Curvas

ronaldo9MARIO BECEDAS | La vida son curvas. Del amor a la economía, desde la cama hasta los mercados. Incluso el fútbol corre detrás de una esfera, lo más curvo que puede haber. En tiempos en los que todo es lineal y cuesta abajo, es mejor no abrir la veda y descartar el opinar de un tieso Cristiano o del movimiento rectilíneo uniforme y alemán que tanto pavor causa en nuestras vacas sagradas. Es momento de recordar las gráciles caderas del balompié de la mano de un ilustre invitado que visitó una televisión patria hace poco. El genuino, el primero, el verdadero, el único e inimitable Ronaldo. Sí, el del gol al ‘Compos’. O ‘el gordo’, como escupe con desprecio algún que otro sector filosófico y desmemoriado de Concha Espina.

Ahora que las fajas han vuelto a la moda y que desde Frankfurt nos indexan el vientre, el genial ‘Ronie’ nos retrotrae más bien a la trayectoria de nuestro maltrecho Ibex. Mucho inflarse para luego no poder volver a subir nunca más por el peso cogido y los kilos mal ganados. Es desagradecida la visión deformada que ha quedado del mejor delantero que ha habido jamás. A modo de espejo convexo, ya sólo trasciende la burla y mofa del cachalote que tuvo que dejar el gremio por no poder con los calzones.

Sólo los nostálgicos que son capaces de llevar a ‘El Fenómeno’ a un plató siguen embobados con los goles y las carreras del ‘9’ fundamental. Si ahora nosotros mismos hacemos apología del falso, antes él la hizo del verdadero. Habíamos visto de todo, a Maradona irse de diez tíos con habilidad, pero no un misil tierra-aire que por velocidad fuera capaz de dejar sentado en el suelo a un equipo rival como a niños en la guardería. Fue el Barça de Robson quien le puso los focos sobre su imperecedero rape cabelludo. Aparecer en los guiñoles fue un privilegio y ahí empezó la fiesta. Culpas fueron hacia Romario por llevarle al camino de la perdición femenina. Otra vez las curvas. Corría el verano del 97 y las dos ‘R’ morían por moverse. Pero no era cierto. ‘Ronie’ ya había hecho de las suyas en el Camp Nou. La sesión porno no se quedó en tirarse al otro equipo, sino en el descubrimiento que hicieron los vigilantes del estadio tras el partido. El brasileño permaneció atrapado con dos buenas mozas practicando el acto que nos da la vida. Cosas de chavales para la aquiescencia de un Núñez que ya abría la libreta del banco.

Entre caderazo y caderazo arrivaron los cheques milaneses y el convite continuó su marcha. Botellas, juergas y mujeres. Escándalos y bodas falsas. Mientras, los goles no cesaban. La consagración final era definitiva y ese chavalín que firmaba autógrafos en cajas de galletas y jugaba al ping-pong en las convocatorias de las inferiores brasileiras corría y corría hacia el estrellato mundial. De tanto galopar vino el tortazo. Fue contra Barthez en un París de Bastilla y revolución. Zidane tiró de la manta y el fruto del guaraná cayó de la vaina. Mucho se dijo de aquella final en la que Ronaldo parecía aturdido. Quizá un vahído al adivinar lo que iba a venir.

Un motor de tanta potencia resulta que tenía pistones de cristal. Los neumáticos de Pirelli provocaron que el entonces estandarte del Inter patinara y la Historia cambiara para siempre. El calvario y el ostracismo. Con el cuerpo inactivo, la cabeza se surte de maldades. El ocaso parecía cercano y una carrera joven, truncada de raíz. La esperanza había hecho las maletas facturadas por un Héctor Cúper al que no le caía demasiado bien el ya orondo delantero. Hacerle correr durante tres horas en los entrenamientos creó una enemistad irreconciliable.

Pero sonó el teléfono. El hombre paciente y sabio, Scolari, precisaba de sus servicios. La expedición a Corea iba a contar con un bólido seminuevo. Estaba de ocasión pues, después de tocar fondo, ya no había presión. Y en la aventura asiática llegó la gloria y la redención. Sólo la verdeamarelha insufló aire a un trucado y deshinchado torneo. El corte púbico que Ronaldo se dejó sobre su frente protagonizó una instantánea inmortal batiendo al inhóspito Kahn en un golpe de último hoyo del green. El tan acusado de primer golfo hacía las veces de último golfista. Un Madrid extasiado de novenas se fijó y Florentino sacó la servilleta.

Ya con una fisonomía colosal, el Bernabéu tardó 15 segundos en ver cómo Ronaldo petaba la bola contra el suelo y ésta explotaba en las redes del Alavés. A partir de ahí, el campeonato merengue fue un coloquio del Banco Sabadell entre el carioca y Casillas. Uno recuerda esos años del punta como una gran bola de nieve, blanca blanquísima, rodando por el tapete y llevándose por delante a todo tipo y clase de zagas. En uno de los aludes, y sin darse cuenta, aplastó para siempre a dos curtidos sherpas. Raúl y Morientes nunca se recuperaron de las magulladuras. Aun así, siempre nos quedará la imagen del adorable oso polar abrazando de la manera más entrañable tras marcar un gol a un Del Bosque que acababa de perder a su madre. Por el camino extravió a la coqueta Milene Domingues entre los flanes Dhul y Vallecas. El epílogo europeo en el Milan simplemente fue un pase VIP a la discoteca de jubilados 24 horas que Berlusconi se niega a cerrar.

Una vez consumado el capítulo europeo y con Brasil ya lejos de las expectativas, de nuevo por culpa de Zidane, aunque con cabezazos menos certeros, Ronaldo se dejó crecer el pelo y empezó a quitar el polvo a los escándalos. Reconoció a un hijo perdido y se ‘cortó el grifo‘ para que ya no hubiera más. Tuvo que echar balones fuera con acusaciones de haber contratado a un travesti en una de sus megalómanas veladas. Lo último ha sido perder algún kilo en un reality. Todo para esconder que el fútbol se acabó. Como él decía, qué doloroso saber qué hacer en el campo pero que el cuerpo no responda. Lejos ya del pasto, las peligrosas curvas se han terminado. Ahora sólo le queda una y es muy fácil de seguir, la de la felicidad.

26/04/2013

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