El vómito de Dios

messi-bolMARIO BECEDAS | Nos cuenta la mitología andina que en las tierras bolivianas se practica el culto soberano a la diosa tutelar Pachamama, madre tierra para los amigos, a quien sus incaicos descendientes colman de ofrendas para ahuyentar a los espíritus maléficos de la época seca y con el fin último de obtener buenas cosechas. Póngase en este pintado caso que la cosecha ha de ser futbolística y que los vástagos a los que Bolívar dio nombre para nación querían expulsar a los bravíos y a la vez lacónicos porteños de su vasta cordillera. 

La conjura no se hizo esperar, y cuando los primeros acordes de bandoneón, el arma del tango, asomaron por la cima de La Paz, el efluvio de la diosa madre imitó a aquel de Moctezuma que se les apareció a los valientes del Mundial mexicano del 70. Mucho se ha escrito sobre el famoso mal de altura. La cosa es que disputar un partido profesional a un terceto de kilómetros sobre el nivel del mar descompone hasta a los atletas con más pulmón. Las consecuencias se asemejan a echar una pachanga dominguera con mayestática resaca: dolor de espinillazos y un sudor venenoso. Aquí la FIFA y la CONMEBOL impiden la aparición de sangre, algo que no se puede evitar en nuestro ámbito amateur.

A pesar de ir en cabeza de la clasificación, trastabillado en aconteceres está siendo el camino de Argentina para llegar al Campeonato del Mundo que celebrará su histórico y verdeamarelho archienemigo; quien, a la batuta de Scolari y puesto ya en el bombo por organizador, está más preocupado de tangar al Barça con su gallo Neymar que de las peripecias que se han de atravesar por toda Latinoamérica para llegar a la terna final.

Pocos días ha que, en esta ya expirante semana premundialera, la Argentina se plantó en la ciudad más conocida de Bolivia (la capital es Sucre, ojo) para jugarse los oros contra el combinado nacional de Evo Morales. Un auténtico calvario, a pesar de que no hubo métodos del todo reprochables. Los jóvenes verdes no fueron tan expeditivos como su bolivariano presidente en la práctica del balompié. Véase cuando demacró la entrepierna a un rival en un balón parado. Las pachangas y la sangre…

di-maria

A tanta altura las conciencias se pierden y el cuerpo sufre. Los poderes de Pachamama se introducen por los poros de la piel y el oxígeno se convierte en viejo compañero de pasadas farras. El fideo Di María tuvo que pedir el preciado gas de bote, ya que se quedó sin aire. Iba camino de espagueti. Como atribulado capitán que odia serlo, Messi se acordó de todo el retablo familiar de Maradona al verse sacando a la albiceleste adelante con el 10 a la espalda y todos los clarines apuntándole, no como en los fáciles tiempos del Dios. Disputar la pelota a la latitud de las llamas, simpático animal para el también capitán Haddock, no se correspondía con la suave brisa mediterránea de las tranquilas mañanas de Serrat por las playas barcelonesas.

Antes de acabar el partido, que finalizó en un duro empate como cese de hostilidades, y de que Evo Morales solicitara el autógrafo al pequeño culé, el sempiterno Balón de Oro evacuó en el descanso del choque todos los males de su actual escalafón. Dicen que la descarga fue en el retrete y por vía bucal. No era ese el orificio del que se hablaba en las Olimpiadas de México, pero quizá en este caso los nervios también jugaron su papel, facilitando que el mal saliera por donde las palabras, pocas en el caso del parco rosarino. Efectos de la altura han titulado los rotativos, no sabemos si de la del Estadio Hernando Siles o de la de comandar a un combinado que no es el mismo desde que manipuló el agua de Branco.

Y es que cargar con el brazalete de La Plata y con toda la Pampa en la chepa provoca que el muchachito de otro planeta que vino a jugar al fútbol entre los mortales soporte un peso que no le corresponde. Los tiempos del Diego llamando “hijos de puta” a los italianos que pitaban su himno en aquella inolvidable final del 90; sí, el torneo de Bilardo y el agua ‘bendecida’, que no bendita, ya han pasado. Los paisanos de la de Kirchner y Bergoglio se han quedado recordando un pasado que no vuelve. Craso y atractivo error de la vida. Pero el tiempo se agotó. Mirando a Copacabana, los ‘pelotudos’ deben reinventarse para llegar a casa del enemigo y cortarle la cresta al gallo. De lo contrario, y de forma inevitable, la selección de ‘la mano de Dios’ pasará a ser la del ‘vómito de Dios’, si no lo es ya.

29/03/2013

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