El adiós de la tortuga

ozil1MARIO BECEDAS | Hay adioses difíciles de entender. Despedidas silenciosas y fugaces que sólo duelen cuando el tiempo dicta su resolución. Marchas que nos dejan en una situación comprometida, sin saber cómo reaccionar y de qué manera asimilar. Ni todas las galanterías del fichaje de Gareth Bale pudieron esconder los gritos sublevados que el sentido común emitió en el Bernabéu interrumpiendo a Florentino Pérez en la presentación del galés: “Özil no se vende”.

Es el ‘10’ alemán un talento bruto, a explotar aún. Su timidez ha conquistado a todos los espectros de la afición pese a sus intermitencias. Un guante zurdo que nunca acabó de encontrar su sitio en el mejor equipo de la Premier incrustado en la idiosincrasia española. Pero, a pesar de su irregularidad, pronto los asientos de Chamartín echarán de menos esos inmensos ojos que veían mejor que nadie los espacios imposibles de la alfombra verde. Como contó Diego Torres, para el filósofo alemán Richard David Precht, los de Mesut Özil eran los ojos típicos del rostro de una tortuga. La cara del jugador le recordaba a las ilustraciones de los cuentos infantiles. Sería “un ídolo para los niños”.

Quizá Precht no adivinara por completo lo preciso de su asociación. El arte sensible del joven ascendiente de turcos es producto de la lentitud, la delicadeza. El baile del balón con los botines en el centro de la pista. Todo en medio de un arduo trabajo de genio incomprendido. Como el animal del caparazón, Özil no vive de la velocidad y la potencia; su fuerte es el dar vueltas lentamente por los tres cuartos hasta que, en esa afilada observación, encuentra el hueco por el que pasar antes que nadie. Es el suyo un movimiento diésel, invisible. El perfil del futbolista creativo que parece que no hace nada, pero recorre diez kilómetros en cada partido, más que ningún compañero. Una labor oscura de la que el telespectador sólo ve el chispazo en la carrera del veloz delantero después de que la pelota haya atravesado un mar de piernas. Se le acusa al silencioso alemán de bajo rendimiento cuando ha sido el mayor asistente del fútbol europeo de élite en las últimas tres temporadas. En Concha Espina ya sólo miran los números del banco, parece ser.

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Fue la crianza de Özil en el estrato humilde. Emigrantes turcos puliendo mármol en la vasta Alemania de la reconstrucción. Quiso la pequeña tortuga imitar desde niño a Zidane, y para ello no tardó en alistarse en la ‘jaula de los monos’ de la barriada de Bulmke. Una ‘bunkerizada‘ pista de cemento con verjas en medio de uno de los suburbios de Gelsenkirchen. La ausencia de balones hizo que la magia brotara de pelotas de goma. Los regates imposibles y los golpes de rap llevaron al hijo del crisol multicultural alemán a la primera línea. Después de que Schalke 04 y, sobre todo, Werder Bremen explotaran su calidad, el sensitivo Mesut comandó a la Mannschaft más joven, atrevida, posmoderna y artística que se vio jamás en Sudáfrica. Una lágrima de orgullo para Merkel.

El escaparate fue lógico y Özil encontró reclamo en los verdugos ya eternos de los teutones: España. Guardiola tanteó, el jugador tenía sintonía con el estilo, pero no se quiso una lucha de guantes en el vestuario. Es ahí cuando apareció el Real Madrid de Mourinho, una institución para la eternidad. El portugués confió la creatividad al mediapunta en un equipo de obreros de la siderurgia. El jugador y la parte cualificada de la afición no llegaron a entender las posteriores humillaciones del míster. Cambios en el descanso para no salir de la ducha, broncas ante los demás compañeros y una motivación extraña que rayaba la extenuación. Ni el gol de falta ante el Borussia, la exhibición contra el Valladolid o el tanto frente al ‘Atleti‘ de un diciembre mágico le sacaron del cadalso. Había salvado al entrenador que empezaba a condenarlo.

Estas vejaciones dejaron a Özil en la rampa de salida. Ancelotti sólo ha tenido que dar un leve empujoncito. Ni las súplicas en forma de camiseta interior de Sergio Ramos, todo un visionario, sirvieron. El Arsenal se lleva el diamante. El balance de Florentino ha dado positivo, aunque una vez más ha escatimado el valor incalculable. El joven de los ojos enormes puede ahora proyectar todas sus luces en un equipo que será para él. Quizá algún día le veamos recogiendo un Balón de Oro. El ‘Ser Superior’ cree ahora que ha hecho el negocio del siglo quedándose con las raudas liebres (Cristiano y Bale), pero aún no sabe que el cuello de las tortugas les impide mirar hacia atrás.

05/09/2013

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