Primavera

AbidalMARIO BECEDAS | Cuesta salir del frío letargo. Las garras de un invierno gris y triste como el que nos tiene que dejar purgan el alma hasta que no queda nada. Todo lo bueno y lo malo permanece encerrado bajo llave a la espera de que marzo dicte sentencia. Cuando la gélida cortina aún no se ha marchado, pero las tardes empiezan a ser de color naranja, sale hacia fuera todo lo sembrado a lo largo del barbecho.

Todavía no había soltado su lágrima anual el inmortal lienzo de Botticelli cuando un 15 de marzo de 2011 el dolor se anticipaba a la primavera. Nadie se explica nunca por qué pasan estas cosas. Los malos hábitos de vida, el estrés. Una mala alimentación. Los microondas. Las células se equivocaron. Chocaron unas contra otras más rápido de lo debido. Éric Abidal, en su mejor momento como jugador del Barça, tenía un tumor poco fácil. El hígado asimila la felicidad, pero se deshace vertiginosamente. Se parece al corazón.

Quizá en el caso del ídolo de ébano culé esa semejanza actuó de vaso comunicante. La salud que le faltó en la víscera baja fue la que acumuló en la más alta. Del quirófano a levantar una Copa de Europa sólo transcurrió una amarga primavera. Le costó a un servidor asimilar un tuit propio de cuando febrero besaba el ocaso pero aún no había sacado el puñal pidiendo el Balón de Oro para Abidal. Más hirió la rasgada cuando aterrizando de un desgarrador México, ya arañándose con un afilado marzo, el comunicado oficial del club cortó la respiración.

Llegó el vendaval de Clásicos. España se volvía a partir en dos. Como siempre. Reapareció el hombre luchador, el esfuerzo continuado. La superación, las ganas de vivir. ¿Quién puede decir que ha marcado gol antes y después de un tumor? El balón de la final de Wembley se nos quedó a muchos en la garganta cuando Puyol le dio las orejas de plata al descendiente de Martinica. El invierno arrastró la vieja calma chicha. El preludio de la tragedia. El eco sordo de los días feos. Cuando las hojas de los calendarios se caen entre noche y noche. En un apartado rincón, al envés de cajas destartaladas, despejando la neblina, esperaba nuevamente marzo con una mano detrás de la espalda. Imposible saber si era flor o navaja.

El año par empezó y avanzó. Se oteaba una Eurocopa en el horizonte y una mueca más torcida de lo habitual en Guardiola. Habría exclamado Don Latino de Híspalis: “¡Pep, no tuerzas la boca, condenado!”. Confluía la amenaza de lo que le sucedió a Tito Vilanova. La enfermedad del latigazo. La que siempre vuelve. La que hace que casi nada vuelva a ser igual. De los pocos dolores que ganan por la mano a los del amor, que a veces hasta son los mismos. Y fue navaja. Esta tempestad se mueve por años, con una precisión asesina. Abidal necesitaba un trasplante de hígado. Este comunicado eran palabras mayores. Quedaba en el camino la recuperación milagro. Ya no se trataba de un futbolista, era el tiempo de descuento de una vida.

abrazo-abidal-tito

El abrazo de Abidal y Tito Vilanova.

Un primo apareció, para que luego digan de la familia. 14 horas sin coger aire. La operación funcionó. Con normalidad, suelen apuntillar. Restaba lo largo. La rehabilitación para la existencia. La redención contra los elementos. Ni las naturalezas marmóreas pueden hacer nada. Volver a nacer, luchar desde el principio. Los que lo han visto saben cómo en un fotograma se puede echar a perder todo el rodaje de esta prosaica e inevitable batalla. Se corre más con una espada en los riñones, pero cualquier paso atrás no admite perdón.

El trienio prenavideño, tan otoñal como inestable, trajo ruidos difusos. No se temía por su supervivencia. A lo mejor volvía al fútbol. La palabra ‘alta’ empezó a sonar más fuerte que la desesperación. El músculo volvió a brotar desde la propia sangre. El cuerpo pierde todo su ser, su forma. Esqueletos en el sofá hasta que la savia decide si volver a circular con normalidad.

Y sacó su cortante mirada el año 13, el de los desahucios, el del invierno de las mareas. En una sociedad sin pulso, deprimida, más cercana a Silvela que al nuevo Occidente. Sin percatarnos apenas en un principio, la primavera se volvió a adelantar una semana. Ya sabíamos que el titán tocaba balón, pero los canteranos de La Masía recibieron la lección más importante de su recién estrenado devenir. El dorsal 22, la resurrección hecha carne, el hombre que mató al peor mal de la vida sólo con constancia, se vestía de corto para un partido. Parece el final, la meta de una azarosa travesía por el infierno. Pero sólo es el comienzo de un retorno a lo imprescindible. La ninfa de Botticelli trajo en esta ocasión flor. Ahora queda Tito. El Barça ha vuelto a llegar más lejos que nadie. Ya no se trata de levantar copas, el triunfo son las personas. Por una vez, es posible que abril no sea tan maldito, tan cruel. Entre tanto acíbar que nos rodea, Abidal le ha abierto otra puerta a la esperanza. A la vida.

22/03/2013

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