Síndrome de Estocolmo

obimikelJULIÁN CARPINTERO | Llevar a la espalda el ‘10’ de un equipo nunca es una cuestión baladí, más aun si es la elástica que representa los colores de un país. Una de las leyes no escritas del fútbol da por hecho que al portador de dicho dorsal se le presuponen unas dotes de liderazgo, técnica, visión y calidad que le hacen situarse un escalón por encima del resto de sus compañeros en el imaginario colectivo de los aficionados que, expectantes, aguardan de él un chispazo de genialidad. El caso de Nigeria no supone una excepción pues, a pesar de recaer en uno de esos futbolistas a los que sólo se echa de menos cuando faltan, su fichaje abrió en su día una herida que años después no ha cicatrizado.

Las Súper Águilas’ fueron, junto a Tahití, la última selección en comparecer en esta Copa Confederaciones de Brasil. Fue un partido exento de glamour, que únicamente será recordado por el gol de Tehau, un choque que la campeona de África preparó tras aterrizar en Belo Horizonte cuando únicamente faltaban 36 horas para que pudieran depositar sobre el césped toda la ilusión y la esperanza de un país desolado por la guerra. Con las bajas de ilustres veteranos como Martins, jóvenes promesas como Moses o conocidos de nuestra Liga como el bético Nosa, al equipo que dirige Stephen Keshi no le queda otra que fiar todas sus opciones de llegar a las semifinales —lo que ya supondría todo un hito— al instinto cara a gol de Ideye Brown, a los reflejos de su excéntrico portero Enyeama o a la fortaleza que, como bloque, les llevó a levantar la pasada Copa de África tras ganar en la final a la sorprendente Burkina Faso. Pero, sobre todas las cosas, si en algo confían los seguidores nigerianos es en el buen hacer de John Obi Mikel en la medular, la parte más importante del terreno de juego.

Mikel es la estrella de Nigeria porque su palmarés es digno de tal consideración. De hecho, jugadores con mucho más talento que él no llegarán a ganar jamás ni la mitad de los títulos que el centrocampista del Chelsea guarda en su casa. Totti nunca acariciará una Champions League, del mismo modo que Giggs no es que no vaya a poder alzar un torneo con la camiseta de Gales, sino que tendrá imposible participar en una gran competición. No obstante, hay que tener clara una cosa: el hecho de no atesorar la misma calidad que esa estirpe de jugadores no le quita un ápice de mérito en la consecución de estos éxitos, porque si de algo puede jactarse el bueno de Obi Mikel es de haber sido clave en todas las finales que han ganado sus equipos. De ser indiscutible y de desencadenar una guerra entre Manchester United y Chelsea por hacerse con sus servicios hace casi una década.

Probablemente sólo el propio Obi Mikel tenga la respuesta a lo que pasó en aquellos confusos días de la primavera de 2005. No deja de ser curioso que el joven centrocampista, que no podía presumir de la mayoría de edad en su DNI, deslumbrara en el Lyn de la lejana Noruega cuando llamó la atención de un viejo sabueso como lo era Sir Alex Ferguson. El acuerdo entre el club de Oslo y el Manchester United no se hizo esperar e incluso le dieron oficialidad en sus respectivas páginas webs: desde Old Trafford pagarían 4 millones de libras y el espigado mediocentro competiría por un puesto con leyendas como Scholes o Roy Keane.

Sin embargo, cuando toda Inglaterra daba por hecho que el fenómeno africano vestiría de rojo —el propio jugador llegó a ofrecer una rueda de prensa en la que aparecía posando con el ‘21’ del United—, el Chelsea emitió un comunicado en el que explicaba que hacía tiempo que había llegado a un acuerdo con los agentes del futbolista. A partir de ese momento, el Lyn, su club de origen, anunció que el futbolista había recibido amenazas de muerte anónimas, por lo que habían tomado la decisión de trasladarle, junto con un escolta, a un lugar en el que pudieran garantizar su seguridad.

Por si el guión de esta película no fuera lo suficientemente ‘hitchcockiano’ Obi Mikel desapareció de la grada del estadio del Lyn durante un partido de Copa para el que no había sido convocado. El club oslense y varios directivos del Manchester United denunciaron públicamente el secuestro del jugador, lo que derivó en una profunda investigación policial y una cobertura masiva por parte de los medios noruegos. Nueve días después se supo que el futbolista, lejos de padecer el síndrome de Estocolmo, había viajado con su agente a Londres para verse con la secretaría técnica del Chelsea que, como ahora, dirigía José Mourinho, el equipo donde realmente quería jugar, según palabras del propio Mikel, que también explicó que si había firmado algo con el United es porque le habían obligado a hacerlo desde el Lyn.

Con la perspectiva que sólo el tiempo es capaz de ofrecer puede resultar un tanto hiperbólica la pelea que se desató entre esos dos gigantes del fútbol inglés por contar en sus filas con Obi Mikel. No obstante, desde su llegada a Stamford Bridge en 2006 no ha habido un entrenador que haya prescindido de su imponente presencia en el centro del campo, al tiempo que cogía todos los galones que en Nigeria habían dejado los Yekini, Finidi u Okocha. A fin de cuentas, el único secuestro del que le gusta hablar a él es el de los títulos que, bajo llave, sigue encerrando en sus vitrinas.

18/06/2013

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