Ocaso

ocaso1MARIO BECEDAS | Sucede que los malos días también se acaban. Hasta esos nublados y grisáceos en los que tanto el orto como su cainita enemigo, el ocaso, se difuminan en el horizonte con las malvadas nubes. Algo de eso aconteció en la capital del reino cuando abril tocaba a rebato y el sol no quiso pisar el albero prefiriendo quedarse en el tendido. En la agonía del mes de las lilas, también llegó la de un Real Madrid que, pese a atesorar una muy buena cruz pensionada y un lujoso pisazo en la Castellana, no ceja en su empeño de recordar pasadas gestas y batallas.

En una extraña primavera en la que hasta las horas del astro rey vienen con candado alemán, los madridistas padecieron en sus carnes con el hecho de que las nubes se fueran, pero siguiese lloviendo. Vivimos tiempos locos en los que el marketing puede aprovecharse del corazón, pero no al revés. Un Borussia joven y descarado; rubio, alto y muy nibelungo, llegaba con una importante ventaja al feudo de las nueve orejas. Al otro lado sólo encontró retales de una épica sorda y raída, los últimos latidos de una casquería que quiere imponer el tacto del cuero duro y gastado, con toda su belleza, pero al que los tiempos y las luchas han cuarteado.

Se trata el merengue de un equipo muy generoso en la fuerza, pero muy descuidado en los cálculos. Nadie en la Historia hizo tanto a golpe de arreones.  Las leyendas también se erigen a estocada de mandoble en el último suspiro. Se apelaba a la casta de un equipo con mucho corazón, un conjunto capaz de congelar al adversario con embestidas alentadas por el rugido de un infernal Bernabéu. Nada. Cada uno de los correligionarios de la machada sabía en su fuero interno la verdad. El Madrid es un club de elegancia, señorío y veguero en la mano. De socio que va al campo más cómodo del mundo a poner a parir a los suyos aunque en el fondo los ame con locura. Vayan a un palco y vivan la experiencia.

Todo estaba listo el martes por la tarde. La Villa y Corte contenía la respiración. Las hordas teutonas copaban los bares. Litros de cerveza para la nueva hegemonía. Nadie se quería perder el partido. Sólo hubiese faltado el perro Paco en los aledaños de Concha Espina. Mucho ambiente pero no tan segura convicción. El ‘espíritu de Juanito‘ iba a ayudar a derribar el muro de las baldosas amarillas, pero la fuerza del empuje sólo provocó un terrible chocotón contra la pared. El tabique únicamente sufrió dos aldabonazos, pero aguantó en pie. Era el fin, más que de un ciclo, de una sinrazón. En algunos momentos a Klopp le temblaron las canillas, pero, admirado Jabois, ni siquiera el aguacero que chorreaba sobre los Madriles consiguió empañar sus lupas. El fracaso lo transpiró Ramos, el único héroe que se ha plantado este año contra el horror. Sus lágrimas eran de rabia ante la barbarie. El esfuerzo más generoso en décadas.

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Y es que al final, las Copas de Europa llegaron avasallando a los rivales. Los años de fracasar en Alemania y dejar los deberes para Chamartín fueron el vuelo por el desierto de los buitres. Tanto el Madrid de Di Stéfano como el de Del Bosque y Makélélé eran más de aplastar que de recurrir a ninguna épica. La deformación de la realidad ha sido un hábito adquirido por la irrupción de Mourinho. El todopoderoso Florentino cometió el error de ser impaciente y compró la casa antes de echar un ojo a las estancias. Ganar la Décima requería más tiento y no encomendarse a un profesional que sólo vino a vengarse de los de la barretina. Craso error, porque el imperio culé sólo se ha destruido a sí mismo, siendo ya un hermoso cadáver.

De poco sirve llegar a semifinales para nada. Que si el año pasado por un penalti ante el Bayern, que si éste hubiese durado cinco minutos más el partido ante los de Dortmund. El Madrid de los 100 años de baraka clamaba que la suerte era para los campeones y que quejarse de conjuras arbitrales y de infortunios era de pobretones. Guardiola los dispuso ante el espejo y el hombre de Setúbal no pudo más que obsesionarse. Se le fichó buscando el efecto de la viagra, pero a pesar de provocar levantamientos intestinos en el vestuario, tanto odio sólo ha quedado en decaimiento. Molowny o Miguel Muñoz, por no hablar de don Santiago, hubiesen regurgitado al presenciar un graderío que se divide entre yihad y piperos.

Las rabietas y rajadas convierten a un equipo en más segundón que logrando ligas con Robben y Sneijder. Nunca fue el de la Castellana un equipo llorón hasta estas temporadas, buscando explicaciones inverosímiles ante el poderío de un esplendor blaugrana que difícilmente volverá a repetirse en el tiempo. Queda claro que después de la juerga llega la resaca. Los fuegos artificiales se apagaron y en Barcelona ya reina la noche cerrada. Ahora es el sol el que empieza a declinar por los oscuros relieves de Guadarrama. La pregunta es si el Real disfrutó en lo que duró la fiesta. El tango, ahora sí, parece que ha sido el último.

03/05/2013

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