Dios es cuervo

Papa Francisco San lorenzo de Almagro

FIRMA DE ÁNGEL GÓMEZ | No descubro nada si digo que hemos abandonado las iglesias por los estadios de fútbol. Tampoco si digo que los futbolistas son las deidades y las gradas son los bancos del templo desde donde los alabamos. Ni siquiera asombraría si dijera que el fútbol es la nueva religión. En cierto modo también puedo afirmar que todos los futboleros podemos resultar un tanto herejes. Lo estrambótico es declarar que el primero de los herejes es Dios.

Mi intención no es caer en un tema tan manido y ajado como el de argumentar por qué el fútbol se ha convertido en la pasión de las multitudes. Mi propósito es mucho más profano y no por ello menos interesante.

Todo ello empezó hace unos miles de años cuando Dios, deidad judeocristiana que en ese momento sólo era judeo, decidió reservar el mejor de los terrenos que había creado para proteger a la gente que más mimaba: el pueblo de Abraham. Pero como la tierra prometida debía de ser más chica que el campo del Rayo, los descendientes de Abraham no tuvieron más remedio que emigrar para ganarse un futuro mejor, con tan mala suerte que fueron esclavizados por los egipcios. Sin embargo, Dios no se quedó de brazos cruzados y llevó a cabo una serie de intervenciones un tanto sospechosas (una especie de ‘Villarato‘ en aquella época) para que regresaran a la tierra que nunca debían haber abandonado. Dios encomendó al más inteligente de ellos la misión del regreso. Éste se llamaba Moisés.

Erigieron un Templo donde realizaban sus rituales sagrados para dar gracias al Dios que los protegía, y convirtieron el lugar en destino de peregrinación. Sin embargo, llegaron los romanos y lo echaron todo abajo.

Más tarde, la Tierra Santa fue invadida por otros pueblos a los que los judíos, que así se hicieron llamar los descendientes de Abraham, no pudieron hacer frente. A pesar de su infortunio, se negaron a ser sometidos de nuevo para mantener su identidad, iniciando un periplo por todo el mundo en el que sin tener territorio lograron conservar la identidad de su nación. Pero en todos los lugares a los que llegaba el pueblo favorito de Dios, los echaban a patadas, por lo que su aventura no fue fácil. Quizás fuera esa condición de favoritismo lo que les perjudicaba. O quizás eran demasiado atorrantes para la consolidación de su propio estado.

La situación era complicada. Surgieron de este modo ciertas iniciativas para consolidar un lugar propio. Y la idea más coherente era regresar a la tierra que Dios les había reservado, bajo dominio inglés por aquel entonces.

Se llegó a una situación insostenible, ya que las persecuciones que sufrían aumentaron considerablemente con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. El exterminio masivo que padecieron obligó a la comunidad internacional a intervenir. Se acordó con los ingleses la recuperación del terreno que los pertenecía para refundar la nación judía. Así regresaron, al grito de “Soy del pueblo de Israel, y siempre lo voy a querer”, a la Tierra Santa, el lugar donde poder vivir con sus costumbres sin que nadie les molestara. Consiguieron la paz.

Sin embargo, cuando los descendientes de Abraham se las prometían felices al llegar a su tierra de origen, se encontraron con que el lugar había cambiado. Ya no era aquella tierra idílica que tanto añoraban. Estaba ocupada por otros pueblos que contaban con el permiso de su Dios para instalarse en aquel terreno. Y como los dioses no pierden el tiempo para esclarecer el enigma de quién debía asentarse definitivamente en ese preciado lugar, los pueblos se enzarzan periódicamente en alguna que otra guerra sin importancia. Todos creen que esa Tierra Santa les pertenece legítimamente.

Y ustedes, queridos lectores, llegados a este punto se preguntarán: “¿Pero qué narices tendrá que ver todo esto con Dios y el fútbol?”. No se apuren, muchachos. Estamos cerca de donde queremos llegar.

Una vez que los judíos regresaron a la Tierra prometida, Dios se cansó de este errante pueblo y los dejó, por suerte para ellos, en manos yanquis.

