Un infiltrado en la final de la Champions

Bayern Borussia Champions LeagueFIRMA DE NACHO URQUIJO | Uno no es del Madrid ni del Barça, pero se aleja 2.000 kilómetros de casa —concretamente hasta Berlín— y encuentra pretextos para animar a cualquier equipo que le recuerde mínimamente a su hogar. En mi caso, mi hogar futbolístico es el Athletic de Bilbao. Por lo tanto mi espíritu vive en una Catedral. Mi cuerpo, por el momento, cerca de la berlinesa calle Karl Marx.

Me cuesta identificarme con el Real Madrid, pero valoro a jugadores como Xabi Alonso o Iker Casillas. Con el Barcelona, a pesar de sus presidentes, me cuesta un poquito menos identificarme, sobre todo desde que el club se vació de holandeses y empezó a jugar como los ángeles —unos ángeles bajitos, pero celestiales al final y al cabo—. Es por eso que, puestos a elegir, decidí apoyar a los equipos de nuestra Liga cuando se enfrentaron en semifinales de Champions al Borussia de Dortmund y al Bayern de Múnich.

Para redondear la jugada, también aposté por ver los partidos con alemanes. En mis más optimistas predicciones, me imaginaba a mí mismo celebrando las victorias y diciendo aquello de ‘podréis tener el dinero, pero nosotros tenemos el fútbol’. El último clavo al que agarrarse. Huelga decir que fue un error rodearme de germanos para ver cómo nos metían un saco de goles. Nunca pensé que podría guardar tanta animadversión hacia un hombre tan tranquilo como Lewandowski.

Al menos saqué algo en claro de todo aquello: un retrato del carácter alemán en un momento tan honesto como el de ver un partido de fútbol. Para que ustedes también se puedan hacer una idea, les voy a narrar los acontecimientos sucedidos el fatídico 30 de abril. A la sazón, la vuelta de semifinales de Champions League entre el Real Madrid y Borussia de Dortmund.

Ante la imposibilidad de usar Roja Directa —porque es ilegal y porque además no éramos capaces de encontrar una retransmisión estable— nos fuimos al bar de la esquina para ver el partido. El local estaba lleno hasta reventar de alemanes y, primera señal de que aquello no iba a ser como en España, todo el mundo estaba sentado. La segunda señal fue que no nos pusieron ni unos tristes cacahuetes con la cerveza.

No obstante, lo que más me llamó la atención durante todo el partido fue la ausencia de insultos, gritos, sollozos, vasos rotos, cánticos y súplicas. Los alemanes ven el fútbol con la misma pose con la que verían un partido de snooker. Salvo por un único borracho alborotador —al que otro parroquiano, vestido con la camiseta del Borussia, mandó callar varias veces— el resto de nuestros compañeros alemanes atendieron al partido con un estoicismo que hasta el propio Zenón de Citio, padre de la corriente filosófica estoica, habría envidiado.

Cualquiera que haya visto un partido a través de una cadena alemana sabrá, además, que los comentaristas no son lo más animado del mundo. A veces se agradece que no te quieran vender el último sorteo de la cadena cada 15 minutos, como ocurre en España, pero lo normal es que resulte extraño, para alguien acostumbrado a las narraciones españolas o latinoamericanas, que el comentarista permanezca largos minutos sin decir nada, en un silencio roto, solo de vez en cuando, por el nombre de algún jugador. En este punto tuve preguntar: “¿Por qué no habla?”. La respuesta: “Los comentaristas en Alemania son más analíticos que descriptivos”. Y fue verdad. Al terminar el partido se reunieron unos cuantos alemanes, entre ellos Oliver Kahn, y se pusieron a charlar y a analizar.

Como todo el mundo recuerda, el Real Madrid perdió después de un final cardíaco. Los aficionados del Dortmund que se encontraban en el bar viendo el encuentro salieron tranquilamente a la calle, alguno levantó los brazos, otro buscó un abrazo. Fin de la celebración.

Probablemente existan alemanes que vean el fútbol con la misma intensidad que los españoles. Pero mi intuición me dice que la media de exaltación, al menos cuando no hay alcohol mediante, es mayor entre los espectadores ibéricos. Pude comprobarlo solo unos días después, cuando vi la final de Copa del Rey entre el Atleti y el Madrid, de nuevo desde Berlín. El local en esta ocasión estaba lleno de españoles y enseguida se notó en el ambiente: “Ese portugués…”, “Hijo de…”, “Tu madre…”, “Viva Sabina”, “Fernaaaaando Tooooorres”, “¡Qué bueno eres, Coentrão!”. Al término del partido, los aficionados del Atlético, muchos de ellos sin conocerse de nada, se abrazaron de júbilo y cantaron ese himno que habla sobre qué manera de perder. Y se rompieron vasos, por supuesto.

No se crean que me enorgullezco por completo de este comportamiento, a pesar de que yo soy de los que piden penalti en cada piscinazo. De hecho, me puedo imaginar perfectamente a los alemanes pensando que somos unos animales que no se saben comportar, brutos a los que en realidad no les gusta el fútbol y que utilizan el deporte como una excusa más para el cachondeo y la fiesta.

Y tendrán tanta razón afirmando eso como nosotros a la hora de retratarles como aficionados con horchata en las venas. Y se equivocarán tanto como lo hacemos nosotros al quedarnos sólo con la imagen superficial. Porque en Alemania también se grita y se insulta y se canta y se critica, aunque sea de una forma más contenida. Que se lo digan al entrenador del Borussia, Jurgen Klöpp, que se apostó “el culo” a que el Bayern contaría con la ayuda de Pep Guardiola a la hora de preparar el partido contra su ex equipo, según cuentan las crónicas deportivas.

“¿Sabías que Heynckes entrenó al Athletic?”. “¿Sabías que Javi Martínez jugaba en Bilbao?”. Esas son las dos preguntas que utilizo de cara a la final de Champions entre el Bayern de Múnich y el Borussia de Dortmund para mantener un poco la ilusión. Siempre puedes encontrar algo para identificarte con un equipo. El fútbol es lo que tiene, seas alemán, español, coreano o tunecino, lo puedes disfrutar igual. Cada uno a su manera. Aunque sienta mejor cuando no te meten tantos goles.

26/05/2013

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