El beso

AncelottiMARIO BECEDAS | Fue en un estadio de Champions, una noche, después de un partido. Tú reinabas delante de ese banquillo de fútbol abierto. Cántame una alineación al oído y te pongo de entrenador. Emulando a Sabina, fue Galliani quien moduló los acordes perfectos para que se produjera el flechazo entre Florentino Pérez y Carlo Ancelotti. La más famosa calva milanista después de la de Sacchi fue el maestro de ceremonias de este primer encuentro entre dos almas que iban a terminar confluyendo. Tuvo este amor el camino inverso al acostumbrado, y lo que empezó por un beso del italiano al presidente madridista, acabó en una historia imposible en la que a los protagonistas les han dado las diez, las once, las doce, 2005, 2008 y 2013.

El hechizo que logró Carlo al saludar a Florentino con un correcto contacto labial en la mejilla ha mantenido la llama caliente hasta el ansiado día en el que el entrenador por fin ha besado la lona blanca. Durante estos años, la distancia separaba a dos amantes que se querían pero que se abocaban a otros romances. Pese a estos forzosos deslices futbolísticos, la fidelidad que subyacía en el fondo de esta relación era de un fervor casi religioso. Quién sabe si en el envés de la estampita del Padre Pío que acompaña a Ancelotti en cada partido para darle suerte venía marcado un garabato del ‘Ser Superior’. Al menos sí atesora algo parecido en su casa, donde el míster ha tenido todas estas temporadas enmarcado en el salón aquel pre-contrato merengue que firmó en su día, un septenato atrás. Ahora, por fin, como también canta el maestro Joaquín, la mano del presi’ le correspondió, pero no por debajo de su falda, si no de su ya famosa servilleta de los fichajes.

Es el bueno de Ancelotti la conjunción perfecta de los elementos. Su aire de mafioso italoamericano mezclado con esa cara de jamás haberse enfadado ante un broma cruel hace que sea difícil juzgarle con nitidez, y lo que es peor, extrapolarle a una causa como el Madrid y el cañí entorno en el que se puede convertir la competición doméstica española. Esbozando un retrato ligero, uno se puede imaginar a Carlo detrás de una poblada cortina de spaghettis tenida por tenedor y cuchara mientras los brillantes gemelos a los laterales de las mangas ciegan a unos jugadores incapaces de enfadarse con él por su proximidad. El inmenso Paolo Maldini ya se declaró su groupie incondicional presentando su biografía ‘Preferisco la coppa’. Se puede vislumbrar aquí a un padre afectuoso con el hijo, a un Del Bosque vestido de Gucci.

Amante del buen tabaco y la excelsa gastronomía, especialmente los gentilicios embutidos que enviaba a sus rivales tras ganarles, la coppa italiana, este hijo de honrados y trabajados labriegos le debe toda su gloria a uno de los más eternos dandis de los banquillos. Sacchi lo apostó todo por este orondo capitán de la Roma. Los 80 ya no podían más y al ilustre Arrigo se le metió en la cabeza que el juego del Milan tenía que pasar por ‘Carletto’. Cuenta el legendario preparador en una recortable y muy guardable media plancha de ‘El Mundo’ que Berlusconi no le quería. Su rodilla estaba al 20 por ciento de capacidad, no corría. Pero era muy listo. Los comienzos rossoneri fueron duros, pero todo fue ponerse a entrenar en zonas específicas hasta que Silvio se tuvo que callar y no repetir eso de que “el director de orquesta no va”. Los fogonazos de Gullit y Van Basten siempre se cargaban unos metros más atrás. Buyo aún llora aquel trallazo que humilló a su querido Madrid. El rechoncho Carlo sacaba sus garras cuando menos se podía imaginar. Simpático y granuja para los restos. Era italiano al fin y al cabo.

Con esa inteligencia adquirida, Ancelotti aprendió a sujetar importantes escudos. Logró labrarse una buena fama. Pocos enfados y mucha mano izquierda. También relata Sacchi ese partido en el que Berlusconi apeló a que se alineara al Pippo Inzaghi y Carletto’ se lo tomó a chacota. “Espero que el presidente acierte con la alineación”, espetó. El delantero no jugó ese partido y el Milan ganó. Pocos pueden callar a Il Cavaliere’ con una sonrisa. Ése es el Carlo que aprendió las más elaboradas artes del escapismo. Irse sin hacer ruido, llevándose bien con todo el mundo. Sin enfados ni berrinches. ¿Alguien hablará mal de él en el Milan o el Chelsea? ¿Quizá un poco en la Juve? En el PSG pronto le recordarán con añoranza pese a marcharse la francesa, valga la asociación. Y es en ese mismo punto donde cabe preguntarse qué pasara con el Real Madrid, un auténtico vertedero de entrenadores en la última década. La ecuación de un Carlo, que nunca se va con portazo, con la de un Florentino que tritura a los míster es complicada de dilucidar.

Será el ósculo el que dictamine la única verdad. Saber si Florentino le dará el beso de la traición como tantos otros ha dado en la famiglia merengue o si será este simpático Fat Tony’ el que se lo plante a un ‘Ser Superior’ que difícilmente aguantará otro match point. El presidente del Madrid debería mirar hacia sus homólogos predecesores y percatarse de que ‘Il Carletto’ siempre besa dos veces.

28/06/2013

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