Sin embargo, Dios, aburrido, eligió otro pueblo para guiarlo sin caer en los errores que había cometido con los judíos. En este caso, un barrio: Almagro, en la ciudad de Buenos Aires. Llegados a este punto, diremos que el barrio era propicio para la historia que estamos narrando por dos motivos. En el barrio había pibes. Muchos pibes. Y un cura. Y ya sabemos todos lo que ocurre cuando hay muchos pibes y un cura: que el clérigo pone una cancha a los pibes para que jueguen al fútbol.

San Lorenzo de Almagro La gloriosa Boedo

La cosa fue que los pibes del barrio de Almagro tenían un equipo de fútbol. Se llamaban Los Forzosos de Almagro. Y la verdad es que ganaban todos los torneos de la época. El problema era que no tenían una cancha donde jugar y los vecinos se quejaban de los constantes pelotazos y cristales rotos. Lorenzo Massa, que así se llamaba el cura salesiano al que le gustaban los pibes futboleros, abrió el jardín de su oratorio para que los chicos jugaran sin molestar a los vecinos. A cambio, ellos debían ser sus monaguillos.

Pero a Massa no le agradaba el nombre del equipo. Les propuso a los chicos un cambio de nombre. Los chicos, agradecidos por lo que había hecho el cura con ellos, optaron por homenajearlo y pasaron a llamarse San Lorenzo. A este nombre le añadieron el del barrio de Almagro, para nunca olvidar sus orígenes. Al cura salesiano se le ocurrió la idea de que los colores de las camisas del equipo debían ser a bastones azules y granates, como los de la virgen María Auxiliadora.

Los ‘cuervos‘ (apelativo que se ganó San Lorenzo por la sinécdoque de la apariencia del cura fundador) poco a poco fueron agrandando su historia. De este modo, el oratorio se les quedó chico para albergar a todo el público que acudía a verlos jugar. El cura Lorenzo consiguió el arrendamiento de un terreno en la Avenida La Plata. Allí erigieron un estadio de madera al que llamaron Gasómetro.

Durante muchos años el estadio funcionó, convirtiéndose en el lugar central de los rituales sagrados todos los domingos. Pero San Lorenzo entró en problemas económicos y la Dictadura les afanó el Gasómetro para siempre.

Se inició así un largo periplo por distintos estadios del área metropolitana. San Lorenzo seguía existiendo, pero no tenía un lugar donde hacer de local. Sin tener cancha propia consiguieron mantener la identidad del club.

La situación era complicada. Sufrieron la expulsión de la Primera división, lo que provocó el éxodo de muchos de sus jugadores. Debieron apelar a su característica creatividad financiera para poder sostenerse. Fue invento de ellos la publicidad en las camisetas, que generó un ingreso, al mismo tiempo que el pueblo de San Lorenzo, unido, conseguía la esperada readmisión a la máxima categoría.

Se construyó un nuevo estadio en un barrio cercano para alegría de todos los cuervos dejando atrás todas las penurias vividas. Pero el nuevo estadio pronto se vio insuficiente para los exigentes rituales que realizaban. La situación se convirtió en insostenible cuando el equipo sufrió la penitencia de ser entrenado por Ricardo Caruso Lombardi. De este modo surgieron iniciativas para volver al barrio que nunca debían haber abandonado (llamado ahora Boedo), recuperar el emplazamiento donde estaba el oratorio del cura Lorenzo y los terrenos de la Avenida La Plata. Sin embargo, los terrenos estaban bajo dominio francés con una bandera que rezaba en grande ‘Carrefour’.

Dios, que había aprendido la lección con su primer pueblo, consideró que debía actuar para que San Lorenzo de Almagro regresara a la tierra de sus orígenes. Para ello eligió a los dos hinchas más eminentes que tenía el club. Por un lado, enmendó la misión al productor televisivo Marcelo Tinelli para que pusiera la guita. Y por otro lado, lo que evidencia el carácter mimético de mi relato, nombró Papa a Jorge Mario Bergoglio para que lleve los colores azulgranas de la virgen María Auxiliadora por todo el mundo.

Los cuervos, al grito de “Soy del barrio de Boedo, y siempre lo voy a seguir”, esperan regresar a su Tierra prometida con la ayuda del Dios que les protege, porque todos sabemos que Dios descansó el séptimo día para ver a su glorioso San Lorenzo de Almagro. Así que, no me jodan los que afirman que los futboleros somos gente desdeñable, inculta, violenta, herética, porque Dios es el más fanático de todos los futboleros. Y es hincha de San Lorenzo de Almagro.

31/03/2013

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