El honor de Bochini

IndependienteJULIÁN CARPINTERO |“Yo parto de la base de que lo normal es equivocarse. Lo normal es fallar, porque es muy difícil todo. Perder es lo normal y a partir de ahí se construye el resto”. De esta forma tan lacónica teorizaba el periodista Àxel Torres en una charla con los compañeros de ‘Ecos del Balón’. Si damos por buenas las palabras del analista sabadellense, en ningún caso deberíamos hacer un drama cuando nuestro equipo cae eliminado de la Copa o se sumerge en el pozo del descenso. No hay excepciones, salvo que el escenario sea Argentina y el protagonista el club más laureado de toda Sudamérica. Entonces sí, llorar es casi una obligación.

Han pasado ya diez días desde que el bonaerense barrio de Avellaneda se siente extraño cuando se despierta cada mañana. Extrañamente feliz en los arrabales racinguistas, extrañamente triste en los ‘colorados’. El país en el que Dios es redondo tuvo que presenciar cómo su vicario en la Tierra caía a los infiernos de la B para disfrute de los Iscariotes que no soportaban que les mirara por encima del hombro, quienes celebraron su ‘muerte’ sin ni siquiera darle el beso de rigor. Para que el contexto católico, apostólico y romano adquiriera una relevancia aún mayor en esta particular crucifixión con la que el abismo del descenso está torturando a los fieles de Independiente de Avellaneda, basta decir que la escuadra que le abrió la puerta a los centuriones romanos no fue otra que San Lorenzo de Almagro, aquella fundada hace más de un siglo por el padre Lorenzo Massa y de la que es socio de honor el Papa Francisco. Pese a todo, es justo aclarar que los chicos que dirige Juan Antonio Pizzi únicamente le pusieron los clavos en las manos y los pies, porque, aunque no estaba muerto todavía, Independiente llevaba tiempo oliendo a cadáver.

Seguramente uno de los que más sufrió aquella infame tarde de junio fue Ricardo Bochini. Su nombre no debe ser pronunciado en balde, pues bajo el influjo de su magia vivió el ‘Colorado’ sus mejores años, un romance que duró toda una vida sobre el césped y que, a día de hoy, continúa unido por los lazos de la mística. Con el ‘10’ a la espalda, Bochini se convirtió en el ídolo de miles de jóvenes argentinos que soñaban con parecerse a él desde el momento en que oyeron los relatos de cómo desarmó a la Juventus en 1973, en la consecución de la primera Copa Intercontinental del equipo de Avellaneda. Uno de esos niños que imitaban sus regates en los potreros de toda Argentina se llamaba Diego Armando y, años después, tras llegar a coincidir con él en la albiceleste, reconoció que cuando saltaba al campo al único que buscaba con la mirada era al ‘Bocha’.

El bueno de Bochini no conoció en su vida otros colores que los de Independiente, donde acumuló más de 600 partidos —a pesar de que su sueño de la infancia fue jugar, precisamente, en San Lorenzo de Almagro, el equipo al que ‘bancaba’ su familia—. Gracias a esa entrega y fidelidad, el rey de la gambeta se construyó, con mucho esfuerzo, un castillo en el corazón del Libertadores de América, desplazando del Olimpo ‘colorado’ a mitos como Arsenio Erico, el aún hoy máximo goleador en la historia del campeonato argentino; o a Raimundo Orsi, el ariete al que Mussolini obligó a nacionalizarse italiano y que ganaría para ‘Il Duce’ el Mundial del 34.

Sin embargo, el gran mérito de Bochini no reside en haber sabido ocupar el lugar de los héroes del pasado, porque ya se sabe que el fútbol no tiene memoria, sino que las paredes que tiraba junto a su amigo Bertoni aún permanezcan en el imaginario colectivo mucho más nítidas que las estiradas de Islas, la explosividad de Gustavo López, la fuerza de Forlán, la entrega de Giusti, la versatilidad de Burruchaga o la astucia de Agüero, ídolos postreros a la retirada del maestro.

El descenso se ha producido por los malos dirigentes y por jugadores que no estuvieron a tono con la grandeza de Independiente durante seis torneos”, explicó, visiblemente decepcionado, el propio Bochini días después de que el fantasma de la B se apoderara definitivamente de una entidad que en su palmarés puede presumir de haber conquistado, entre otros muchos títulos, siete Copas Libertadores y dos Intercontinentales. Como era de esperar, desde que, de forma matemática, se consumara el descenso, muchos de los rumores apuntan a que el ‘Bocha’ podría volver a Independiente para enfundarse la camiseta de forma espiritual y trabajar por devolverle al lugar que nunca debió perder.

Del fútbol me fascina, aparte del juego, la relación que hay entre una comunidad de gente y un club. Para mí, eso es básico. El fútbol tiene sentido por eso: te hace llorar y te emociona por estas cosas”. Así concluye Àxel Torres la reflexión antes mencionada. Ahora a la afición de Independiente le toca desprenderse de su cáscara y luchar para volver a ser grandes. Llorarán, sí, pero el olvidarse de la costumbre de ganar hará que un hipotético ascenso se celebre como una no menos hipotética Libertadores. Sentirán el fútbol, en todas sus caras. El partido no ha acabado y Bochini ya calienta.

25/06/2013

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