Helenio

helenio-1MARIO BECEDAS | Las profundidades de abril no tienen límite. Indagando entre amarillentos calendarios de otros lejanos y vetustos meses florales, uno se topa con misterios que le hacen tirar del hilo de Ariadna hasta el final del laberinto y llegar a espacios poco comunes en los que clavar la curiosidad. El segundo tercio del mes que nos poliniza se convierte en la única certeza que rodea al nacimiento del hombre con más flor y oficio que ha habido en el faunístico fútbol. Sus padres pudieron llamarle Narciso por lo que trajeron décadas posteriores, pero, a pesar de florecer en primavera, se quedó con el nombre de pila del brote más otoñal. Es Helenio Herrera.

“Me llamo Helenio Herrera y la gente de prensa me conoce por H. H. Vine al mundo en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Mis padres eran andaluces y pobres. Sus tres primeros hijos habían muerto de niños en Sevilla. Emigraron a Argentina tratando de huir de la miseria y pronto comprendieron que la miseria había viajado con ellos”. Ese es el comienzo de la biografía del gran míster que escribió medio siglo después el que fuera su hijastro, Gonzalo Suárez, mito de las buenas formas y autor bajo seudónimo de ‘Yo. Memorias de Helenio Herrera’, título muy revelador. Aunque sólo fuese a nivel testimonial, el origen lunfardo de tango y arrabal con reminiscencias italianas, que luego volverían para toda la eternidad, siempre quedó marcado en las secas facciones del primer entrenador mediático que abrazó Europa.

Quizá esa genuinidad argentina de granuja de barrio bajo con sombrero calado y tamangos rotos con los que espantar a los perros vagabundos fue lo que conformó el ADN del futuro ‘Mago‘. Una picaresca que ya quedó reflejada con tinta invisible en una partida de nacimiento que el coach deformó, sistemáticamente, como su impávida y chinesca mueca. La confusión de fechas, de abriles y de años era el rasgo perfecto para este enjuto oriundo de ninguna parte cuya primera referencia a su madre en sus memorias la saca del fajín con el navío asomando la proa en lo que después fuera Marruecos: “En la cubierta de un barco me llevaron a Casablanca. Al desembarcar, mi madre, que pesaba 100 kilos, se cayó al agua. En vez de sacarla, los moros se pusieron a discutir con mi padre el precio. Previo pago, el susto quedó en remojón”.

Criarse como un Humphrey Bogart en el glamuroso Morocco de zoco e infusiones le sirvió al espigado futbolero para hacer el camino inverso que Gardel y convertirse en argentino errante por casualidad con destino a Francia, donde, tras una guerra que dejó tocado a Albert Camus, recaló en un equipo que por caprichos del destino se llamaba Puteaux. La flor del helenio sacó a relucir su amarillo y brillante color. El paso de jugador a entrenador hacía presagiar lustros de champagne. Las siguientes estafetas fueron ya obligadas y, cruzando los Pirineos, el hombre que amargamente se quedó sin disputar una Copa del Mundo con el gallo bleu, iniciaba con adarga antigua su periplo quijotesco por la Península, que no ínsula, de Barataria.

Valladolid, Atlético de Madrid, Málaga… Así hasta el culmen, un Barça en el que ya Kubala se arrancaba mechones para estar más calvo que Di Stéfano. En este viaje por lo más lozano de nuestra imperecedera geografia, Helenio fue el mejor precedente de la sadina cabeza que nubla por semanas al Madrid. Herrera fue haciendo amigos por los campos españoles con su retahíla de sentencias y boutades que hubieran hecho brillar los ojos del más diletante Bilardo en los albores de su carrera. “Ganaremos sin bajar del autobús” se convirtió en un clásico que no ha podido faltar en cada domingo de quiniela y transistor. Calentar al personal en la siempre hirviendo Sevilla le sirvió para desgañitar a la parroquia de Nervión y aconsejar a sus jugadores que aprovechasen el desgaste para salir al campo y ganar a los peces del Guadalquivir. HH, como ya se le empezaba a llamar, hasta se permitió el lujo de casarse con una guapa española con la que no recogería las maletas en Italia, el destino anhelado y al fin logrado. La cumbre del Olimpo.

En un país de la bota seducido en los sesenta por Sophia Loren y con camisetas ajustadas y recortados bigotes, ‘El Fisura’, como también se le conoció en los años mozos, inventó como si nada el catenaccio para ganar dos Copas de Europa con el Inter de Milán, dictar sus memorias y ligar sin querer para luego desposarse con una bellísima periodista. Hat-trick de Helenio. Todo sin doblar el codo sobre la mesa de las cafeterías cercanas al Duomo y con una mano metida en el bolsillo de la americana. Si un lema grabó el desgarbado y polémico preparador en su estancia milanesa fue el de “se juega mejor con diez que con once”. Una pena que Florentino Pérez fuera aún tan pequeño.

Y de este modo, dirigiendo a una constelación neroazzurra de estrellas como Luis Suárez o un exuberante Giacinto Facchetti, Helenio demostró a todo el mundo que un equipo podía ganar siendo resultadista, vigilando las dietas de los jugadores o haciéndoles jugar sin saber que el padre de uno de ellos había fallecido para notificárselo una vez concluido el encuentro. Un psicólogo al que denominaban filósofo; casi lo mismito que le pasó a Nietzsche. El hijo de aquellos pobres emigrantes andaluces se convertía en Maquiavelo de fútbol a cada patadón al cuero. Así es como se forjó la leyenda del primer míster del fútbol moderno que hemos tenido. El argentino que nunca lo fue, el francés que nunca pudo preceder a Zidane, el español escuálido que sólo lo era en la sangre y el italiano que sin nacerlo, inventó el Calcio.

19/04/2013

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s