Zlatan busca su sitio

zlatan_ibrahimovic_1_recortadoSERGIO MENÉNDEZ | Un bullicio se iba haciendo por momentos dueño y señor del ambiente en el patio de cuadrillas del Parque de los Príncipes. Era lunes, 1 de abril. Habían pasado ya varias fechas desde el comienzo de la primavera, pero el día, la semana y el mes arrancaban fríos en la capital vecina. Un ligero aumento de la temperatura no vendría mal a nadie. Y menos con tan propicia ocasión. La víspera del encuentro de ida de cuartos de final de la Champions League entre el conjunto local y el Fútbol Club Barcelona, tarde de gloria donde las haya, deparaba a los periodistas convocados en la sala de prensa del estadio un sugerente preludio.

Refugiados tras los blocs de notas y las lentes de sus cámaras, como si de auténticos burladeros se tratasen, no veían la hora de que el toril se abriera y así confirmar los rumores que circulaban por el callejón. En esas estaban, tensión irrespirable, cuando la puerta comenzó a entornarse. Pronto se vio emerger de entre la negrura el imponente hocico del ejemplar. Un morlaco de 192 centímetros de envergadura y 84 kilos de peso, adquirido el año pasado por la ganadería francesa del Paris Saint-Germain a una squadra lombarda, saltaba al ruedo con una actitud tan preclara como expectante. Su nombre, Zlatan, más conocido en el mundillo por ‘Nibo, ‘El Gigante Zíngaro, ‘Ibracadabra o, sencillamente, ‘Ibra. Zlatan Ibrahimovic.

Tras los primeros capotazos de rigor, desde una de las tribunas cercana a la presidencia, la orquesta hizo sonar clarines y timbales para anunciar el cambio de tercio. Tocan varas. Micrófono en ristre, un aventurado redactor de deportes se aproxima cuidadosamente al astado y sólo cuando se produce contacto visual entre ambos, lanza su pulla. Sabedor del elevado concepto que el delantero sueco tiene de su persona, saca a colación al considerado hoy por la práctica totalidad de los mortales como el mejor jugador que jamás ha pisado los alberos de hierba y cal. Directa a la cruz, a priori certera, todo hacía pensar que la punta se hundiría en las carnes del delantero, espoleándolo, haciéndole entrar al trapo, provocando una respuesta que a uno le permitiera reafirmar su total y absoluta superioridad en el reino del fútbol, y al otro ganarse un señor titular para la portada del día siguiente. El acero, en contra de lo que cabía esperar, pinchó en hueso. No tanto por falta de ingenio en su reacción, que sí la hubo, sino más bien por el tono condescendiente de sus palabras, al que tan poco acostumbrados nos tenía hasta entonces: “El Balón de Oro debería llevar el nombre de Messi”. Insólito.

Definitivamente, algo se mueve en Zlatan. Ya no parece el muchacho egoísta, arrogante y problemático que referían sus compañeros del Malmö, el club con el que debutó como profesional. Tres kilómetros separaban los campos de entrenamiento de Rosengård, el barrio donde vivía junto a su padre bosnio, a sólo unas manzanas de casa de su madre croata. Tanto llovía en Suecia, tal cantidad de charcos se formaban en el trayecto, que a fuerza de verse constantemente reflejado en el agua, terminó enamorándose de sí mismo. Una versión de moderna del efebo Narciso, que desde entonces empezó a poner los medios necesarios para conseguir que su primer par de sueños se vieran cumplidos algún día: jugar en el Inter de su idolatrado Ronaldo y comprarse un Lamborghini Diablo en lila metalizado.

El primero de estos objetivos lo logró previo paso por el Ajax y la Juventus. Pero después de tres campañas en la disciplina nerazzurri le había llegado el turno de revisar sus metas. Quería ser el ‘número 1’, y no parecía existir mejor sitio que el Barcelona para conseguirlo. Ibra, sin embargo, no contaba con alguien capaz de hacerle sombra, pero lo halló en el joven Lionel, fue yendo de más a menos y, al final de temporada, abandonó la ciudad condal ridiculizando la afición de Guardiola por la vida contemplativa. Otras dos temporadas en el Milán compartiendo protagonismo y vestuario con los Pirlo, Pato, Robinho o Boateng, hasta que la ciudad de la luz le brindó la oportunidad de ejercer el mismo papel de líder que venía llevando a cabo desde siempre en la selección nacional sueca.

Bajo la batuta de Carlo Ancelotti y rodeado de una orquesta que toca para su lucimiento, Ibrahimovic parece haber encontrado por fin la paz. Ya ni tan siquiera contesta a las provocaciones de Joey Barton cuando se burla del tamaño de su nariz, gesto que bien le hubiese valido una patada de taekwondo estilo Cassano, pero esta vez de verdad. Hasta tal punto es así que desde el pasado diciembre, tras el espectacular a la par que lejano gol de chilena que anotó en un partido amistoso frente a Inglaterra, el diccionario sueco ha tenido a bien incluir entre sus páginas el verbo zlatanear como sinónimo de “dominar con fuerza”. Cualquiera puede hacerlo sobre el papel. Otra cosa es trasladarlo al campo. Veremos de qué es capaz esta noche “el chico de oro”.

10/04/2013

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