De Gea, de caballero de la Mancha a ‘gentleman’ inglés

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DAVID LÓPEZ PALOMO | Guarda el semblante serio que le vio crecer en tierra de molinos, siempre con agreste simpatía, pero sin demasiados efluvios. Leal cual Sancho e idealista cual Quijano, comparte el enjuto rostro, la complexión recia y la sequedad de carnes con el caballero de La Mancha. No importa que el parto fuese en Madrid hace ya 22 años. La genética le invitó a dar sus primeros pasos en Illescas, Toledo, sin que supiera del peligro que conlleva echar raíces en una tierra que sólo Cervantes ha valorado con justa equidad y que, a la larga, no fue sino el comienzo de una historia que está por escribir. Aunque, en este caso, la escuela de Casarrubuelos aparezca en el primer capítulo de la biografía del chico que dejó de ser colchonero para convertirse en ‘diablo‘. Siempre refugiado en esa mirada perdida que en ocasiones tiende a la distracción y a la controversia, muy propia de los que crecen más de la cuenta. A menudo firmes, reflexivos y calculadores, a la par que demasiado tranquilos para el resto de los mortales. Lo que puede suponer una ventaja o un inconveniente si se habita en la tierra de los Sir.

No obstante, aquel atuendo de lanza en astillero, adarga antigua y olla de algo más vaca que carnero que le erigió en caballero en el Atlético de Madrid costó lo suyo desde la primera línea. Aquella que le dejó sin jugar un año por problemas de crecimiento cuando acababa de entrar a formar parte de la familia rojiblanca. Cuando el estirón, le llegó demasiado pronto al novato, y los dolores no eran fruto de la justa sino del recelo de las artes oscuras. Sin embargo, Diego Garrido –preparador de porteros de las categorías inferiores– apostó por aquel chaval que tenía percha de portero y pinta de bobby si se miraba su cabellera. Acabó, aquel hombre de la casa, por convencerle de que las astillas que la vida tiende a clavar, a menudo, permiten al corazón crecer en consistencia. Hacen de la responsabilidad un reto en detrimento del miedo y el temblor. Permiten que en determinados chances, como el que le permite sustituir a Casillas en la Selección,  las piernas no le bailen a lo Billy Elliot en sus comienzos.

Hasta aquí el primer capítulo de una carrera que maduró ‘little by little’. Subiendo la llanura sin lanza, pero con un buen escudo. Reclamando la gloria en competiciones internacionales. Aclamado por la sub 17, que le convocó para el Europeo, su primer gran molino y su primera victoria, en forma de oro junto a otros cuantos valientes. No fue así en el Mundial de la misma categoría, donde sólo supo de la plata. Quizá el gesto inequívoco de lo que es la vida, que da cosas para quitarlas y hace ajenas las decisiones que pueden cambiar el curso de cualquier relato. Como lo cambió aquel día en Oporto, cuando Roberto se lesionó y tuvo que entrar de urgencia. O su primer partido en el Calderón, delante de su Dulcinea, cuando el penalti que provoca lo para con posterioridad. ¿Suerte? Quizá la de los que son elegidos para pocos meses después ganar la Europa League y perder la Copa del Rey. Esas dos realidades de las que hablábamos. La vida, en definitiva.

Esa dualidad es la que decide quién nace para ser Quijote y quién para ser Sancho. Quién se conforma con ser un caballero Atlético y quién un gentleman de Manchester. Ambos clubes históricos, pero distintos. El primero ayuda a volar, pero no a llegar a la luna; el segundo habita en el firmamento y sabe lo que es tocar las estrellas. Un supuesto que ayuda a comprender la decisión de De Gea, que abandonó a la siempre cariñosa y atenta Dulcinea por una de esas mujeres a las que no se les puede negar nada, sobre todo cuando, provocativa y vestida con su mejor lencería, te promete continuidad. No te ofrece una noche, sino que te sugiere la eternidad. Y ante eso, no se puede hacer nada.

Fue el final del primer libro y el comienzo del segundo. Sólo con 20 años, la cruda realidad del dinero convenció al Atlético de que el mejor camino para ambos era dejar su relación por el módico precio de 20 millones de euros. Tocaba marcar distancia y mirar al mar, como lo hizo Alonso Quijano. Tocaba dejar morir una parte del relato para continuar más adelante, siempre ajenos a Avellaneda. El Teatro de los Sueños no invita a imitaciones y la Selección tampoco. Son dos plazas demasiado importantes que no conviene falsear. No obstante, la primera, la de Manchester, ya la domina, aunque la eliminación a manos del Real Madrid haya retrasado su ascensión; en la segunda necesita del permiso de Valdés, quizá la llave que le cierra ahora las puertas y que se las puede abrir, con su salida del Barça, más adelante. ¿Conformismo o idealismo? Es difícil acertar si otra nueva mujer se cruzará en su camino. Total, el chaval tiene 22 años y sabe idiomas, qué abuela no lo querría para su nieta. ¿O no, Del Bosque?

25/03/13

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