El niño errante

guiza1MARIO BECEDAS | El origen humilde y casi “de chabola”, como alguna vez reconoció medio en broma, medio en serio; nunca le arredró. Aquel niño que desde los cinco años daba patadas a los balones en el barrio de La Liberación de Jerez tenía muy claro su sueño. Dani Güiza anhelaba llegar a ser un gran futbolista de élite desde el sustrato social difícil. Un viaje lleno de azares y tropezones que comenzó el día que con nueve años fue entrenado por su ídolo ‘Kiko’ Narváez.

Pronto se vio su sibilino escarceo con el gol. Las trazas de delantero le hacían vivir en el límite del área. Su capacidad para rematar un balón a puerta desde la más absoluta nada no pasó desapercibida para las garras de los ojeadores. Su progresión en el Dos Hermanas le llevó en volandas hasta el filial del Mallorca. En la isla ya pagaron más de 100 millones de las vetustas pesetas para hacerse con el niño ‘gitano’, como le denominan sus paisanos, quien acabaría debutando en el primer equipo y en Primera en los albures del primer abril del siglo, cuando todavía jugábamos al FIFA 2000 en la Play Station. El fútbol le había salvado de ser albañil, como reconoció en una entrevista .

Pero las luces de la noche impresionaron a un niño que, pese a toda la picaresca rascada, nunca dejó atrás la inocencia. Discotecas y ámbitos extradeportivos le pasaron factura en el rendimiento. Los paraísos playeros no son el mejor refugio para el sacrificio interior. La dispersión y el arrastrar los calzones sobre el césped condujeron a Güiza al exilio interior del ya desaparecido Ciudad de Murcia. El Barça B le había despedido pronto, apenas pudo rozar el seny’. Fue al calor de la huerta murciana donde el jerezano se encontró de nuevo con el gol. Quique Pina, ex jugador y presidente del extinto club, se lo había expuesto con crudeza: “Es tu último tren”. El ultimátum se hizo extensivo al que fuera el entrenador Juanma Lillo: “Tienes dos meses para recuperarle”. El míster admitió que el ariete “tenía demasiados pájaros”, en la cabeza, hemos de suponer.

La travesía del niño que ya no lo era tanto siguió hasta la capital del reino. Con las maletas aún colgando de la mano, Güiza sabía que Madrid lo iba a cambiar todo para siempre, o casi. Su primera campaña en el Getafe fue discreta. La segunda la cosa cambió. Los dos goles suyos que eliminaron al Barça remontando aquel 5-2 en Copa le hicieron un ídolo azulón. Bernd Schuster, su entrenador, tuvo claro cuál fue el remedio para que el futbolista durmiese sus horas pertinentes y apareciese puntual a los entrenamientos. Llegó a decir que parecía que su jugador dormía en la calle. La medicina fue la chica que el ‘gitano’ había conocido en las procelosas y caribeñas noches del Garamond madrileño. Después de buscar con denuedo las vergüenzas y alcobas de Beckham y otros baluartes de Chamartín en los platós, la joven Nuria Bermúdez sentó la cabeza al jerezano. Le dio el cariño y respaldo que necesitaba; y hasta se convirtió en su agente. De su mano volvió a Mallorca, esta vez sí, para obrar el milagro.

La inmortal celebración que aprendió de 'Kiko' Narváez.

La inmortal celebración que aprendió de ‘Kiko’ Narváez.

Otra vez en la isla. El rutilante recorrido del delantero le haría firmar su mejor campaña sobre la alfombra verde. Su innata habilidad para jugar en un palmo y escapar del fuera de juego le dio el Pichichi. En el interludio había  alumbrado un hijo con Nuria, Daniel. El díscolo ya tenía familia y se había centrado, pero quedaban cosas dentro que no le dejaban dormir. La primera fue el miedo a que el sabio Aragonés no le convocase para Viena, cosa que al final sí sucedió. En la Eurocopa de 2008 Güiza apagó la llama de otro sueño que le ardía en el interior. Ganó un entorchado mágico con ‘La Roja‘ y marcó; hasta en semifinales, un territorio no explorado aún por aquella selección. Aun así, cuando marró el penalti contra Italia en cuartos, se derrumbó. Lloró como un niño, se quiso morir. Casillas salvó al país y a él. Dijo que lo iba a parar, y lo hizo.

El episodio debió dejar tocado al jerezano, porque a partir de ahí todo se vino abajo. Nuria, ya agente FIFA de rango, le consiguió un suculento contrato en el Fenerbahçe turco. Tres ‘kilos’ por temporada y tener más hijos con ella, amén de pasar por el altar. Pero el niño se rebeló. Sufrió la ventolera del atribulado viajante y mandó para España a su querida y al retoño. Quiso desentenderse. Quedó solo y a la deriva en Estambul. El romance con el gol le abandonó y el fantasma extradeportivo le volvió a poseer. El Getafe quiso rescatarle, un brindis por los buenos tiempos, pero el choque de copas fue, como se suele decir, al sol.

En su deseo de seguir marcando goles y ser un jugador de éxito, el pequeño travieso de La Liberación puso rumbo a la exótica Malasia. No fue malo el periplo en el Johor FC, pero los malayos querían hacer hueco en la plantilla y le mandaron de vuelta a los sures de Madrid. Desvinculado definitivamente del Getafe, el golfillo errante de Jerez no se resistió a dejar de dar la vuelta al mundo buscando la felicidad con todos los goles que quería meter. La última escala es, de momento, Paraguay. A la búsqueda de nuevas experiencias en suelo guaraní, el Cerro Porteño será el nuevo refugio del niño que siempre quiso ser estrella.

04/08/2013

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