Cojones

rusoperezJULIÁN CARPINTERO | Disculpen la expresión. Puede resultar zafia e incluso entendida como machista, pero uno no puede evitar utilizar la palabra con la que la testosterona se representa en el imaginario colectivo a pesar de que existan otras similares que ilustren una característica innata que los futbolistas uruguayos portan en su ADN. Cuestión de sonoridad, supongo. La misma con la que los habitantes del país más pequeño de Sudamérica alientan a la Celeste en cada partido que disputa: la cara pintada, el corazón en la garganta y ‘los huevos en la punta de los botines’.

No descubro nada al decir que la selección que dirige Óscar Washington Tabárez va a ser el rival más duro que tendrá España en su grupo de la Copa Confederaciones. Desde que este profesor de escuela se hiciera cargo de ella en 2006, Uruguay ha recuperado parte del viejo esplendor que le llevó a ganar dos veces el oro olímpico y a ser el primer campeón del mundo. Bajo las enseñanzas del ‘Profe’ —que en la década de 1990 impartió lecciones en el Oviedo— ha cristalizado una generación ganadora, mezcla de jóvenes y veteranos, a los que les ha unido el ansia por volver a vivir ese glorioso pasado a base de orgullo, agallas y confianza en sus posibilidades.

A pesar de la fortaleza del bloque, si hay algún nombre que mediáticamente destaque por encima del resto ese es el de Luis Suárez. El delantero del Liverpool es, por méritos propios, la gran estrella charrúa, pues a su técnica de orfebre e instinto inusitado para el gol une ese carácter tan idiosincrásico de los uruguayos que les impide rendirse ante cualquier tipo de adversidad —algo que, a veces, le lleva a traspasar los límites del reglamento—. Por su estado anímico, y por los goles de Cavani, pasan gran parte de las aspiraciones de la Celeste de levantar un título que todavía no ha viajado a las vitrinas del Centenario de Montevideo, ya que la camiseta de Diego Forlán estará en Brasil más como un tributo a los servicios prestados que por el rendimiento que está ofreciendo en el ocaso de su carrera.

Lejos del brillo con el que los premios individuales de estos tres animales del gol deslumbran a los analistas superficiales se esconde la auténtica esencia uruguaya. Guerreros como Lugano, Arévalo Ríos o el Ruso‘ Pérez, aquéllos los que no les importa abrirse la cabeza —literalmente hablando— con tal de que su país gane; aquéllos que, mano en el corazón, se muerden el labio para no derramar una lágrima cuando suena su himno, sin perder por ello un ápice de su hombría; aquéllos que no entienden de partidos amistosos ni de rivales fáciles y pelean cada balón como si fuera el último; aquéllos que, antes de cada choque, tienen presente las palabras que pronunció ‘El Negro Jefe’ hace más de 60 años.

Bajo un sobrenombre tan descriptivo como elocuente como éste se adivinaba una figura única en la historia del fútbol. La del hombre que no fue feliz el día que puso el mundo a sus pies, el mismo que esa noche de julio se emborrachó en los bares de Río de Janeiro, apiadándose de los brasileños y tratando de comprender cómo la ciudad del eterno carnaval era castigada a seguir viviendo después de haber presenciado su propia muerte. Obdulio  se sentía culpable, pero no había tenido elección.

Los periódicos del día siguiente ya se habían impreso anunciando la victoria de Brasil antes de que se jugara la final cuando más de 200.000 personas abarrotaban el estadio de Maracaná. En el vestuario visitante, los directivos de la Federación de Uruguay hacían acto de presencia instando a sus muchachos a que jugaran limpio e intentaran que los Jair, Nilton Santos y compañía nos les metieran más de media docena, pues eso ya sería considerado una victoria. Todo parecía seguir el guión previsto cuando Friaça marcó el 1-0 al inicio de la segunda parte, para algarabía de todo el estadio, que se sentía más campeón que nunca, ya que a la ‘canarinha‘ le valía, incluso el empate. No obstante, es en ese momento cuando Varela se dirigió a sus compañeros con una frase que es leyenda del balompié: “Ahora vamos a jugar como hombres. Nunca miren a la tribuna, el partido se juega abajo. Ellos son once y nosotros también. Los de afuera son de palo“. El caso es que la arenga del capitán debió surtir efecto porque media hora después estaba recogiendo, casi a escondidas, la copa que acreditaba a Uruguay como campeona del mundo.

Particularmente, me cuesta no ya recordar, sino imaginar, una demostración de coraje parecida sobre un campo de fútbol. Aquellas palabras demuestran que para ser uruguayo hacen falta cojones. Los mismos que le sobraron a Abdón Porte cuando se suicidó en el centro del Estadio Gran Parque al saber que no podría vestir más la camiseta de Nacional. Los mismos que demostró el propio Luis Suárez metiendo la mano para evitar el gol de Ghana en la prórroga del último Mundial. Los mismos que Abreu enseñó en ese mismo partido, tirando ‘a lo Panenka‘ el decisivo penalti de la tanda. Los mismos que tendrán que poner los chicos de Del Bosque, porque tocar y tocar no será suficiente, para pasar por encima de la Celeste. Los mismos que se les pondrán a la altura de la garganta cuando piensen que fue en Maracaná, precisamente, donde un país pequeño consiguió la gesta más grande de la historia del fútbol. Por cojones.

11/06/2013

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