Drogba, el pacificador

DrogbaÁLVARO MÉNDEZ | Era la principal amenaza para el conjunto blanco. Delante, un Galatasaray montado en la lira turca, un equipo que a fuerza de talonario ha logrado reunir en su escuadra a nombres como Sneijder, Felipe Melo y Burak Yilmaz. Y, por supuesto, al tanque de delicado ébano que nos ocupa hoy. Ayer no brilló como se esperaba y quedó oscurecido por un Real Madrid estelar. Pero, a pesar de que la eliminatoria ha quedado prácticamente sentenciada, que a nadie le extrañe que entone el do de pecho en el partido de vuelta aunque sólo sea por dejar su sello. Así es Didier Drogba.

El marfileño siempre ha sabido jugar a ser un héroe. Desde sus complicados inicios en la Ligue 1 en Le Mans y Guingamp, Drogba tuvo que encontrar su lugar alejado de la madre patria. Si los éxitos no tardaron en llegar fue porque el bueno de Didier supo reconciliar su vida familiar con su actividad profesional. Su llegada al Olympique de Marsella no fue sino el preludio de lo que estaba por llegar. Tras una brillante temporada en la Costa Azul, en la que despuntó con 32 dianas, arribó a la gris y no siempre acogedora Londres, donde consiguió un puesto fijo en la delantera del Chelsea eclipsando a renombrados artilleros de la talla de Fernando Torres o Andriy Shevchenko. Rostro de la etapa dorada de The Blues, el ariete lideró la consecución de una Copa de Europa, tres Premier, cuatro FA Cups y dos Community Shields. Sus números al abrigo de Stamford Bridge hablan por sí solos: 157 goles en 342 partidos. Había nacido el mito. Su año de ‘Erasmus’ en China no fue sino un breve paréntesis antes de volver a Europa de la mano del Galatasaray. En la orilla oeste del Bósforo, Drogba volvió a su hábitat natural, la Champions League.

Si bien es cierto que El Elefante es sinónimo de gol, no hay que olvidar su papel fundamental en el devenir político y social de Costa de Marfil. Aunque tuvo que emigrar a Francia cuando apenas tenía cinco años debido a la grave crisis económica y a la conflictividad que asolaban su país natal, Drogba jamás cortó el metafórico cordón umbilical que le unía a su pueblo, a su gente. Y es que nadie mejor que él ejemplifica cómo funciona la vida al norte del Golfo de Guinea.

Mientras que Drogba se proclama católico, está casado con una mujer musulmana. A pesar de las diferencias de hecho que ello podría acarrear, el matrimonio jamás se ha visto afectado por sus respectivas creencias, siendo el vivo reflejo de la idílica reconciliación que a más de uno le gustaría vislumbrar en el centro del continente africano. Una vida privada intachable. Sin embargo, es su figura pública en Costa de Marfil a la cabeza de distintos proyectos humanitarios lo que brilla por encima de cualquier político o emisario de la ONU.

Muchos lo recordarán. Después de que el combinado de Costa de Marfil consiguiera la clasificación para el Mundial 2006 de Alemania, el propio Drogba apareció en televisión rodeado de sus compañeros de selección para pedir el fin de la sangrienta guerra civil que amenazaba con destruir el país. “Ciudadanos de Costa de Marfil, del norte, sur, este y oeste, os pedimos de rodillas que os perdonéis los unos a los otros. Un gran país como el nuestro no puede rendirse al caos”, imploró emocionado. Al año siguiente, presionó para que un encuentro clasificatorio para la Copa de África de ese año se disputara en territorio rebelde con el fin de que el fútbol silenciara el ruido de los disparos.

Y vaya si lo consiguió. Antes del partido, los ministros del Gobierno accedieron al estadio y, junto a los líderes rebeldes que dominaban la ciudad, cantaron el himno nacional. Histórico. Un país enfrentado en una guerra fratricida unido alrededor del balón. Por todo ello y por su papel vital como mediador en la reactivación del conflicto bélico que estalló cinco años más tarde, recibió el premio humanitario de Beyond Sport. El reconocimiento a su eficaz labor también llegó por parte del Gobierno, que le eligió incluso como integrante de la Comisión de la Verdad, Reconciliación y el Diálogo que intenta curar las heridas de la guerra en Costa de Marfil.

Referencia, sí. Goleador, también. Capitán, por descontado. Pero Didier Drogba es, si cabe, mucho más que todo lo anterior. Es el príncipe de la justicia, el embajador de la paz. Es el corazón de un país que intenta latir con más fuerza tras superar innumerables infartos belicosos causados por el odio y la sinrazón. La pausa y la cordura tan necesarias en política como en la vida misma.

04/04/2013

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