Aquella chilena, en aquel bar

Rivaldo BarçaDAVID LÓPEZ PALOMO | No me acuerdo de la fecha, ni siquiera de los años que tenía, pero conservo el momento grabado en la memoria. Como si hubiera sido ayer. Sé que llovía y que no hacía mucho frío. Y que el bar estaba lleno, de personas y de humo, como de costumbre. Jugaban Barça y Valencia, con ‘Cañete’ en la portería. “Vamos, paisano, déjate alguno”, gritó alguien antes de que sonara el himno en aquel pequeño lugar al que íbamos en los días especiales a ver el fútbol. Unas veces entre semana, cortando la rutina; otras en domingo, con el transistor encendido: “¡Dale, Oli!”. Eso sí, siempre con la tarea hecha y la mochila preparada para el lunes.

Como digo, no me pregunten por la fecha concreta. Háganlo por las personas si quieren. Por quién estaba a mi lado o quién dijo aquello de “¡Qué cojones tienes!” subido a una silla, celebrando el gol definitivo que daba al Barça el acceso a la Champions. Me acuerdo de todos ellos. Y también de los del Atleti, siempre dispuestos a ir a la peña.

Visto con perspectiva, éramos ya una fauna. Los críos, los no tan críos y sobre todo los mayores. Desgraciados, la mayoría. Más pendientes de que perdiera el Madrid que de que ganara el Barça. Ellos eran ya ‘Galácticos‘; y si no lo eran, les faltaba poco. Ganaban más que nosotros, celebraban títulos de vez en cuando y hasta jugaban bien.

Menos aquel día, el de la chilena del de Pernambuco, en el que nos clasificamos para la Champions.  En un bar de La Mancha, en Puertollano. Todos de pie, en aquel pasillo pegajoso, con olor a cerveza y mal ventilado. “Ponme otra, que esto no se ha acabado”. “Ahí va”. Y, en efecto, no se había acabado, quedaba el tanto de Rivaldo. Poco después de que todos nos calláramos, el balón entró. No vi la repetición. Aquel hombre, subido a una silla y cantando el ‘Tot el Camp’, no dejó que volviéramos a ver la chilena.

El Barça jugaría Champions la próxima temporada. Lo certificó en uno de los últimos domingos que restaban para las vacaciones. Uno de aquellos en los que la radio cantaba goles sin parar, cuando el Barça, era un desastre. Un gol nos hizo felices. No hizo falta mucho. El olor a calamares fritos, tortilla con pimientos y carne con tomate bastó para sacarnos una sonrisa. Para que el momento quedara grabado en mi memoria. Sin ser un título, perdura más aún que alguna de las finales de la Copa de Europa que se han ganado después. Quizá sea la mejor prueba de que el fútbol es mucho más que ‘11 jugadores detrás de un balón‘. Y que este artículo –sin el día y la edad de un servidor– no es periodismo, pero se tenía que escribir en alguna ocasión. Con permiso, perdonen que hoy haya utilizado la primera persona. No volverá a ocurrir.

30/07/2013

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