Llueve menos

kakaJULIÁN CARPINTERO | El principal sentimiento que aflora justo después de un desengaño amoroso es el miedo, en todas sus variantes. Miedo a que la persona a la que queríamos no sienta lo mismo que nosotros por ella. Miedo a que consiga ser feliz lejos de nuestro lado. Miedo a la incertidumbre. Miedo a estar solos. Sin embargo, el destino a veces se levanta espléndido y decide conceder segundas oportunidades, aunque, pese a la ilusión inicial, el miedo vuelve a aparecerse como si de un viejo fantasma se tratara: miedo a que nada vuelva a ser como al principio. Lejos de lo que pueda parecer, en el sucio negocio en que se ha convertido el fútbol del siglo XXI todavía queda un hueco para los sentimientos, en este caso los que se amontonan en el estómago de los aficionados del Milan y en el de Kaká, que se reencuentra con el único amor con el que ha sido feliz.

Han pasado ya cuatro años y medio y parece que fue ayer. El histriónico Tiziano Crudeli enloquecía en el plató del Canal 5 italiano después de que las cámaras de televisión captaran la imagen de Kaká mostrando su camiseta ‘rossoneri’ a las decenas de ‘tifosi’ que se congregaban debajo del balcón de su casa para pedirle que girara la cabeza ante la mareante oferta que le hacía un Manchester City todavía en construcción y se quedara en el Duomo brindando por más triunfos. Al no menos extravagante Berlusconi, que ya había aceptado los más de 120 millones de euros que Al Nahyan ponía sobre la mesa para llevarse a ‘Ricky‘, no le quedó más remedio que tragar saliva y aceptar la decisión del jugador para, con una media sonrisa impostada, anunciar que el Balón de Oro de 2007 continuaría cabalgando por San Siro.

Era enero de 2009 y, a su imagen de pastor de la fe católica, Ricardo Izecson dos Santos Leite añadía la etiqueta de ser el último romántico de un fútbol cada vez más mercantilizado. Nada más lejos de la realidad, apenas seis meses después Florentino Pérez regresaba de los infiernos de Dante para seguir coleccionando cromos a golpe de dedo índice y, servilleta mediante, convencía al crack brasileño para ser una de las piezas angulares de su faraónica segunda pirámide en Concha Espina. Ni qué decir tiene que el pobre paso de Kaká por el Real Madrid ha sido un constante exceso: de sueldo, de lesiones, de silbidos, de oportunidades y de esporádicas resurrecciones. Ni el público del Bernabéu se entrega a una sonrisa bonita ni él tuvo el detalle de llevarle el desayuno a la cama en cuatro años. Mejor que cada uno tire por su lado y si se encuentran harán por no acordarse.

Y así, cuando en Milanello ya estaban resignados a pasar otro año con lumbago de hacer genuflexiones a la todopoderosa Juventus y dándose codazos con Nápoles, Fiorentina y Roma por asomarse al balcón por el que se ve Europa, su figura lo cambió todo. La grada de San Siro sabe que Kaká no es, ni de lejos, el niño que llegó desde São Paulo con ganas de comerse el mundo y al que le brillaban los ojos cada vez que pisaba el césped, pero no pueden evitar que se les pongan los pelos de punta recordando aquella noche en Old Trafford, cuando Sir Alex Ferguson entendió que un torrente desbordado no se puede contener levantando una muralla de papel. Del mismo modo, son conscientes de que Allegri ni es ni se parecerá nunca a Arrigo Sacchi, pero si en su día logró que la fábrica de explosivos que regentaban Ibrahimovic, Cassano y Robinho no llegara a explotar nunca, quién se atreverá a decir que no puede recuperar mentalmente a un jugador cuya autoestima es una incógnita gigante. Asimismo, también es probable que a la afición ‘rossoneri’ le sangre los ojos cada vez que vea que quien le nutre de balones en tres cuartos de campo es el furibundo De Jong y no Pirlo en plena levitación, aunque a buen seguro que recordarán que el Milan de Ancelotti jugó tres finales de Champions League con dos albañiles como Ambrosini y Gatusso, tan poco cómodos con el esférico como Vargas Llosa escribiendo el guión de ‘Torrente’.

Es por eso que las nubes son menos oscuras en San Siro. Por Kaká y porque Balotelli lo único que quiere beberse son sus goles; porque El Shaarawy sigue asombrando a toda Italia y parte de Europa; porque De Sciglio tiene hechuras de Maldini; porque el fichaje de Matri hace que la venta de Boateng duela un poquito menos; y, sobre todo, porque el vecino de azul y negro está mucho más feo que él. ‘Il Diavolo’ afronta la temporada sin ningún tipo de presión, sabedor de que cualquier cosa que haga tanto en la Serie A como en la Champions League se colocará a la izquierda de su balance. Ahora sólo falta saber si en esta segunda oportunidad que se dan tanto Kaká como el Milan puede más el miedo o la ilusión, si todo o nada volverá a ser como entonces. Quién sabe, lo mismo el noviazgo acaba en boda.

03/09/2013

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