El gol de la muerte

escobar-1MARIO BECEDAS | Qué nos lleva al odio y a la sinrazón. Qué poco se necesita para que la pasión se desborde de los cauces. Hace poco lo hablaba con un amigo. En qué punto se ha llegado tan lejos para robarle la vida a otra persona. Antes era normal haber ido a obligadas guerras nacionales en las que cualquier buen vecino disparaba en protección de su vida o su vianda. Y ahora, en este mundo tan violento como se dice, quién conoce a alguien que haya matado a otro semejante. Seguramente casi nadie, por fortuna.

Ser humano, no obstante, implica el riesgo a vivir con ese temor de cometer o ser acometido. Ni el poder del fútbol es capaz de vencer el impulso temerario de la violencia. Si acaso ésta lo utiliza como arma. Y es que, por desgracia, dentro de su lírica intrínseca, no todos los obituarios futboleros poseen esa belleza que puede inspirar el eterno retiro. Algunas veces el balón de la vida ha sido atajado al poco de salir de su propia área. La tragedia es mayor cuando el óbito no se produce por ‘eso’ que rodea al fútbol, sino por el concepto en sí mismo.

La efeméride se me quedó corta. Seis balas fueron las que acabaron aquel 2 de julio de 1994 con Andrés Escobar. La noche ya estaba más que cerrada en el parking de esa discoteca de Medellín. La sangre caliente no sólo no apaga los fuegos, sino que unida a la ebriedad y a los efluvios del calor, tiene el tremendo fallo de apartar a la razón pero dejar rienda suelta a una siempre peligrosa memoria. Nunca un gol en propia puerta había sido un disparo dentro del mismo corazón. El defensa colombiano tampoco se podía imaginar que iba a ser el último de su vida.

El abochornante junio había recibido un Mundial de fútbol diferente. EEUU se pasaba al soccer y la gran potencia global terminaba de celebrar la caída del Muro poniéndoles el tapete a los viejos zorros del balón, europeos y latinos. El sabio ‘Pacho’ Maturana presentó en los reconvertidos estadios de béisbol un combinado cafetero que venía de arrasar a tres cuartos de la CONMEBOL. Las batidas de Asprilla, Valderrama —el ‘tocado’ por Míchel—, René Higuita, Freddy Rincón o el ‘Tren’ Valencia dejaron pintada la cara a más de un elefante fosilizado. La Argentina se llevó la peor parte. Difícil olvidar en Buenos Aires el 0-5 que tuvo que aguantar el Monumental. No tanto por el oprobio de Maradona en la grada o de Redondo y Batistuta en el campo, como por la portada de ‘El Gráfico’ en la que sólo se leía la palabra “vergüenza”. En aquel encuentro no estuvo el ‘caballero’ Escobar, pero su espigada sombra era un engranaje fundamental en la máquina cafetera desde el Mundial del 90.

El fatídico auto-gol

El fatídico auto-gol

Con el beneplácito hasta de Pelé, las aspiraciones colombianas pronto se evaporaron en la abrasadora canícula yankee. Una derrota inicial contra la Rumanía de Hagi puso las cosas difíciles. El segundo partido contra el anfitrión sería clave. Pero los astros se alinearon para jugar una mala pasada al hombre que nunca quiso dejar Colombia de la mano de su Atlético Nacional. Su extraña temporada en Suiza fue otra historia. Una de esas rarezas que tiene la vida y que sólo confirman con más fuerza lo que viene después. Así llegó la acción tonta y desgraciada. El rechace fatal, el quiebro de la impotencia. Un auto-gol a diez minutos del descanso que pesó demasiado para Colombia. Ni el gol del ‘Tren’ en el descuento lo arregló. El país tricolor estalló en la desolación. Ya no había nada que hacer. Estaban fuera y había un señalado. La victoria postrera frente a Suiza fue casi humillante. Ni se alcanzaron los octavos de cuatro años atrás.

Fue duro el regreso. La opinión pública alumbra héroes tan rápido como los destruye a pedradas. El otrora amado Andrés estaba en la picota; y lo sabía. Pidió unos días de vacaciones. Había que desconectar. Al fin y al cabo no había pasado nada que no se hubiera visto en la historia del balompié. Hasta la noche fatal. Salir de la discoteca a tomar el aire. La ofensa del desconocido. La humillación por aquel gol en propia. Escobar exigió respeto y le devolvieron seis casquillos de bala. El charco de sangre en el aparcamiento reflejaba el odio visceral que emana del más humano de los actos. Cuál es el momento en que el odio es más fuerte que la razón para llegar tan lejos. Ni un empujón o un puñetazo que a cualquiera se le puede escapar. Detonaciones fatales. El amor a la patria y a las colores por encima de una vida. Andrés tenía 27 años, ahora podría tener 46. Parece que fue ayer, pero ya son 19 estíos de recuerdo y dolor.

La policía detuvo al hombre que disparó su rencor contra un inocente. El pueblo se conmocionó. Su inquina revirtió en compasión. Después de la sangría, eso sí. Curioso cómo razonan las civilizaciones. Lo más duro fue para los compañeros. Nunca se quisieron ver Higuita, Aristizábal y el ‘Chicho’ Serna reconociendo antes las autoridades un cadáver que no llegaría con vida al hospital. Más de 100.000 almas velaron el entierro. Qué triste que el odio ciegue lo más puro de la existencia. Que la pasión por lo intangible arrase con lo más elemental. Quizá por eso se deba seguir caminando. Por eso el fútbol no puede parar. Para no darle la razón a la sinrazón. El paso del tiempo es inteligente, y el gol de la muerte de Escobar nunca silenciará ese momento en el que el futbolista cumplió uno de sus mayores sueños, aquel gol frente a Inglaterra en el mítico Wembley cuando corría 1988, su único tanto con la tricolor, su gol de la vida.

07/07/2013

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3 thoughts on “El gol de la muerte

  1. Gracias por recordarnos este triste episodio. Lo recuerdo como si fuera ayer. Cuántos otros goles habría evitado Escobar pero uno sólo en propia meta fue el detonante de la locura de alguno.

  2. Genial el artículo, felicidades. Lo triste es que ese ‘desconocido’ que mencionas, no pago ni la mitad de lo que le había imputado la “Justicia” Colombiana, en estos momentos debe estar de juerga por las calles de Medellin.

    Cada 22 días el fútbol colombiano por lo menos deja un muerto y la pelota ahí sigue rodando. Hace menos de 10 días murió un hincha de mi equipo, Millonarios FC, y esta vez no fue cruce de barras; solo fue estar en el lugar equivocado a la hora equivocada. Un hincha genuino perdido.

    Saludos desde Bogotá.

    • Gracias por tu valoración ‘jodavidem’. No queríamos que una historia como la de Escobar se fuera por las tragaderas del olvido. El fútbol debe vencer el odio siempre. Muy interesante esas estadísticas que apuntas sobre el fútbol colombiano. Tampoco las olvidaremos.

      Un saludo.

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