El Ángel Rubio

1322215486_extras_albumes_0JULIÁN CARPINTERO | Un carácter indomable, una personalidad que le impedía rendirse, una efectividad inusitada de cara al gol y un líbero de categoría. Ese fue el póquer de virtudes que hicieron del Bayern de la década de 1970 un equipo capaz de ganar un trío de Copas de Europa de forma consecutiva. En los años posteriores conservó las tres primeras características, pero tras la retirada de Beckenbauer no fue capaz de encontrar un todocampista que marcara las diferencias y le permitiera volver a reinar en el viejo continente. Lo que en Múnich no sabían es que lo habían tenido delante todo el tiempo.

Las carreras de muchos futbolistas serían muy diferentes sin un chispazo de genialidad en un momento oportuno. Así, la vida de Garrincha no se entendería sin sus gambetas en el Mundial de 1958, como tampoco sería recordado Panenka de no haber cometido la temeridad de lanzar aquel penalti en una final. Estos alardes de genialidad se manifestaron en el cuerpo y la mente de un joven alemán llamado Bernd Schuster durante la Eurocopa de 1980, en la que RFA se llevó su segundo entorchado continental y empezaba a inspirar a la verborrea de Gary Lineker. El por entonces futbolista del Colonia, que apenas contaba 20 años en su DNI, no solo fue la revelación del campeonato, sino que formó parte del equipo ideal del torneo, fue traspasado al Barcelona y acabó el año como Balón de Plata únicamente superado por su compatriota Rummenigge. Hennes Weisweiler, quizá el único entrenador que supo conducirle de verdad, había cocinado una estrella en ciernes.

Aquel niño bávaro que había mamado el fútbol de verdad, el que se aprende en la calle, había sido rechazado por el Bayern de Múnich dos años antes de su eclosión mundial, cuando todavía jugaba de líbero, pues en la planta noble del Olímpico consideraron que la etiqueta que le había colgado el Augsburgo era demasiado cara para lo que podía aportar. Caprichos del destino, el gran rival de los muniqueses en aquella época, el Mönchengladbach, suspiraba verle vestido de verde y blanco, pero fue en el Colonia donde encontraría el trampolín perfecto para demostrarle al presidente Hoffmann que con unos marcos más podrían haber sido invencibles.

No obstante, su carácter huraño y desabrido le privaría del reconocimiento que su fútbol mereció. Desplazamiento en largo, en corto y en diagonal; golpeo magistral, tanto en juego como a balón parado; capacidad de abarcar todo el campo; despliegue físico; y personalidad para coger galones en cualquier equipo habrían sido credenciales más que de sobra para marcar una época en la historia del fútbol. Pero, como bien es sabido, los genios son imprevisibles y Bernd era capaz tanto de marcar un gol imposible como de abandonar la Mannschaft con 23 años o marcharse del estadio mientras sus compañeros se jugaban la Copa de Europa.

La revancha siempre fue una constante en la vida del Schuster futbolista. Tras ocho años en Barcelona, el nibelungo, rebotado con Núñez, cambió el blaugrana por el blanco de la ‘Quinta del Buitre’, a la que dejaría volar sola en 1990 tras una serie de discrepancias con Toshack y Ramón Mendoza, desacuerdos que le llevarían a asentarse en la ribera del Manzanares. Con 31 años, muchos entendieron que sus mejores años ya habían pasado, pero al ‘Ángel Rubio’ aún le quedaba un mensaje que enviar.

Atlético y Real Madrid se citaban en el Santiago Bernabéu el 27 de junio de 1992. El hecho de que la España de Vicente Miera hubiera fracasado en su intento de clasificarse para la Eurocopa de Suecia permitió que la final de la Copa del Rey se celebrara con el mes de julio llamando a la puerta. Tras la célebre arenga en la que Luis Aragonés explicaba a sus jugadores hasta dónde estaba de perder contra el vecino, Tendillo cometió una falta sobre Manolo al borde del área de Paco Buyo. Craso error cuando el que coge el balón y lo mima, como susurrándole al oído, es Schuster, con el 8 rojiblanco a la espalda y el ansia de reivindicarse siempre presente.

Lo que aconteció segundos más tarde fue un golazo espectacular por la escuadra, una narración memorable –por lo insustancial– de José Ángel de la Casa y la imagen de Jesús Gil secándose el sudor de su cara. El Atlético acabaría ganando la final en casa del eterno rival por 2-0 con Schuster y Futre como héroes destacados, un triunfo que la parroquia rojiblanca sueña con repetir el próximo viernes. A fin de cuentas, si de algo presume esta afición es de soñar más fuerte que nadie y, como diría su admirado Sabina, les sobran los motivos.

 14/05/2013

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