La búsqueda

PirloMARIO BECEDAS | Le pertenece el momento más bello hasta ahora en la Confederaciones. La falta perfecta. El golpe franco soñado. La curva suave y delicada del esférico rodeando con plasticidad la barrera como una estrella fugaz que vuelve a caer y se mete en la red. En el intersticio, el portero únicamente puede contemplar el cometa detrás de su hombro momentos antes de besar el suelo. El gol de falta de Pirlo ante México fue sólo una nueva demostración de la profunda búsqueda interior que el italiano lleva realizando desde hace años.

Ese deseo de encontrarse a sí mismo a través de la excelencia futbolística ha sido una constante en la apacible senectud de Pirlo, sobre todo desde que el Milan le ofreció el porche de atrás y él prefirió sentarse en el de delante de la Juventus. Quizá el mejor reflejo lo podemos presenciar en la barba que se ha dejado. Estábamos acostumbrados a ver en él al centrocampista azzurro guaperas de ostentoso peluco, media melena grasa y brillante y ojos seductores cansados de romper nenas. El arquetipo ideal. Los chuletas mascando chicle que desde la marrullería y el oficio le quitaron el Mundial a Alemania en casa. Sin embargo, ahora, esa sotabarba de náufrago y peregrino, son sólo la antesala de esa mirada perdida que ya no le abandona, muy fija en un punto no demasiado exacto del horizonte. Unos ojos que apuntan concentrados hacia arriba, antes de llegar al cielo. Buscando algo, no se sabe qué, por  encima de todo lo demás. La gloria desde la contemplación. Incluso sus facciones élficas de duende se han remarcado. No es casualidad.

Atrás quedan los años en los que Andrea fumaba cigarrillos a escondidas o esquivaba con su Vespa a los policías locales, como muy  bien relatan en ‘Panenka‘. Un inseparable amigo de la infancia y la juventud tenía que aguantar siempre que se llevara de calle a las mejores chicas de la discoteca. Sólo la pelota equiparaba las aspiraciones. Pero al igual que con las sonrisas, todas fueron para Pirlo. Fue Lucescu quien le descubrió, antes que nadie, cuando los 90 declinaban. Es posible que el fútbol le deba al míster rumano más de lo que cree. La peripecia en el Inter no salió muy bien. Aquello iba a acabar en un ‘lo dejamos, lo intentamos‘ que nunca llegó a cuajar. Por el contrario, en Brescia sñi habían descubierto a un ángel con el balón.

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Los pases a Baggio le valieron todo un honor en el país de la bota: ser uno más de los cromos que cada verano intercambian los dos bastiones milaneses. Los años rossoneri iban a demostrar que Pirlo era como el buen vino, mejoraba según iban cayendo los otoños. Ancelotti sabía que su pupilo era demasiado listo, pero que no veía bien porque estaba demasiado cerca de la pizarra. Lo retrasó unos 30 metros y le dio la perspectiva para ser el mejor. Ninguna ecuación en el campo se le iba a escapar. Aparecieron los pases largos imposibles, silenciosos, asesinos y cortantes. El culmen se hizo realidad a través de las dos Champions conquistadas con el ‘Fat Tony’ que ahora pretende Florentino. Pero Andrea ya se iba convirtiendo en un tipo serio. La resaca de la orejuda frente al Liverpool le cogió de traje y corbata cerrando negocios familiares. Empezaba el camino hacia la verdad.

No fue al Mundial de Corea, pero ya crecía desde el ostracismo y el silencio; tanto que el propio Kaladze admitió que en nueve años compartiendo vestuario en San Siro apenas hubiesen cruzado una sílaba. Pirlo oía, veía y callaba. Todo a su alrededor era un aprendizaje. Había llegado alto, pero esperaba su momento. Aún restaba una caída dura, la definitiva para volar a la eternidad. El pueblo italiano, con todos sus defectos, se caracteriza por la obstinación y la determinación. Prueben a ver quién puede con ellos. La picaresca española se queda en un terrón de azúcar ante ese océano. Pero nuestro protagonista le dio una vuelta más de tuerca, y lo logró sin abrir la boca. El fichaje por la Juve intuía un ocaso en el que nadie esperaba tan bellos atardeceres. Su viaje del divo al asceta estaba ya más que emprendido.

Tanta fue la contemplación del maestro que consiguió levitar entre la purga de Prandelli. Su brillo con la absoluta superada la barrera treintañera. De pronto se encontró rodeado de chavalines que por fin echaban la bola al piso. El recital de la Eurocopa de 2012 fue el milagro. Cuando cogía el balón, todo desaparecía alrededor, se quedaba él solo, flotando en el campo. El continente permanecía perplejo, embobado. Con permiso de España, la aristocracia bailaba con el cuero empleando la mayor sencillez del mundo. Sin frivolidades ni galanterías. Cada jugada, una fotografía. Era la simple búsqueda de lo excelso, lo bonito, lo puro, lo mejor. El camino de Iniesta con el que Andrea se ha mimetizado en los últimos compases de su danza. Una travesía sin fin para la meditación hecha fútbol, para el hombre que por fin se ha encontrado a sí mismo.  Ese penalti contra Inglaterra que despertó a Italia casi ocho décadas después. Se resarció del que le paró Pinto. La obra de la rosa que brotó de un catenaccio de espinas. Se habla mucho de Brasil, pero ‘la Roja’ deberá de tener cuidado, porque Pirlo ha dejado de sembrar en el mar.

21/06/2013

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