Pelando la cebolla

sandro-rosellMARIO BECEDAS | Es un ejercicio sano y recomendable el extraer corteza a los hechos para llegar al núcleo de las cosas de la vida. La curiosidad es la que ha inventado el mundo, pero también la que mató al gato. Despojar a la cebolla de todas sus capas con poca cautela y abundante precipitación puede deparar sorpresas desagradables. Como en el libro del arrepentido Günter Grass que moteja a este artículo, levantar las pieles puede dejar al descubierto que el tubérculo carece de corazón.

Algo de esto es lo que le viene sucediendo al mercadotécnico presidente del Barça, Sandro Rosell. Al morigerado empresario catalán se le ha metido entre ceja y ceja arrancar todas las capas del mejor equipo de la historia para alcanzar a pasos agigantados la semilla culé. Con su cara de moneda, siempre la misma, como ya se dijo desde estos renglones, Sandro ha empezado a tirar de los manteles sin darse cuenta de que la vajilla que había encima era demasiado complicada de conseguir.

Para pelar esta cebolla blaugrana como corresponde, es menester comenzar el análisis por la última capa, la más grande, la primera, la más reciente. El fichaje del gallo’ Neymar se debate entre el éxito financiero y la patochada de mercachifle. Despilfarrar una cantidad que oscila entre la media o la unidad del centenar de kilos en este joven prodigio del balón que por las noches habla con Dios cara a cara, después de bailar la última, se entiende; se asemeja a un delirio de grandeza de los peligrosos. Este ansia mercantil por la venta de camisetas en su sondeado Brasil hace imaginar a Rosell como el gran Cristo del Corcovado, brazos en alto sobre Copacabana, mirando con condescendencia a su mejor profesor, Florentino Pérez. Pensará en ese momento, con la barbilla en alto, si el huevo que ponga su recién adquirido gallo’ caerá del Pan de Azúcar hacia un lado o hacia el otro. Hasta que Zubizarreta escale a su hombro y le susurre al oído que los huevos los ponen las gallinas.

Este gigantesco agravio llega a Can Barça cuando la vieja guardia ya se echa a las barricadas. Antes de la gran bomba, el hombre que trajo a Ronaldinho al Mediterráneo ya había lanzado unas cuantas granadas. Todo con tal de borrar del mapa la obra de su predecesor y antaño jefe, Joan Laporta. Mal negocio fue prestar el teléfono de Gila a los Boixos tras años de silencio. Peor aún contar con un ladino Zubi’ para poner palos en las ruedas de un Guardiola que no pudo más. Antes se había profanado el templo de las sagradas verdades culés. Echar de un puntapié en el trasero a Cruyff debería estar tipificado en el código penal. Un corazón sin sangre no tiene qué latir. Y es probablemente esa ausencia de riego la que haya provocado la última tropelía que han podido contemplar las sufridas almas de Arístides Maillol. Cortar de raíz las expectativas de un renacido Abidal para volver a jugar al fútbol es una abominación, un desprecio de lo humano. Insultarle ofreciéndole un carguito’ para cuando se retire. Las lágrimas del francés en guillotina de prensa son el enésimo desgarro de la injusticia sobre las buenas personas. Algo capaz de dejar helado al más pintado. Valdés, seguramente, no ha querido ver más. Hace bien, las caídas son duras. Mejor irse a Mónaco a tomar té con las princesas.

Uno echa echa de menos esos años bárbaros de Laporta en la tribuna romana con su corona de laurel apareciendo con los partidos empezados en su segunda mitad. Esos años en los que vivimos peligrosamente, como la peli, contemplaron cómo las vitrinas del equipo engordaban a la vez que su presidente. Cruyff aconsejaba a Guardiola cómo ir colocando los muebles de la nueva casa y el propio Pep se preocupaba de disponerlos lo mejor posible en el vestuario para que los niños no se hirieran con las esquinas al pasar correteando por su lado. Los buenos tiempos.

Ronaldinho, Eto’o, el filósofo de Santpedor, Messi… Siempre había otra capa protectora, el corazón nunca pasaba frío. Nos acostumbramos a ver a Laporta vestido de trovador descorchando piscinas o con una cerilla en la mano sin acertar a encenderse el puro en ‘Luz de gas’. Hasta que la política le ahogó con su propia corbata azul y grana. Es lo que tiene quitársela de la cabeza para ponérsela en el cuello.

Ahora todo eso es recuerdo. Nostalgia. Un álbum de fotos. La crisis y lo grisáceo, la maldad detrás de la cortesía; el tiempo de Sandro. Levantar cortezas y cortezas hasta llegar al núcleo puro para ver cómo es. Una ambición desmedida que le puede hacer acabar como un Joan Gaspart con el traje lleno de jirones. A lo mejor el experimento sale bien y Neymar regatea la gloria. A lo mejor uno se ha convertido en un pipero culé. Es contagioso, no crean. La cuestión es que, de tanto pelar la cebolla, Rosell no se ha dado cuenta todavía de que, un día no muy lejano, puede acabar con lágrimas en los ojos.

31/05/2013

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