Marca España

fabriMARIO BECEDAS | En la hoja volandera con letras rojas en que parece convertirse por semanas nuestra augusta patria, rara es la mañana que no busquemos remiendo al jubón roto que tanto frío nos hace pasar en este invierno interminable. Mientras la Champions va deshojando la margarita anual, a noventaitantos de enero de 2013, hordas de españolitos siguen empaquetando la maleta de cartón en busca de un apasionante ‘Erasmus’ laboral allende los mares y los aviones low cost. El fenómeno que tanto abundaba entre la procelosa juventud, pronto se expandió a los treinteros con criatura y ya ha sido un boom entre el gremio más alocado que puede reconocer la Tesorería de la Seguridad Social, el de entrenador de fútbol.

La duda corroe a diario nuestras atávicas mentes pensando en si el éxodo de preparadores del lujoso balompié hispánico hacia otros lares es una fuga de cerebros, una huida desesperada en busca de plato caliente y techo o, simplemente, la manera más digna de soltar el lastre en una Liga que se resiste a dejar de ser la niña más bonita a la vez que más empapelada del viejo continente. Hemos visto de todo. Desde un sofisticado Guardiola que ha provocado que los grandes clubes europeos alborotasen como la peor lonja mediterránea en subasta de su grave tiple, hasta otros perfiles con más cuajo pero menos elegancia que también han exportado la Marca España más allá de los Pirineos, pronto anegados de agua de cloaca.

Sería esto dar un carrusel de nombres sin sentido. Para acortar, sólo hay que mirar hacia abajo. ¿Quién está peor? Pues mandemos ahí a la mayor parte de nuestra mano de obra cualificada fraguada en las áreas técnicas de toda la península. Que Pep o unos desnortados Rafa Benítez y Luis Enrique no distraigan la atención. En las últimas calendas, los dioses del Olimpo heleno han visto más entrenadores españoles que Madrid y Barça juntos. Manolo Jiménez, el Txingurri Valverde o el soniquete Míchel. Pero hay un caso particular que aquí nos atañe: Fabriciano González Penelas, Fabri.

El veloz y picudo extremo que desbarató todos los laterales lucenses en los campanudos setenta se convirtió granito a granito en todo un veterano de los banquillos ibéricos hasta que dio el salto, no sabemos si deportando o deportado, a las líneas de Schengen. Y es que 27 equipos que llegó a dirigir en Iberia no son nada. Su corte de inspector Clouseau a la italiana, con su gabardina corta y negra, su pelo recto, lineal y uniforme, cortado con guadaña, y su mirada entre juguetona y marcial criaron fama devolviendo al Granada a la máxima categoría. La Alhambra lloraba en los infiernos desde que Fernández lesionara a Amancio y Aguirre Suárez partiese piernas en Primera. La Transición era un sueño aún no tan cercano.

De la mano de ese joven que se pierde las temporadas por trimestres, ya sea por lanzarle una Font Vella al colegiado como por lesión, el atribulado Dani Benítez y otros desgarbados muchachos, Fabri sorprendió a propios y extraños logrando que las abejas rojiblancas volviesen a colorear la competición. Sin embargo, el gatillo de los directivos futboleros de la España profunda es bastante fácil y tiende a encañonar con facilidad. Otra víctima de la crisis. El “eterno” Fabri se iba a la calle. A echar de menos sus niqueladas ruedas de prensa. Desde aquella tras el polémico motín, algarada o ascenso, que juzgue el pueblo, ante el Elche, donde aseguró que ellos sólo habían entrado a “robar las gallinas”, hasta esa otra, cumbre de la vida deportiva de este doloso país, en que declaró sentirse “denigrado como persona”.

Despejado el efluvio de ser ídolo de YouTube, Fabri recaló en otra chatarra de desguace, exponente ideal del museo de los horrores en que se ha convertido el fútbol español, el Racing de Santander. Mezclar en una batidora el patrocinio de unos chorizos, cárnicos, no se vayan a creer, con la presencia en junta de un gurú de los bidones llenos y las bicicletas vacías como Manolo Saiz, además de con Cúper y Lucas Alcaraz en pocos años, sólo podía desembocar en la estela perfecta del efecto Piterman, una defenestración para Fabri a la mejor altura de los verdes pastos nacionales. El pequeño periplo oscense sólo fue un affaire de grácil motel  de carretera secundaria. Para estar más cerca de la frontera, por si había que escapar.

Y en esas, cuando todo parecía perdido, sonó el móvil. Fabri desplegó la antena, bajó la tapa y se dispuso al aparato. No me negarán que le pega ese tipo de teléfono, de los tiempos de MoviLine. El Panathinaikos quería carne criada en la RFEF. El castigado equipo griego hizo honor a sus colores y demostró estar tan verde en el mercado como su Estado en las cosas de la deuda o la vida. La bomba no tardó en explotar. Rodeado de huelgas y cortes de luz, el míster de Lugo puso en cuestión la cantidad de “sangre” que recorría las venas de sus pupilos y la cuantía de “cojones” que le echaban al asunto. Despedido ha quedado esta misma semana con un récord absoluto en su haber, tres ceses en una misma temporada. Valoren los resultados. Fabri puede ser un buen ejemplo, no global pero sí concreto, de lo que la desgastada piel taurina está exportando al exterior. Habiendo quedado tan tenso y a la vez exánime, para relajarse, y mientras se le pasa el disgusto, nuestro protagonista siempre se puede dedicar a la caza del elefante.

05/04/2013

Foto: Marca.com

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