Hagi, héroe entre imperios caídos

FotoSketcher - 564338-hagi-real-madrid 2ÁLVARO MÉNDEZ | Apenas pudo disfrutar de una cita tan romántica como una final de la Copa del Rey entre los dos colosos de la capital. Cuando el respetable todavía se estaba acomodando en un Santiago Bernabéu a rebosar, Gheorghe Hagi —más conocido como Gica— cayó derrumbado tras una dura entrada de Juanma López y se vio forzado a salir del 105×68. Mientras el masajista Antonio Acedo le atendía en la banda, contempló impotente cómo Schuster dinamitaba el encuentro con un libre directo desde 30 metros que perforó la escuadra derecha de Paco Buyo. La cresta ilíaca del rumano no se recuperó del golpe y el zurdo tuvo que encarar el túnel de vestuarios prematuramente en el minuto 12. Poco después, el gol de Futre borró de un plumazo las esperanzas de un Real Madrid que, huérfano de la calidad y el liderazgo del Maradona de los Cárpatos’, apenas puso en peligro el triunfo rojiblanco.

No estaba hecho para la derrota. Quienes le conocieron durante su etapa de jugador decían de él que era un rebelde. Otros, que era extremadamete sincero. Pero su carácter auténtico de ganador nato nunca pasó inadvertido. Ni siquiera cuando era sólo un adolescente y fue reclutado por las autoridades comunistas de la Rumanía de Nicolae Ceaucescu para ingresar en el Luceafarul de Bucarest, equipo en el que el régimen reunía a las grandes promesas del fútbol patrio. Su estilo de juego, su mágica zurda y talento natural, impropios de su edad, pronto llamaron la atención de la familia del férreo dictador, poseedora del Sportul Studentesc, que no dudó en hacerse con los servicios de un medio tan fino en el regate como letal frente a la portería. En tres años se destapó con 58 tantos, unas cifras que despertaron el interés del club hegemónico del país, el Steaua de Bucarest.

Durante el gélido invierno de 1987, el equipo del Ejército rumano le fichó para un único partido: la Supercopa de Europa ante el Dinamo de Kiev. Hagi, el recién llegado que se había plantado en el once titular como el típico novato que está haciendo la mili, anotó el único gol del encuentro y el Steaua de Bucarest se negó rotundamente a prescindir de su dorsal número 10. Al clan Ceaucescu, más preocupado por la situación económica de un país en ruinas y al borde del estallido social, no le quedó otra que hacer la vista gorda. Prácticamente desde que llegó al sureste de la capital, Hagi se convirtió en el estandarte del mejor Steaua de Bucarest de la historia. En tres años y medio logró llevar a las vitrinas del Stadionul Ghencea tres Ligas, dos Copas y la mencionada Supercopa de Europa.

Sin embargo, la revolución estaba a punto cambiar el destino de Gica Hagi. A finales de 1989, varios miles de personas se congregaron en los alredeores de la catedral de Timisoara, al oeste del país, exigiendo libertad de culto religioso y denunciando las prácticas totalitarias del régimen. El Muro de Berlín había caído hacía un mes y las dictaduras comunistas estaban en el punto de mira de una sociedad que, tras décadas de subordinación, estaba dispuesta a luchar por su libertad. Tras la brutal represión ejercida por el sátrapa en Timisoara, la rebelión popular se contagió a las calles de Bucarest. Después de varias jornadas en las que la capital se tiñó de rojo, los militares confraternizaron con el pueblo y, juntos, interceptaron al tirano Ceaucescu y a su esposa justo antes de que huyeran a China. Frente a las cámaras, en unas imágenes que dieron la vuelta al mundo, fueron juzgados y ejecutados públicamente.

El bueno de Gheorghe, libre ya de la tradición comunista que obligaba a retener a los jugadores nacionales para que no vistieran los colores del otro lado del Telón de Acero, fichó por un Real Madrid embelesado por las exquisitas cualidades balompédicas exhibidas por el rumano durante el Mundial de 1990. En Chamartín le tocó vivir el ocaso de la Quinta del Buitre y, tras dos temporadas prácticamente en blanco, recaló en el Brescia italiano. Su vuelta a la élite del fútbol continental se produjo dos años más tarde, cuando fichó por el FC Barcelona. En la Ciudad Condal, caprichos del destino, fue testigo del declive del Dream Team y no pudo desplegar todo el encanto que atesoraban sus piernas y su cerebro.

Harto de ver cómo se desaprovechaban sus talentos, Hagi probó suerte en el Galatasaray. A orillas del Bósforo se reencontró con el fútbol que durante tanto tiempo le habían negado y vivió una segunda etapa de oro. Con los leones logró cuatro Ligas, dos Copas, una UEFA y otra Supercopa de Europa. Tras cinco años cosechando éxitos en el césped del Ali Sami Yen, puso fin a su carrera como un auténtico héroe.

Así se explica la carrera de todo un jugador de raza. Sólo los futbolistas de su carácter son capaces de crecer y perseverar cuando todo a su alrededor cae por su propio peso. Gica Hagi experimentó en sus propias carnes el derrumbamiento de tres imperios, uno político y dos futbolísticos, pero, en lugar de amilanarse ante la lluvia de escombros, utilizó los cascotes para forjar su leyenda. Siempre con la bandera tricolor en el corazón.

16/05/2013

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