‘Pacifistán’

PacifistanÁLVARO MÉNDEZ | Con la actualidad informativa centrada únicamente en Siria y en Egipto, es frecuente olvidar la multitud de conflictos todavía abiertos en los que se derrama sangre en el nombre de la sinrazón. Y del poder, para qué negarlo. Pero hay todo un mundo más allá de Damasco, Homs o Alepo. No muy lejos, en Afganistán —en una cercanía que se explica no sólo a través de los mapas geográficos, sino a través de lo existencial, del idéntico sufrimiento que padecen sus ciudadanos por los mismos motivos— se celebró hace dos semanas el partido del hermanamiento. Dos pueblos en guerra, dos aficiones enfrentadas por la política y el poder, unidas, sin embargo, en las anticuadas gradas de un estadio de Kabul abarrotado. Porque, aunque parezca mentira, 6.000 personas es, en ciertos lugares, un lleno hasta la bandera si tenemos en cuenta que en frente está el archienemigo Pakistán.

A pesar de su carácter festivo, el primer encuentro entre ambos países en más de 30 años no estuvo exento de sustos. Los escrupulosos registros de las fuerzas de seguridad en los accesos al recinto provocaron largas colas —y consecuentes protestas— en los minutos previos al encuentro dada la obsesión permanente de quienes viven con el miedo a que los talibanes aprovechen cualquier evento para organizar una masacre. Y es que la historia reciente de Afganistán y Pakistán ha estado, por desgracia, escrita con la sangre de las miles y miles de personas que han encontrado la muerte en este árido infierno terrestre.

Si bien muchos culpan de la trágica situación actual de violencia interétnica a la invasión soviética de Afganistán, el problema real encuentra su explicación hace ya más de 100 años. A finales del siglo XIX, las autoridades británicas en la India trazaron una línea artificial en esta peculiar zona asiática, la Línea Durand, que a la postre dividió para siempre a Afganistán y al futuro Estado de Pakistán. Aunque la motivación oficial fue acabar con la conflictividad social en este punto caliente del mundo musulmán, no se tuvo en cuenta que separaría al pueblo pastún en dos mitades al tiempo que aglutinaba en los dos Estados a etnias antagónicas. Una chapuza al más puro estilo del imperialismo decimonónico que se agravó tras la independencia de Pakistán en 1947. Desde entonces, Kabul ha reclamado territorios al este de la Línea Durand e Islamabad ha intentado mantener el statu quo.

La entrada de los tanques con la estrella roja en 1978 —y su posterior huida con el rabo entre las piernas 14 años después— no fue sino la puntilla a un territorio dominado por las luchas tribales, el contrabando y el creciente integrismo islámico liderado por los talibanes. Estos mismos fueron quienes se hicieron con el poder en los años 90 e instauraron una república islámica con el radicalismo, la yihad y la intransigencia por bandera. Una nueva era en la que las prostitutas eran lapidadas, los ladrones mutilados y los partidos de fútbol interrumpidos para las oraciones y los castigos públicos.

Pero todo este clima de guerracivilismo, de militarismo  —incluida la reciente invasión de Estados Unidos— y de constante tensión quedó a un lado durante 90 minutos. Un once contra once sin kalashnikovs de por medio en el que el resultado final fue lo de menos. El 3-0 con el que Afganistán venció a Pakistán no pasará a la historia por su contundencia ni por su espectáculo ni por sus jugadas estelares, sino por el inmenso valor de reunir en el terreno de juego a quienes en el pasado fueron enemigos mortales. Incluso los gestos sinceros se impusieron a la palabrería institucional que, a veces, contamina este tipo de celebraciones. De hecho, a los 94 minutos, poco antes de que el árbitro pitara el final, uno de los jugadores pakistaníes cayó lesionado. El primero en llegar a socorrerle fue un jugador del equipo rival, un afgano convertido en hermano gracias al poder redentor del balón.

Así, sin vencedores ni vencidos, ambos equipos fueron campeones. Lo que el fútbol ha unido, que no lo separe el hombre.

06/09/2013

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