Una pica desde Flandes

Courtois OKFIRMA DE MIGUEL ÁNGEL MORENO | Recibir una herencia no siempre es algo tan beneficioso como uno puede pensar; el heredero no sólo recibe una mayor o menor cantidad de bienes, privilegios o tratamientos, sino que también recibe el deber de retenerlos, aunque únicamente sea por la mirada escrutadora de quienes medraban por recibir lo prometido. Y la obligación de demostrar que uno es digno de lo otorgado, con el consiguiente desafío de quienes apuestan por que el candidato fenecerá en el intento. De la misma forma que le ocurría a Cortázar cuando le regalaban un reloj: “Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa”.

Ésta es una historia de ida y vuelta: de España a Bélgica, de Flandes a Madrid y de ahí a tocar la gloria el pasado viernes en el Bernabéu, siendo el héroe de la final de Copa del Rey. Felipe II recibió en 1556 el ‘puzzle’ infernal de territorios propiedad de su padre, Carlos I. Una amalgama de posesiones difícilmente gobernables por el nuevo monarca, que además decidió establecer en Madrid una capital estable para poner fin al gobierno ambulante de su padre, que se ganó no pocas rebeliones de castellanos dispuestos a hacer frente a ese emperador extranjero que ni siquiera tenía pulido el idioma.

A partir de esta situación surge el dicho popular español que compara las empresas difíciles con “poner una pica en Flandes”. Una pica española, o un tercio de piqueros, tenía que afrontar para llegar a lo que hoy son los Países Bajos el rocambolesco viaje de salir de la Península Ibérica por el Mediterráneo rumbo a Génova o Nápoles, ascender por los reinos italianos y cruzar los Alpes para presentarse en tierras flamencas. Toda una singladura para hacer frente a las levantiscas Provincias Unidas que, no en vano, consiguieron la independencia de España casi un siglo después.

Difícil también parecía hacer en 2011 el camino contrario para el bueno de Thibaut. Esta vez el itinerario no pasaba por Italia, sino por Londres. Y por los despachos. Los que primero le traían al Manzanares bajo propiedad rojiblanca, y después terminaron dando lugar a otro paseo extraño por las oficinas del barrio londinense de Chelsea para recalar en Madrid.

La herencia también era espinosa en este caso. Reciente la salida hacia la Pérfida Albión del último talento rojiblanco, David de Gea, el único que había gozado de continuidad bajo los palos en los últimos años desde Molina, el portero del Doblete —nunca fue suficientemente ponderado Molina, el meta que rompió el tabú que impedía a los porteros españoles jugar con los pies—. De Gea era, además, el primer canterano que triunfaba bajo los palos rojiblancos desde Abel Resino, del que hablaremos más adelante.

Pero el espigado meta flamenco venía de superar obstáculos. En Genk contaba con cinco porteros por delante, pero las ventas y las lesiones le permitieron debutar. Dos campañas después, Courtois se hacía con la titularidad y ganaba la liga belga. Acto seguido el Chelsea llamaba a su puerta, ofreciendo “la mayor oferta que ha recibido el Genk por un jugador”, según reconocía el club en un comunicado oficial.

La herencia, en este caso, tenía disputa. Con el fichaje de otro portero joven y que había realizado una gran temporada anterior como Sergio Asenjo, la llegada de este guardameta altísimo y pesado como una torre no parecía tener mucho sentido en el club del Manzanares. Y también había habladurías: las de quienes se extrañaban de su titularidad, y especulaban que su salida de inicio en los primeros partidos con Gregorio Manzano formaba parte de una cláusula impuesta por el Chelsea para la cesión.

Pero el arquero belga pronto demostró que su titularidad poco tenía que ver con cuotas. O que, de existir, la cláusula estaba bien firmada. 41 goles recibidos en los 37 partidos de Liga que disputó en su primera temporada, con la conquista de la Europa League incluida, dejaron las murmuraciones en un tono inaudible y dieron paso a los brindis. El chaval se había adaptado, ganándose a la plantilla con su carácter afable y su fama de políglota. El central Domínguez comentaba a los medios que se entendía con él en francés, pero enseguida el belga sumó un precario castellano al flamenco, francés, inglés y algo de alemán que figuran en su currículo.

Con el verano llegaron las dudas, pero Courtois retornó a la casa rojiblanca, a la que trajo en septiembre la Supercopa Europea, y el remate del presente ejercicio, con tan solo 26 balones sacados de la red en 34 encuentros ligueros (0,76 goles por partido) hasta la jornada 36. Concretamente, hasta el gol que marcó para el Celta de Vigo el ‘Negro’ Augusto Fernández en el minuto 83 de un encuentro ya sentenciado (1-3).

Un gol que tiene algo de desafío histórico, porque ponía el punto final a una racha de imbatibilidad de Courtois a domicilio que suponía un récord para un portero rojiblanco: 680 minutos sin recibir un gol. Una marca batida frente al anterior poseedor de la cota: el exportero rojiblanco Abel Resino, que en ese mismo instante se mantenía de pie en el banquillo local de Balaídos.

Resino, portero rojiblanco durante los primeros cinco años de la década de los 90, formó pareja de guardametas ‘de la casa’ con Diego Díaz entre el 91 y el 95. Una etapa en la que tuvo tiempo de ganar dos Copas del Rey —una de ellas con victoria final en el Santiago Bernabéu ante el Real Madrid, con goles de Futre y Schuster Luis Aragonés en el banquillo—, ser premio Zamora y tener una bonita competitividad con el portero madridista Paco Buyo.

Abel mantuvo el gesto adusto y firme que ha asumido desde que habita los banquillos, mientras que el equipo de sus amores ponía a sus pupilos celtiñas al borde de la Segunda división. Las mismas convicciones y sensación de impenetrabilidad que exhibió las dos medias temporadas en las que entrenó al Atlético fueron las que transmitió mientras veía a un belga veinteañero que destrozaba su récord. Otra herencia más que el belga asumía, con nota.

Courtois trajo su pica de Flandes. Y la dejó en Madrid, previo paso por Vigo. Pero Abel sigue guardándose otra imbatibilidad: los 1.270 minutos sin encajar un gol en la temporada 1990/91, superados por el holandés Edwin Van der Sar, pero no por otro meta atlético. Courtois tendrá que esperar otra temporada más para intentarlo, siempre que el destino quiera —y el Chelsea también—que retorne al Manzanares al curso que viene.

12/05/13

Miguel Ángel Moreno es editor de Mayhem Revista

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4 thoughts on “Una pica desde Flandes

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