El líder entre estrellas

Forlan-3FIRMA DE SERGIO DE LA CRUZ | Al nacer, la gran mayoría de las personas lo hacen con un don, un atributo, una peculiaridad innata que hay que pulir con el paso de los años para convertirla en una fortaleza. Pero son pocos los elegidos agraciados con el don del liderazgo. Esa cualidad que diferencia a los buenos caballeros de los héroes de los cuentos; la que separa al chico simpático del que consigue la cita con el bombón del instituto; la que establece la frontera entre el ser humano y el mito. Y también, cómo no, entre los jugadores de fútbol condenados al olvido y aquellos que se ganan un hueco en la historia del deporte rey.

En la selección uruguaya, a la sombra de Edinson Cavani y Luis Suárez, también hay un líder. Ya no copa las portadas de los diarios ni el interés de los grandes clubes mundiales, pero con su sempiterna melena rubia Diego Forlán mantiene los galones de la Celeste en la Confederaciones. Ya no los exhibe tan a menudo en el terreno de juego, pero en los entrenamientos, en las concentraciones o las ruedas de prensa, salta a la vista que aún es el líder. Con Uruguay jugándose el todo por el todo en el torneo, Washington Tabárez lo tuvo claro y alineó al ‘Cacha’ entre los once titulares. Y Forlán, en su partido número 100 con la Selección, aceptó el reto de buena gana: una asistencia a Lugano, un gol de bandera y el MVP del partido. Su enésimo ejercicio de eficacia, el instinto asesino como filosofía de vida.

En un país de marcada tradición ‘futbolera‘, Diego Forlán protagonizó el primer desmarque de su vida para aficionarse por el tenis. Sin embargo, en parte por la presión casi imperceptible (pero presente) de una familia dedicada en cuerpo y alma al fútbol, el joven Diego cambió de deporte y siguió la senda de su padre, que ganó cuatro ligas uruguayas, una Libertadores y una Intercontinental con Peñarol. Apenas había dado unos pocos pasos como futbolista cuando el destino le jugó la mala pasada que fraguaría su estatus de líder. Su hermana Alejandra quedaba postrada en una silla de ruedas tras un accidente de tráfico. Con 12 años, Forlán le prometió que conseguiría la ayuda que requería para aumentar su calidad de vida. Y un líder siempre cumple lo que promete.

16 años después, Diego Forlán aterrizaba en Madrid. Se había convertido en futbolista profesional y en el mejor sustento de su hermana. Había pasado por Independiente, había jugado en el Manchester United y había llevado al Villarreal a la Champions. Un penalti traicionero parado por Lehmann (que provocó uno de las llantos más desgarradores en un campo de fútbol en los últimos años, el del presidente amarillo Fernando Roig) le había privado de disputar la final de la máxima competición de clubes de Europa. Forlán es ya un jugador de entidad, un delantero con solera. Pero en la capital de España le espera un reto mayúsculo: llega al Atlético de Madrid para sustituir al ídolo colchonero, Fernando Torres y, de paso, levantar a un equipo huérfano de alegrías. El peso de uno de los equipos más complicados recayó sobre él, pero respondió como mejor sabe hacer, con goles: 23 en 53 partidos. Así, en una temporada de altibajos, y comandado por el melenudo uruguayo y el Kun’ Agüero, el Atleti se clasificaba tras más de una década para la Champions.

