Best’s friend

BestMarshJULIÁN CARPINTERO | Dicen los que han paladeado las mieles del éxito que cuando han estado en el mejor momento de sus carreras es cuando más solos se han sentido. Porque, efectivamente, en la cima de la montaña —o en la cresta de la ola, llámenlo como quieran— no suele haber sitio para nadie más que para uno mismo, con su ego, sus miedos y sus pensamientos. En la década de los 60, en Europa no había quien hiciera sombra a un chico de Belfast que, bajo una aparentemente abrumadora confianza en sí mismo, pedía a gritos un confidente con el que poder hablar de tú a tú. Curiosidades de la vida, el que fuera su rival en el campo acabó convirtiéndose en su compinche fuera de él.

La cultura popular ha convertido a George Best en un icono de lo irreverente, una suerte de vividor con botas y espinilleras que, como James Dean, quiso vivir rápido, morir joven y dejar un bonito cadáver. Mucho más conocido por su facilidad con el verbo que por sus gambetas, el imaginario colectivo le ha sacado a empujones del Olimpo de los Beckenbauer y Cruyff para colarle en el reservado canalla de Garrincha y Gascogine. No obstante, no conviene olvidar que al hablar del Best jugador se nombra a uno de los mejores delanteros de todos los tiempos, ganador de un Balón de Oro en 1968, campeón con el United de Busby junto a Law y Charlton y que con su elegancia marcó una época en el rudo fútbol británico de la época. Aunque resulta evidente que actitudes como ser la voz de un documental sobre el ‘streaking’ —práctica consistente en correr desnudo en eventos públicos— algo ha podido contribuir…

Cuando en 1974 dejó el Manchester United, al ‘quinto Beatle‘ ya no le quedaba nada por ganar y, sin embargo, empezó a faltarle todo lo demás. Hastiado de una vida llena de éxitos, lujos y excesos, Georgie quiso demostrar a todos aquellos que afirmaban que a sus 28 años ya no guardaba ni ganas ni retales de fútbol que, una vez más, se equivocaban con él. Tras varios experimentos fallidos en equipos incapaces de luchar por un reto por el que mereciera la pena saltar a un campo embarrado a jugarse su bonita cara, George recibió una llamada. Era el verano de 1976 y al otro lado del teléfono se encontraba su amigo Rodney Marsh, al que notó especialmente persuasivo para que cambiara la lujosa Los Ángeles por la fría y lluviosa Londres.

Marsh no era ningún director deportivo de renombre ni un agente al más puro estilo Jorge Mendes. Simplemente era un delantero inglés que había comenzado su carrera en el Fulham y, tras dos exitosos pasos por el Queens Park Rangers y el Manchester City, coincidió con Best en el Cork antes de, igual que George, marcharse a hacer las Américas. No obstante, el entrenador de los ‘cottagers‘ aquella temporada, Bobby Campbell, se había propuesto devolver al Fulham a la elite del fútbol inglés, por lo que, tras el gran Bobby Moore —el hombre que había levantado el Mundial para Inglaterra una década antes—, su objetivo había sido la vuelta a casa de Marsh, ídolo de la afición londinense años atrás. Pero Rodney, pendenciero y juerguista como el que más, sabía que para encontrar alicientes en el tramo final de su carrera tendría que estar rodeado de su álter-ego: talentoso en el campo y con un espíritu hedonista fuera de él.

Así las cosas, a Best los argumentos de Marsh debieron sonarle a música celestial porque al inicio de la temporada ya se había enfundado la camiseta blanca y el pantalón negro del Fulham. Rodney y George, que tantas veces se habían enfrentado en el derbi de Manchester, ahora formaban la vanguardia de un conjunto que era la gran atracción de una feria a la que todos los niños de Inglaterra querían asomarse. Los partidos de aquel equipo del oeste londinense se convirtieron en un sinfín de regates, cabriolas y goles imposibles; pese a todo, la brillantina con la que las viejas estrellas cegaron a la grada de Craven Cottage no pudo conseguir el ansiado ascenso a una Primera división en la que Marsh y Best eran leyendas.

Tras el fracaso de aquel ambicioso proyecto, George y Rodney tomaron el camino de vuelta hacia la Liga estadounidense, que ya en la década de los 70 servía de retiro dorado a las antiguas glorias del viejo continente. Best y Marsh abandonaban la capital de Inglaterra dejando atrás un aura de fascinación en la que fue su hinchada durante una temporada. No se había cumplido el objetivo del ascenso, pero su carácter de crápulas impregnó la noche en la City como pocas veces antes lo había hecho. No en vano, más allá de farras y devaneos, Georgie encontró en Rodney un colega que le entendía y no le juzgaba cuando todo empezaba a torcerse en su vida. Alguien con quien brindar en lugar de hacerlo en soledad. Una persona que descolgaba el teléfono fuera la hora que fuera. Un amigo que, sin saberlo, le tiró un salvavidas.

28/05/2013

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3 thoughts on “Best’s friend

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