Acordes de Khachaturian

mkhitaryanJULIÁN CARPINTERO | Casi 30.000 kilómetros cuadrados en un enclave estratégico entre Asia y Europa es la superficie sobre la que se extiende Armenia, un pequeño país que en sus escasas dos décadas de independencia desde que se disgregara de la URSS apenas ha tenido relevancia en la escena internacional. Sin embargo, el fichaje de un oriundo armenio por el subcampeón de Europa ha hecho que muchos de los focos mediáticos del fútbol apunten a ese espacio de tierra comprendido entre los mares Caspio y Negro. La culpa la tiene el fútbol de seda y terciopelo del impronunciable Henrikh Mkhitaryan.

Caerse está permitido, pero levantarse es una obligación’. Esta manida frase que muchos pseudoadolescentes graban a fuego en los estados de sus redes sociales bien podría figurar en el cuaderno de bitácora vital del hipster más famoso del fútbol europeo: Jürgen Klopp. Al menos así reaccionó el enérgico entrenador del Borussia de Dortmund cuando, un día antes de enfrentarse al Real Madrid en la ida de la semifinal de la pasada Champions League, su club y el Bayern de Múnich hacían oficial el traspaso de Mario Götze al gigante de Baviera de cara a la campaña que echará a andar en apenas un mes. Todo parecía teñirse de negro en vistas al partido más importante en décadas para el equipo de la cuenca del Rühr.

Sin embargo, la más que previsible caída no llegó a convertirse siquiera en un mero tropezón, puesto que el público del Signal Iduna Park se dejó la garganta animando al tránsfuga Götze, el equipo se vació en 90 minutos espectaculares y Lewandowski obligó a los de Mourinho a resucitar al malogrado Juanito de cara a la vuelta en Concha Espina. Pero cuando más cerca estaba el Borussia de volver a reinar en Europa como en aquel glorioso 1997, el pequeño Mario sufrió una lesión que le obligó a vivir desde las gradas de Wembley una final en la que se citaba su actual equipo con los que en algo más de un mes serían sus nuevos compañeros. Pese a todo, sólo el gol postrero de Robben hizo doblar la rodilla a los valientes ‘borussers’, que llevaron al límite a su rival para colocarse su quinta estrella en la camiseta.

Comenzaba entonces una casi segura reconstrucción en la escuadra aurinegra, que presumiblemente había tocado techo y a la que le tocaría vivir una escabechina en la que los millonarios carroñeros arramplarían con todo lo que oliera a carne joven. Hummels, Reus, Gündogan, Lewandowski o el propio Klopp eran entrecots suficientemente suculentos como para no permanecer en Dortmund. Nada más lejos de la realidad, el esqueleto del Borussia no sólo no se deshizo –a excepción de Götze, obviamente– sino que gracias a la rapidez de reacción y a una economía saneada se ha reforzado con fichajes de nivel que permitirán al subcampeón volver a optar a la corona continental. Sokratis aterrizó desde Bremen para apuntalar la zaga, mientras que Aubameyang potenciará la mordiente de una delantera eléctrica. No obstante, aún faltaba una pieza que le diera a Klopp ese plus de fantasía que había perdido con la venta de Götze. Él tenía claro lo que quería escuchar: sonaba a corcheas del este.

En el Shakhtar Donetsk, al que se habían enfrentado en los octavos de final de la Champions, jugaba un joven armenio, de aspecto aparentemente frágil y de fisionomía caucásica, que había impresionado al estratega de la gorra y el chándal. Y Klopp será muchas cosas, pero no fácilmente impresionable. Arsène Wenger ya le había echado el ojo; Brendan Rodgers le veía como imprescindible en su Liverpool; y Mircea Lucescu no quería dejarle escapar del Donbass Arena. Pero Mkhitaryan no se conformaba con ser el máximo goleador de la liga ucraniana jugando en una posición que podría definirse como falso 9 ni tampoco priorizaba las grivnas que tenía aseguradas en el cuadro minero. Él quería ganar para, entre otras cosas, poner a Armenia en el mapa de Europa, como ya hiciera el pasado 11 de junio, cuando comandó a su selección a la victoria por 0-4 en Copenhague ante Dinamarca, la mayor proeza deportiva de la república. Porque su fútbol recuerda a la ‘Danza del Sable’ del compositor de origen armenio Aram Khachaturian: eléctrica, atemporal, dinámica, transgresora.

El fichaje de Mkhitaryan por el Borussia de Dortmund, que pagó por él algo más de 25 millones, es el acontecimiento que más orgullosos ha hecho sentir a los armenios desde que se desvincularan definitivamente de una URSS que apestaba a cadáver. Más que saber que Youri Djorkaeff –campeón del mundo con Francia en 1998– tenía sangre armenia. Más que cualquier campeón de ajedrez de los que se han criado en sus calles. Mucho más que la nominación al Oscar de Cher, armenia de corazón. Y, por supuesto, más que las obras de Khachaturian, aunque Mhkitaryan vaya a seguir bailando a su ritmo.

11/07/2013

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4 thoughts on “Acordes de Khachaturian

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