El mes de Julio

Julio IglesiasSERGIO MENÉNDEZ | Aquel zumbido sobre la mesa, el timbre que anunciaba la llegada de lo que parecía un comentario como otro cualquiera, se trataba en realidad del preludio de un fenómeno sin precedentes. En esta ocasión el destino había confabulado para la causa haciendo coincidir el primer día del séptimo mes del año 2013 con el comienzo de una semana nueva. Sólo podía tratarse de una señal. Casualidad o no, el hecho es que las circunstancias resultaban propicias para la puesta en marcha de tamaña iniciativa. No aprovecharlas constituía una verdadera temeridad.

Una imagen en miniatura nos invitaba a la descarga desde WhatsApp. Instantes después se abría ante nuestros ojos fue una escena típicamente veraniega. Al fondo, en un jardín con piscina, ocho mujeres miran a cámara mientras disfrutan de un placentero chapuzón. Llevadas por su vocación de sirenas, dos de ellas muestran a la superficie la mitad superior de sus cuerpos, quién sabe si invitando al espectador a participar del tórrido baño. En primer plano, un teléfono y un bote de loción solar descansan sobre una mesa que flanquea la tumbona de mimbre donde se asienta nuestro héroe. De un blanco inmaculado el pantalón y con polo azul marino, un hombre de rasgos latinos y pelo azabache hace un alto durante la bacanal para posar con los brazos cruzados y la más picarona de sus sonrisas, la del ‘jugón‘, que diría Andrés Montes. Sabedor de los estragos que causa en el público femenino, la clásica situación que generaría el colapso físico y mental a la mayoría de varones constituye, en su caso, pura rutina. De lo contrario, resultaría imposible lucir así de relajado y divertido, casi travieso. Completa la instantánea un mensaje inequívoco, un rótulo meridiano: ‘Julio ha llegado.

Cualquier españolito que se precie de vivir en la Tierra no debería dudar tras lo anterior sobre la identidad de quien ha copado los smartphones de todo el país con píldoras de humor gráfico, tiñendo las galerías de imágenes de nuestros terminales con un refulgir característico, tan inconfundible como el tornasolado color de su piel. ‘El mes de Julio responde a un desinteresado homenaje de treintaiuna jornadas de duración dedicado a las facultades amatorias del más internacional y bronceado de los talentos musicales jamás exportado desde tierras españolas. Una obra del ingenio popular cultivado al fuego de redes sociales y servicios de mensajería instantánea que ha conseguido incluso despertar las envidias de personajes de la talla de Bertín Osborne, Arturo Fernández, Raphael o el mismísimo Chuck Norris. Tampoco ha faltado gente como el padre y mentor Iglesias Puga o el genial José Luis Cantero, más conocidos respectivamente entre su círculo de confianza como ‘Papuchiy ‘El Fary, quienes han contribuido con su desparpajo habitual a la viralidad del asunto. ¿El resultado? Un ‘melocotonazo‘ de miedo, una idea tan veloz, tan rápida, y tan genuinamente ‘espuni que nos obliga a corresponder desde aquí con un humilde y sentido recuerdo a la faceta balompédica del homenajeado.

Porque hubo un tiempo en que el nombre de Julio José Iglesias de la Cueva llegó a formar parte de las categorías inferiores del Real Madrid. Corría el año 1962 cuando el conjunto entonces dirigido por Miguel Muñoz contaba entre su nómina de porteros con un estudiante de Derecho cuyo anhelo de convertirse en diplomático únicamente se veía perturbado por la pasión con la que vivía la práctica del deporte rey. Manuel Velázquez Villaverde, Ramón Moreno Grosso, Pedro de Felipe o Luis Costa son algunos de los nombres con los que Julio compartió vestuario en su día y tuvieron el privilegio de verle estirándose  por alcanzar el balón. Decían que tantas y tan buenas resultaban sus cualidades bajo los palos y sus dotes atléticas que bien podría haber ocupado la meta del primer equipo de no haber sido por un golpe de mala suerte sufrido en forma de accidente de tráfico.

Ocurrió la mañana del 22 de septiembre de 1963, cuando Julio y otros miembros del filial merengue volvían a casa tras una noche de fiesta. El revés, que a punto estuvo de dejarle en silla de ruedas a sus 20 años, supuso el fin de su carrera futbolística y el inicio de una etapa donde el dolor por los sueños truncados se convirtió en la mejor de las oportunidades para expresar sus sentimientos en forma de canción y explotar sus dotes de compositor, la primera piedra sobre la que cimentar la leyenda musical que es hoy. Si es verdad que la corriente de aire por un portazo repentino abre al mismo tiempo una ventana, lo suyo fue como pulsar el botón de un techo retráctil que le mostró el camino hacia el estrellato. Puede que la vida no fuese a seguir igual para este Quijote de figura alegre, truhán y señor, aspirante a paloma blanca al que la fortuna dejó tirado en mitad de la carretera, pero moldeó un artista único en su especie, capaz de liarse la manta a la cabeza y una enseña rojigualda al cuello mientras improvisa sobre el escenario una versión alternativa del ‘My Way de Frank Sinatra, correspondiendo a la lluvia de pabellones llegada desde la platea con un himno sacado de la manga que ha dado en llamarse ‘A mi bandera‘.

Me siento como en casa dentro del mundo del fútbol y lo amo intensamente”. Lo sabemos, Julio. Tus muestras de afecto son tan sobradas como evidentes. Nada tiene que ver con el hecho de que en lo familiar hayas hecho gala del comportamiento propio de un Ruiz-Mateos y tu prole casi alcance a la del clan otrora dueño del Rayo Vallecano, pues hasta la abeja de Nueva Rumasa miraba con envidia tu letal aguijón. Quienes conocemos de tu exquisito gusto por este deporte nos resulta inevitable distinguir en tus maneras pequeños guiños hacia el deporte del que antaño formaste parte activa. Allí donde la mayoría cree escuchar una expresión de júbilo patentada, nosotros nos regocijamos al saber que lo que en realidad se esconde tras ese grito es un tributo personal al liberiano ganador del Balón de Oro en 1995. Muchas gracias, de corazón, por ser así.  “¡Weah!”.

11/08/2013

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