Pero fiel a su costumbre, el Atleti pronto dejó de ser un remanso de paz y la destitución del ‘Vasco’ Aguirre en la 2008/09, tras una pésima racha de resultados, trajo a un viejo conocido al banquillo: Abel Resino. Con él, el equipo no terminó de mejorar y cayó en octavos de Champions ante el Oporto. En la jornada 32 caía en Santander por un humillante 5-1. Seis puntos le separaban de la celestial música y el curso olía a fracaso. Si dicen que los líderes son los que aparecen en las situaciones donde todo parece estar perdido para conseguir que el final sea feliz, Diego Forlán es el hombre que respondió a esa definición. Porque en las últimas seis jornadas el uruguayo dejó de ser un hombre para convertirse en un verdadero titán. Para dar seis exhibiciones de profesionalidad, de pundonor, de hambre voraz. Diez goles en el tramo final resucitaron a un Atleti que, de la mano del ‘Cacha’, se coló en Champions en la última jornada. Y, de propina, Forlán se hacía con la Bota de Oro. El “¡Uruguayo! ¡Uruguayo!” resonaba en el Calderón y media Europa salivaba por él.

Forlan-Aguero

Pero, sorprendiendo a propios y extraños, el verano pasó y Forlán siguió vistiendo la zamarra rojiblanca. El inicio no pudo ser peor: el Atleti caía eliminado en la liguilla de la Champions y la cabeza de Abel rodaba en la séptima jornada de Liga con una sola victoria en el casillero. Le reemplazó Quique Sánchez Flores, que no terminó de arrancar al equipo. El momento crítico llegó en la Copa, cuando un Recreativo de Segunda le ganó por 3-0. Pero algo cambió en el Atlético desde ese momento. Se olvidó de la Liga y se concentró en la Europa League, a la que llegó como tercero de grupo de Champions, y en la Copa. Pasó por encima de todos sus rivales y llegó a las dos finales. La primera que se disputó es la de Europa League, contra el Fulham. Tras 14 años de sequía, el Atleti tenía ante sí la oportunidad de volver a ganar. Y Forlán volvió a ser un líder, dejando dos escenas para la posteridad de los colchoneros: los dos goles que convirtieron al Atlético de Madrid en campeón y a él en el héroe de la final de Hamburgo. La Copa sería harina de otro costal y el Atleti se fue con las manos vacías de Barcelona, pero Forlán aún no se había cansado de ser un grande en 2010.

Porque el de Montevideo protagonizó un Mundial digno de enmarcar, echándose la Celeste a sus hombros. Cinco goles (entre ellos una magnífica falta en el agónico partido de cuartos contra Ghana) y una capacidad de liderazgo casi romántica, bajando a la medular para recibir, fuera de su sitio, con el hambre que sólo tienen los que se saben capaces de llegar a lo más alto. El resultado: la cuarta posición de un Mundial en el que Uruguay deslumbró y él fue el Balón de Oro del torneo.

Tras un año antológico, Forlán era una de las joyas más apetecibles del mercado, pero volvió a romper los pronósticos quedándose un año más en Madrid. En agosto, añadió la Supercopa de Europa a su vitrina, pero su idilio con el gol (y en ocasiones hasta con la grada) se vio interrumpido. Tras una temporada paupérrima, cualquier jugador habría entrado en depresión, pero Forlán no es uno más. La Copa de América le reactivó y, aunque sólo metió dos goles, los transformó en la final, donde solo los privilegiados no ven la portería como el ojo de un alfiler.

Con su primer título con Uruguay se marchó al curso siguiente, destino Milán, a un Inter en horas bajas. Las lesiones y su poca sintonía con Ranieri y Stramaccioni le relegaron a un papel casi testimonial. El verano pasado fichó por el Internacional de Porto Alegre con la vitola de estrella y con la obligación de reflotar a una plantilla deshinchada. Llegó a mitad de campeonato, lo que le obligó a competir sin el ritmo de competición apropiado y a no dar el nivel esperado. Pero en esta temporada las cosas pintan diferentes: diez goles en 16 partidos para llevarse el Campeonato Gaúcho y dos goles en las tres primeras jornadas del Brasileirao. Forlán ha vuelto, y cómo no, para ser el líder que siempre ha sido. Pregúntenle a Nigeria.

El ‘Cacha’ apura sus últimas bocanadas de fútbol, sí, pero con la solapa llena de condecoraciones.

Sergio de la Cruz es periodista de elEconomista.es

23/06/2013

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