Para siempre

tito-1MARIO BECEDAS | Hay días feos que se quedan para siempre. Fechas que estropean todas las hojas del calendario de la vida. El 19 de julio de 2013 perdurará como la consecución de un triste adiós. Como uno de esos momentos que sabemos que van a llegar pero no nos lo podemos creer. Algo no iba bien estas semanas dentro de cómo estaban las cosas y Tito lo sabía. Cualquiera que haya tenido el cáncer a menos de un metro podía intuir que esa rueda de prensa era un grito ahogado en el vacío. Esa voz temblorosa, esos ojos líquidos perdidos en la desazón, ese apoyar los brazos en la mesa tan suplicante. Necesitaba a su amigo Guardiola en Nueva York y se quejó con dolor de no haberlo tenido. Es la confesión de quien no lucha por vivir, sino por no morir. Los análisis y marcadores pusieron el sello, Vilanova no puede seguir siendo el entrenador del Barça.

Es tan desgarrador como revelador ver caer a los imperios por las circunstancias humanas . Ni todo el dolor del mundo nos libra de sucumbir en el error. Sólo ellos conocen la verdad. Sólo ellos saben quién traicionó a quien, si no es el propio devenir el que lo hizo con los dos. Conocer el parte que Rosell y Zubizarreta sólo tuvieron que confirmar hace mirar a los cruces de palabras de estas semanas con absoluta desolación. Guardiola tuvo que morir de dolor al enterarse. Cómo se llega a esto con las personas que se quiere, cuando luego la guadaña nos parte de esta manera. Cómo las circunstancias empezaron a empañar ese día de 1984 en el que ambos se conocieron en La Masía. Sólo llevaban dos semanas allí y formaron el grupo de ‘Els Golafres’ [‘los glotones’] con Jordi Roura, eran los que se hinchaban con las viandas que traían del pueblo.

El fútbol les separó en lo geográfico pero les unió en lo interior. Tito se convirtió en ‘el Marqués’, dándole resuello a un Figueres que rozó la gloria de la Primera División de la mano de un corajudo D’Alessandro. Su aversión a los campos embarrados y los balones mal hinchados le dio esa pátina de señorito, cercano, pero con su aristocracia. Un mote que no iba a cambiar. Después vino el debut en el Celta. Falló un penalti contra el SuperDepor en el gran derby de la 92/93. Iban a hacer falta 15 años para que el fútbol le concediese una venganza, la más grande de todas. Antes se sumergió en las cavernas del fútbol base. Trató con los cadetes Piqué, Messi o Cesc. Pero Laporta y Rosell entraron como un ciclón. Antes de comerse los ojos uno a otro, desmantelaron el staff. Tito se quedó en la calle. Pero al tiempo, Pep le llamó. Juntos pusieron los cimientos pensando en el tejado.

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Guardiola fue el gurú, el psicólogo. Tito el estratega en la sombra. El escudero fiel y minucioso. Un padre amoroso que achicaba las broncas del jefe. La perfecta puesta en marcha de una revolución táctica. Siempre en la intimidad, sin llamar la atención. Nunca se hubiese permitido hacer el “ridículo”, le dijo a Zubi. Dejó los focos de la fama a un Pep al que quemaron vivo. Fue él quien decidía las pistas que iban a sonar en el autocar del equipo. Tocó la tecla de Coldplay y ‘Viva la vida’ entró como un vendaval en el vestuario. Una filosofía que está por encima del fútbol y de lo material. Una canción que heló los corazones cuando la enfermedad les atravesó a él y a Abidal. Poca gente se dio cuenta de lo huérfano que quedó Guardiola esos meses. Un daño irreversible que pesó en la ulterior ruptura.

Aceptar el reto fue más duro de lo que pareció. Este mal deshace a las personas, por fuera y dos veces por dentro. El criminal tratamiento no hizo vacilar a Tito. Sabía que quería coger esas riendas y que su amigo del alma lo tenía que entender. Consultó a los médicos ante la gran empresa, pero como contó Luis Martín en EL PAÍS, Tito sólo aceptó cuando Montse le dijo “haz lo que quieras”. El quirófano tampoco le asustó.  “Sólo pensaba en mis dos hijos”, sentenció. Después las puñeteras células le llevarían a Nueva York, curiosamente donde Guardiola se fue para escapar del ruido y la barbarie. El equipo notó su ausencia, un bajón que se rompió haciendo historia ante el Milan. Pero aunque Tito volvió para poner calma, ya no era igual, y el Bayern hizo claudicar. La hegemonía se había escapado. A pesar de ello, se ganó la Liga. Había conseguido lo que mejor ha hecho desde que se hizo con el mando: dormir la situación. Siempre aseguró que “en el fútbol nunca pasa nada”. Es verdad que ha habido errores, que se han perdido esencias. Que la influencia de la cúpula le ha hecho dudar. Pero siempre evitando la crispación y los envites, hasta que ha sido imposible.

“Creo que dará a este club lo que yo ya no le podía dar”, dijo Guardiola cuando Tito lo relevó en el cargo. No se imaginaban la otra cara del abismo. La titánica batalla contra el enemigo invisible. El horror del siglo XXI, el que vuelve y vuelve hasta que nos vence. La demostración de que primero están las personas, y luego, quizá, todo lo demás. Algo así como lo que dijo Valdano. Ahora la lucha es total, la única. La dureza de la realidad exige franqueza, y es muy posible que Tito no pueda volver al banquillo del Barça nunca más. Pero eso tiene que ser lo de menos. Queda el ‘para siempre’, el recuerdo, el paso por aquí. El haber hecho felices a los demás, el hacer las cosas bien en la vida. Confiamos en él, pero tenga el resultado que tenga, el partido de la eternidad ya lo ha ganado. Como hacen tantos otros; como hizo Abidal, como hiciste .

21/07/2013

Fuentes: ‘El País’, ‘Sport’ y ‘Sportyou’.

Foto: ‘Sport’

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