Pessoa y el Celtic

Lisbon LionsJULIÁN CARPINTERO | “Lo hicimos simplemente por jugar al fútbol. Puro, bonito, imaginativo”. No es frecuente que los héroes de una gesta futbolística reconozcan, trofeo de turno en mano, que su objetivo cuando empezó la competición en cuestión no era ganar, sino deleitar al público, dando a entender que la victoria ha sido una consecuencia derivada de la misión con la que partieron. Sin embargo, esas palabras que tanto pueden recordar al discurso que Del Bosque pronunció antes de la final del Mundial de 2010 en el que aludía al romanticismo de los Xavi, Casillas y compañía, salieron de la boca de un incrédulo Jock Stein con la noche lisboeta como testigo.

Cuando aún faltan por disputarse los partidos más importantes de la actual edición de la Champions League, Platini y su UEFA ya trabajan en la preparación de la de la próxima temporada. El balón de estrellas rodó del Allianz Arena a Wembley y saltará a Da Luz en 2014. La máxima competición continental vuelve, de esta forma, a la ciudad que la vio nacer aquel 4 de septiembre de 1955. Porque, en efecto, la villa del Rossio, los puentes imposibles y las estatuas a Magallanes albergó el primer partido de la Copa de Europa que diseñaron Gabriel Hanot y Jean Ferran —ambos, periodistas de L’Equipe— como si de la Fantine de “Los Miserables” se tratara. Fue un Sporting de Portugal-Partizán de Belgrado, que terminó 3-3 y que no se disputó ni en el José Alvalade, feudo actual de los verdiblancos, ni en Da Luz. El privilegio de haber visto asomar la cabeza del bebé lo tuvo el Estadio Nacional de Portugal, que, pegado a la Torre de Belém, también servía de faro para los barcos que llegaban de América. Allí, algo más de 30.000 personas vibraron aquella tarde con el gol con el que Martins evitaba la derrota de los leões. La gallina empezaba a poner huevos de oro.

No obstante, la relación de la capital lusa con la otrora Copa de Europa va más allá de la simpática anécdota de que el partido inaugural se jugara en el irregular suelo lisboeta, pues el otro gigante capitalino, el Benfica de Coluna, Anguas y Eusébio, fue capaz de levantarle dos ‘orejonas’ consecutivas a Barça (en la famosa ‘final de los postes’) y a Madrid en la década de los 60. Y, aunque es evidente que las águilas han perdido, desde la entrada en vigor de la Ley Bosman, el carácter ganador de aquellos años dorados, el cuadro rojiblanco es un fijo año a año en el sorteo de Zúrich.

Pese a todo, el romance más mágico que vivió la ciudad desde la que el Castelo de São Jorge vigila que el Tajo no se desvíe de su curso no tuvo como amante a ningún equipo lisboeta. En aquellos días de 1967 nadie dudaba que Facchetti, Sandrino Mazzola y su batallón de guerrilleros reanudarían el ciclo ganador que habían iniciado tres años antes y que tuvo como víctima, precisamente, al Benfica en la final de 1965. Sólo el Real Madrid de los yé-yé se había interpuesto en el camino de la pazza’ Inter de Helenio Herrena, el genio de la táctica que perfeccionó el ‘catenaccio’ de Viani y Rocco, en su camino de convertirse en el equipo dominante del Viejo Continente, por lo que su vuelta a una final de Copa de Europa parecía una garantía de éxito, más aún después de haberse tomado su ‘vendetta’ particular en Chamartín. En frente estaba la ‘Cenicienta’ de Glasgow, el Celtic, una escuadra con más pasado que presente que había eliminado a rivales de poca solera como lo eran el Nantes, la Vojvodina o el Dukla de Praga. La lógica y el sentido común, dos elementos tan característicos del pensamiento clásico italiano, no podían estar equivocados.

Pero el fútbol es el único deporte en el que no siempre gana el que es el mejor, en el que el factor humano se mezcla con el azar haciendo que pasen cosas impensables y en el que lo imposible se vuelve real. El gol a los seis minutos del hijo del fallecido Valentino hacía presagiar una final sencilla para HH y sus chicos. Lo esperado.

Sin embargo, aquel Celtic era diferente al resto de rivales a los que se había enfrentado el cuadro ‘nerazzurro’. Para empezar, no llevaba dorsal en sus camisetas y sólo las exigencias de la competición hicieron que el equipo católico por excelencia de Escocia se cosiera al pantalón los números distintivos. Además, en sus filas contaba con el que probablemente era el jugador más desequilibrante de Europa en aquel momento: Jimmy Jonhstone. Este pequeño pelirrojo que apenas superaba el metro y medio de estatura era un diablo que encaraba, aguantaba las tarascadas, conducía con el balón pegado a la bota y tenía más calidad en una uña de su pie derecho que Domenghini y Corso juntos. Así, no es de extrañar que guiados por la magia de Johnstone y con unos secundarios sacrificados y comprometidos, el equipo que entrenaba Jock Stein diera la vuelta al marcador con los goles de Gemmell y Chalmers en la segunda parte. Aquel triunfo significó la primera Copa de Europa que ganaba un equipo británico y bautizó como los ‘Lisbon Lions’ a un grupo de jugadores que sigue siendo eterno.

Y fue entonces cuando Jock Stein, el hombre calmado que dirigía al Celtic desde la banda, pronunció las palabras que daban magnitud a lo que acababan de conseguir. Tan solo tres años después, el Celtic de Johnstone repetiría final, esta vez ante el Feyenoord, pero con distinta suerte, pues no pudieron repetir un título que aún hoy se conserva como un tesoro en la planta noble de Celtic Park. Fernando Pessoa afirmó que “los viajes son los viajeros; lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos“. Y es que, para el Celtic, Lisboa siempre será Lisboa. No por su tranvía ni por sus plazas, pero sí por lo que allí fueron. Auténticos leones.

02/04/2013

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