Sacarse los miedos

chileJULIÁN CARPINTERO | El fútbol puede presentarse como un ente latente e intangible tan influyente en las culturas de todo el planeta que, a veces, llega a dar miedo comprobar hasta qué punto se convierte en el reflejo de las sociedades. En este sentido, fue Enric González quien se atrevió a aseverar que el ‘catenaccio’ con el que tradicionalmente se ha identificado a Italia se debe, en gran medida, a la necesidad que siempre tuvo el país transalpino de defenderse de los ataques extranjeros; y, en la misma línea, Axel Torres sostiene que la inocencia de los equipos asiáticos a la hora de encarar la portería rival es fruto de su carácter tímido y vergonzoso para con el resto del mundo. El caso de Chile no supone una excepción, pues varias generaciones de futbolistas a los que les sobraba talento acabaron diluyéndose por culpa de la inseguridad creada por una Dictadura que duró casi 17 años, un sentimiento de inferioridad que parece haber desaparecido con el relevo cogido por un grupo de jóvenes valientes.

La Selección española de Vicente Del Bosque juega hoy uno de esos amistosos intrascendentes que, para enfado de los clubes, suelen dejar algún lesionado por el camino y en los que la estrella que tanto sudor costó bordar en el pecho tiene mucho orgullo que perder y muy poco prestigio que ganar. No deja de ser curioso que en esta ocasión el rival sea Chile, un país que cada 11 de septiembre recuerda con estupor el golpe de Estado perpetuado por las tres ramas del Ejército y con el que se depuso a Salvador Allende, que había sido elegido de forma legítima por su pueblo hacía algo menos de un año. Por si la coincidencia de la fecha fuera poco significativa –39 años y 364 días desde que Pinochet usurpara el sillón del Palacio de la Moneda–, no deja de llamar la atención que el escenario elegido para el choque sea la ciudad suiza de Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones a mediados del siglo XX y ciudad donde la ONU firmó la convención en la que se definen los derechos de los heridos y prisioneros de guerra, la misma que, sin embargo, prefirió mirar hacia otro lado en lugar de amonestar a la Junta Militar y amparar a los miles de represaliados cuyo único delito era creer en la paz y la democracia. Entre ellos se encontró Carlos Caszely, tercer goleador histórico de la selección nacional pero cercano a Allende y al comunismo, motivos por los cuales su madre fue secuestrada y torturada por el régimen.

Así las cosas, el suicidio de Allende y la marcialidad que Pinochet y todo su séquito implantaron en el país afectaron a todos los niveles de la sociedad, incluido, evidentemente, el fútbol. En los años que duró la Dictadura, ningún equipo chileno alzó la Copa Libertadores, al tiempo que el combinado nacional –que en 1962 fue tercero en el Mundial que ellos mismos organizaron– cayó en primera ronda en las ediciones de 1974 y 1982 y ni siquiera consiguió clasificarse para los de 1978 y 1986. El balompié chileno era un erial, un terreno yermo que para intentar llevarse algo a la boca tenía que recurrir a la picaresca, en ocasiones llevada demasiado lejos. En 1989, durante un partido de clasificación para la Copa del Mundo de 1990 contra Brasil, el guardameta Roberto Rojas simuló una agresión por parte del público carioca, que, supuestamente, había lanzado una bengala al área que defendía el arquero chileno, provocándole heridas en la cara. No obstante, las investigaciones que se llevaron a cabo después mostraron cómo el portero del São Paulo se había provocado él mismo los cortes con unas cuchillas, por lo que Chile quedaba vetada para los Mundiales de Italia (1990) y Estados Unidos (1994).

Coincidencia o no, lo cierto es que sólo un año después de que la democracia regresara a Chile con el gobierno de Patricio Aylwin, Colo-Colo se proclamaba campeón de la Libertadores y se abría un nuevo horizonte del fútbol nacional con la explosión de dos iconos como Iván Zamorano y Marcelo Salas, que volvían a poner al país andino en el mapa del mundo futbolístico. Pese a todo, el resurgimiento definitivo de ‘La Roja’ –como se la conoce en Sudamérica– lo apadrinaría, años después, un hombre adelantado a su tiempo, un visionario que en Chile sólo despierta filias y que también había sabido sobreponerse a las zancadillas de un régimen totalitario como el que Jorge Rafael Videla instauró en Argentina. Marcelo Bielsa puso patas arriba el fútbol chileno a través de novedosos sistemas de entrenamiento, obsesivas sesiones de vídeo y, por encima de todas las cosas, un sistema de juego, el 3-6-1, que se resignaba a agachar la cabeza para esperar las collejas, demostrando personalidad, valentía y ambición.

La influencia de Bielsa fue tal que caló hondo en Jorge Sampaoli, actual seleccionador, que hizo de su Universidad de Chile un monumento al fútbol atrevido y de vanguardia. El emblema de esta nueva selección es Arturo Vidal, el centrocampista de la Juventus con aspecto de luchador de wrestling, que recupera, distribuye, piensa, golea y asiste. Y todo bien. Es evidente que Vidal nunca escribirá los versos más tristes ninguna noche, pero Pablo Neruda, otra víctima de la represión pinochetista, se sentiría orgulloso del espíritu contestatario que desprende esta hornada de orgullosos y seguros chilenos.

10/09/2013

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3 thoughts on “Sacarse los miedos

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