Goles para Anna

KubaJULIÁN CARPINTERO | Dortmund ya está preparada. La ciudad de la Cuenca del Rühr vive, expectante, los días previos al partido más importante que su equipo ha jugado en la última década. El Borussia, orgullo de Renania del Norte-Westfalia, no tenía por delante un reto de estas dimensiones desde 1997, cuando se consagró campeón de la única Champions que, hasta el momento, da lustre a sus vitrinas. Por aquel entonces, Jakub Blaszczykowski, tenía pocos motivos para poder celebrar algo, pues la vida le había dado la entrada más dura que nadie podría imaginar. 16 años después, sólo pretende sacudirse las heridas.

Cuando se habla del Borussia de Dortmund resulta inevitable escuchar siempre las mismas conclusiones sobre el campeón de la Bundesliga en las dos últimas temporadas. Que Götze es un genio precoz, que Lewandowski tiene una pegada espectacular, que Reus se ha adaptado de maravilla y que Jürgen Klopp es un entrenador moderno que ha conseguido que un equipo joven despliegue un juego de ensueño. Bueno y, últimamente, que Hummels y Gündogan también son muy buenos, pero tienen menos nombre. Sin embargo, casi nunca se menciona que Weidenfeller es uno de los mejores porteros de Alemania —que no ha podido llegar a la Mannschaft por su tardío florecer—, que Sven Bender tiene un asombroso parecido futbolístico, salvando las distancias, con Sergio Busquets, o que uno de los ojitos derechos del irreverente técnico de Stuttgart es un chico al que un terrible trauma durante su infancia le obligó a ser hombre antes que niño.

A Blaszczykowski le gusta que sus amigos y sus compañeros de vestuario le llamen ‘Kuba’, un diminutivo de Jakub, su nombre de pila. El chico rubio que ostenta el dudoso honor de tener el apellido más complicado de escribir del fútbol europeo —con permiso, cómo no, del húngaro Dzsudzsák— sonríe tímido cuando recuerda la pasada Eurocopa, que se celebró, conjuntamente, en Ucrania y Polonia, donde nació hace ya 27 años. Su mente le lleva, inevitablemente, a revivir el gol que le marcó a Rusia durante la fase de grupos y que significaba el 1-1 con el que Las Águilas Blancas mantenían sus esperanzas de clasificarse para cuartos. No pudo ser, pero, al menos, demostró a sus compatriotas que el brazalete de capitán estaba a buen recaudo en su brazo. A fin de cuentas, llegaba después de completar la mejor campaña de su carrera, pues la lesión que sufrió Götze en el otoño de 2011 puso a Kuba en la primera fila del escaparate borusser.

No obstante, verse junto a su amigo Lukas Piesczek levantando el Meisterschale que les acreditaba como campeones de Alemania a buen seguro que le produjo sensaciones encontradas. Apenas unos días antes de regar a Klopp con cerveza, como manda la tradición, y darse un baño de masas junto al resto de la plantilla en el Signal Iduna Park, Kuba había tenido que asistir al entierro de su padre, con el que no tenía relación desde hacía más de tres lustros. Pese a todo, no era él quien aparecía en su cabeza en un momento de tanta felicidad, sino Anna, su madre, el motor que impulsa a Blaszczykowski a levantarse y a seguir luchando cuando el destino le pone una zancadilla.

La vida en Czestochowa no era fácil. Cuando la URSS exhalaba su último suspiro y Lech Walesa y Karol Wojtyla se convertían en los embajadores que situaban a la nueva Polonia en el mapa de Europa, el pequeño Jakub tuvo que presenciar cómo su padre asesinaba a puñaladas a su madre, con la que seguía unido a través de un cordón umbilical afectivo. Así las cosas, con el primero entre rejas y la segunda tristemente malograda, a Kuba, que junto a su hermano fue criado por su abuela, sólo le quedó agarrarse a la fe cristiana que con tanto ahínco promulgó Juan Pablo II para intentar salir adelante y buscar un motivo por el que mereciera la pena seguir viviendo. Por suerte, el salvavidas que, en silencio, reclamaba llegó en forma de balón y botas.

Brazos que forman un ángulo de 90 grados con sus respectivos codos, dedos índices que apuntan hacia arriba y mirada que busca un hueco entre el cielo. El ritual no deja de repetirse cada vez que el pequeño interior del Borussia marca un gol y se lo dedica a la persona que la sinrazón le arrebató. Ni su mujer, Agata, ni su hija, Oliwia, podrán llenar nunca del todo el vacío con el que creció Baszczykowski, aunque mitigan su pesar. No en vano, abrazar a otra figura femenina como la Champions le acercaría a tocar el cielo y sentirse más cerca de ella.

23/04/2013

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