Las invasiones bávaras

guardiolaMARIO BECEDAS | Pensaba uno para sí que la herencia era eso de los hermanos ya casados partiendo sobre la mesa del pueblo los cuatro corrales del abuelo y cubriéndose a machetazos para saber quién se llevaba la radio antigua que posaba sobre el chinero. Con la madurez precoz se llega a aprender que el grueso de la cosa hereditaria son amargos y venenosos papeles, asesina burocracia. Todo hasta un día en el que abre el telón la seráfica casta política y, como con casi todo en este país, se apropia indebidamente del concepto.

Aunque siempre han guardado sus similitudes y ahora todavía más, con el pueblo pidiendo cabezas y guillotinas en Sol, como desde antaño han hecho cada domingo miles de Robespierre en dirección a los palcos de la península, en el fútbol impera un concepto más poético de la Justicia. Las imputaciones se hacen con pañuelos en la mano, así como las sentencias, que ven la luz a través de pulgares invertidos, muy lejos de los autos del laberinto del Minotauro en el que anda metido el bregado juez Castro.

La diferencia entre el alfombrado anfiteatro de madera y los verdes coliseos es una cuestión sólo de tiempo. De Rolex y videomarcadores. El linchamiento aparece mucho más rápido en los graderíos futboleros, donde salvo honrosas excepciones, se está cogiendo la hispánica costumbre de no dimitir. En uno y otro caso, los resultados marcan el veredicto del gentío. Si bien es cierto que en el fútbol los directivos acuden presto al “hágase la voluntad popular” que clamaba Espartero por los balcones, mientras que en el terreno de la nomenclatura dirigente, la voluntad Popular parece alejada del clamor de la turba.

Si en algo coinciden es en el achaque de culpas. En un mundo en el que Whatsapp tiene la última palabra y la última hora, las excusas se convierten en un modo de supervivencia social. Más que antes, aunque no lo parezca. Una de las favoritas que hemos oído en cada Telediario entre sopa y recorte, es la de la “herencia recibida”. Lo dicen los de ahora, lo dijeron los de antes. Nos hemos criado con el Maura sí, Maura no”. Pero al final, ni rojo ni azul. La cuestión es que el reproche al gabinete anterior se convierte en la maniobra ejecutiva clave a la hora de justificar. En la esfera política del fútbol puede darse el caso, pero bajando las escaleras al foro, el pliego de descargos se disuelve.

Viendo como un frágil Barça de porcelana se deja apabullar por parisinos sin boina nacidos en el vasto Brasil y excusando el cataclismo de la enfermedad, el respetable fijará con desconfianza la atención sobre un Tito Vilanova al que se le ha descosido entre las manos el lujoso vestido de noche con hilos sueltos que le dieron. Situación que provoca una incomodidad tremenda en cada baile de Champions y copetín en el salón blaugrana. El pírrico valor de las victorias en el coto de una Liga bipolar no disimula el mascullar más temido. La herencia recibida del augusto Pep Guardiola hace aguas antes de que la sangre desemboque en el río.

Al otro lado de Europa está el propio fenecido y semienterrado culé, reencarnado en hirsuto muniqués y profeta con una de sus últimas voluntades no cumplidas que ha explotado entre los herederos con la forma de Cesc, antaño falso 9 y actual falso jugador. Lo que se puede imaginar Pep sin despegarse del televisor es que se va a encontrar el mismo percal en cuanto bese la hierba teutona. Un imperio latente tras los puntiagudos coloretes de Heynckes que a día de hoy aspira a todo y un listón muy alto para empezar a trabajar. Si en política la herencia recibida rebosa cicuta por lo malo, en el fútbol es por lo bueno. Para el de Santdepor el riesgo de no ganar nada será una película de terror con más rombos que el escudo del Bayern.

Por contra, al golpe del trote marcial que nos impone Merkel, la solución para la raída España pasa porque el minucioso míster no encuentre el lúpulo ideal para hacer la cerveza perfecta, porque de lo contrario el puño tudesco puede llevarse por delante al brío ibérico, una venganza que desean desde que el Niño se pusiera quiropráctico con Lahm. Es curioso el comienzo y el fin de los imperios. Sólo que, en contraste con la vieja Historia, antes los emperadores no se traspasaban y no daban ruedas de prensa. Ahora se puede dar el paradójico caso de que el imperio Barça que forjó Pep se venga abajo como el romano con un Tito a la cabeza, muy propio por cierto, debido a las invasiones no bárbaras, sino bávaras en aqueste particular. Un pueblo en alza, este último, cuyo peligro radica en figurar en el testamento. Guardiola no sabe aún qué herencia ha firmado.

12/04/2013

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