Brasil 2014: ¿El Mundial de la inseguridad?

Fortaleza - arenaÁLVARO MÉNDEZ | Río de Janeiro, 16 de julio de 1950. Más de 200.000 espectadores abarrotan el coliseo de Maracaná antes de la gran final del Mundial. La Brasil de Ademir y Chico llega a la gran cita tras haber desplegado un fútbol mágico, vertiginoso y apabullante. Decenas de miles de gargantas han funcionado a la perfección como la gasolina de una blanca apisonadora que no ha dejado títere con cabeza en las tres semanas de torneo. Enfrente, una Uruguay que arroja más dudas que certidumbres. La Copa no se puede escapar. Friaça adelanta a la Seleçao con un punterazo raso imposible para Máspoli. Petardos y fuegos artificiales resuenan en el graderío como si todo hubiese quedado visto para sentencia. Pero Schiaffino y Ghiggia dan la vuelta al marcador en poco más de 10 minutos. Rabia. Desolación. Silencio.

El célebre ‘Maracanazo’ quedó escrito con fuego y sangre en la única página negra del exitoso libro de la historia balompédica de la, a partir de entonces, verdeamarelha. La traumática derrota hizo llorar a toda una nación que destronó por siempre el maldito color blanco de su uniforme. Pero la esperanza volvió al país de la samba cuando se supo que Brasil organizaría el Mundial en 2014. Todo fueron elogios y felicitaciones para la preparación de un carnaval futbolero que tendrá una única obsesión: la redención. “A los brasileños nos gustan los desafíos y pueden estar seguros de que estamos preparados para que el Mundial de 2014 sea tan espectacular como lo ha sido el de Sudáfrica”, explicó el propio Lula da Silva durante la presentación del logotipo oficial.

Nadie duda que Brasil es ya una potencia plenamente emergida. En sólo tres años acogerá la Copa Confederaciones, el Mundial y los Juegos Olímpicos de 2016. ¿Está preparado para ello? Nada debería ser imposible para la sexta economía del mundo y una clase política y empresarial que se volcará en cuerpo y alma en los tres eventos. Sólo las preocupantes tasas de criminalidad, desigualdad y narcotráfico podrían poner en jaque el buen desarrollo de las competiciones.

La semana pasada volvieron a saltar todas las alarmas. El domingo se celebraba en el Arena Castelão de Fortaleza el partido fratricida entre los dos equipos antagónicos de la ciudad: Ceará Sporting Club y Fortaleza Esporte Club. Las autoridades locales se plantearon el derbi como una prueba de fuego antes de los duelos de la Copa Confederaciones que se disputarán en junio en el mismo escenario. Horas antes del pitido inicial, las fuerzas de seguridad llevaron a cabo redadas en los aledaños del coliseo interrogando y cacheando a los aficionados. Un dispositivo de seguridad a imagen y semejanza de lo que requieren las grandes citas internacionales. Pero la fatalidad volvió a hacer acto de presencia en el momento clave. Dos seguidores del Ceará fueron abatidos a tiros por hinchas rivales de camino al estadio y murieron en el acto. Además, otras 180 personas fueron detenidas por delitos de vandalismo y desorden público.

¿Hay tiempo para hacer desaparecer la inseguridad que sigue sufriendo Brasil? “Lamentamos lo ocurrido, pero la Policía y el Ejército están llevando a cabo un excelente trabajo en materia de seguridad. No hay nada que temer”, explicó Tiago Paes, uno de los miembros de evaluación de la Copa del Mundo que asistió al encuentro. La organización, además, podrá valorar otros diez eventos en el mismo Arena Castelão antes de verano para corregir las disfunciones que se han cobrado la vida de dos personas.

En su momento, los fantasmas de la violencia y la inseguridad también planearon sobre el Mundial de Sudáfrica y resultó ser un campeonato memorable. Al fin y al cabo, el balón ha de rodar independientemente de la existencia de bárbaros y salvajes. Para ellos, roja y expulsión. Para el resto, la gloria. Si el fútbol es el deporte rey es debido a que bajo su corona caben todos sin excepción, sin tener en cuenta el color de la piel o el dinero que entre en sus bolsillos. Fútbol y nada más.

18/04/2013

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