO BECEDAS | En el fútbol ya quedan pocos fugitivos de la titularidad, una especie en extinción. Se trata de esos futbolistas que siempre tienen la guadaña detrás de la nuca. Da igual el rendimiento o la habilidad demostrada sobre el campo. O es  un nuevo fichaje o se trata de un cambio de sistema, de unas goteras en el palco o del propio Apocalipsis; siempre va a existir un motivo por el que el banquillo salga arrancado de sus goznes y se ponga a perseguir a uno de estos jugadores a lo largo de toda la banda intentando engullirlos con su fila de asientos formando una dentadura de la que es imposible escapar.

En el variado ecosistema de los equipos de fútbol encontramos invariablemente a ese hombre que camina al filo del alambre, que en cada partido siente la amenaza de la suplencia o incluso la no convocatoria. Como si la temporada fuera para él una especie de proyección continua de ‘Con la muerte en los talones’, intentando pasar inadvertido para el entrenador tanto en la victoria como en la derrota. Se repite esa sensación escolar en la que se elige plantel para el recreo y cuando la terna se va acabando, de repente, suena tu nombre de boca de uno de los capitanes y sabes que ya estás dentro. Lo más difícil del encuentro está conseguido.

En el Real Madrid este papel de Cary Grant, pese a las maneras de galán de Cristiano Ronaldo, recae con unanimidad sobre el escurridizo Ángel Di María. El suspense de Hitchcock nunca abandona Concha Espina.  El argentino ha sido este verano la mercancía con la que han traficado por todos los puertos del mundo los mercaderes blancos. A cada nombre que publicaban los tabloides de su graciosa majestad, la foto de ‘El Fideo‘ aparecía como moneda de cambio. Parecía que Florentino Pérez enseñaba a los rivales el diente de su corcel y luego preguntaba que a quién tenía que fichar y por cuánto.

A punto de sonar la bocina de la feria ganadera en la que deviene cada año el mercado de fichajes, Di María vio que la espada de Damocles iba a caer sobre él mientras la blandía el ‘potro’ de Gales, como diría loco y exacerbado Jorge D’Alessandro. Con la llegada de Bale todos sabían que alguien tenía que morir. El albiceleste se metió las alcalinas en la chepa y se puso a hacer lo que mejor sabe: escapar. De la marca, del defensa, del balón, del fuera de juego, de la afición, de la directiva, de Florentino y del entrenador. Como una anguila revoltosa, ‘El Fideo‘ se puso a correr la banda en Granada y no paró hasta que Özil se hubo hecho el daguerrotipo con la camiseta del Arsenal. Una vez más el peligro había pasado.

En plena estampida, Ancelotti cogió cariño al chaval y le dejó como hoja de plata necesaria para los próximos cruces de navajas que esperan al Madrid. En el mismo filo del cuchillo Di María tendrá que correr más que Bale, huyendo como pueda de una suplencia galopante con su estilo inigualable: esprintando como si estuviera a punto de caerse, de perder el equilibrio, para hacer después una pirueta imposible, buscar el contrapeso a la caída con sus poco sucintas orejas y pegar una asistencia curvada de 30 metros desde la banda. Cualidades estas que ya demostró el argentino ante el Galatasaray, su penúltima fuga con el mortal banquillo pisándole los talones.

19/09/2013

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