Führer Katidis

Giorgos KatidisÁLVARO MÉNDEZ | La imagen ha dado la vuelta al mundo. Corría el minuto 83 del encuentro que enfrentaba al AEK Atenas y al Veria, un choque vital para las aspiraciones de dos clubes que llevan toda la presente campaña sumidos en las profundidades de la clasificación de la Super Liga de Grecia. Giorgos Katidis cazó un disparo cruzado empujando el balón a las mallas dando los tres puntos al equipo ateniense. La escena que vino a continuación bien podría haber figurando en los compases más funestos de American History X. El mediocampista heleno, ebrio de euforia, se plantó frente a la grada del Olímpico de Atenas a la que, brazo derecho en alto, saludó al más puro estilo de Hitler en la Plaza de los Héroes o de Mussolini en la Piazza Venezia. ¿Un acto de exaltación ideológica? ¿De innata soberbia? ¿Un desafío a los Original 21, los ultras de extrema izquierda de su mismo equipo? ¿O, tal y como él defiende, un gesto infantil desprovisto totalmente de connotaciones políticas?

“No soy un fascista y no lo habría hecho si hubiera sabido lo que significaba”, intentó defenderse, en vano, en su cuenta de Twitter particular. Y es que un gesto de semejante vehemencia es prácticamente imposible que pase inadvertido. Y si no que se lo digan a Paolo Di Canio. Sea como fuere, lo cierto es que el prometedor Katidis, pese a su fervor patriótico, no se enfundará jamás la camiseta de la Selección griega. A la Federación no le ha temblado el pulso y le ha suspendido de por vida en cualquier categoría. Y en su club parece que tiene los días contados, ya que la Dirección le ha apartado hasta final de la presente temporada.

A pesar de que lo que ocurre en el terreno de juego muchas veces nada tiene que ver con la realidad, la provocación de Katidis es sintomática de la situación actual que se vive al oeste del Egeo. Tras las nefastas gestiones de los últimos Gobiernos, que causaron el rescate de la Unión Europea a la economía griega, el país ha quedado sumido en un auténtico caos provocado por la alarmante pobreza en determinadas zonas del país, una inadmisible tasa de paro, el cierre de comercios y la alta conflictividad social. Una situación insostenible que, inevitablemente, ha dejado herido de muerte al balompié helénico.

Es precisamente en este contexto en el que, de forma dramática, la cuna de la democracia y del pensamiento filosófico occidental se está viendo abocada al extremismo político. Disfrazados de compasivos luchadores de la nación, partidos neonazis que se saludan como el ‘inocente’ Katidis se han hecho fuertes en un Parlamento que haría vomitar al mismísimo Pericles. Es el caso de Amanecer Dorado, que suma a sus 18 escaños un creciente —y peligroso— apoyo popular a base de construir su discurso sobre los despiadados pilares del racismo, la violencia y el totalitarismo.

Por estas razones el gesto de Katidis no es uno más. Es el reflejo de una sociedad inmersa en la desesperación y maniatada por impulsos irracionales que chocan con la razón, la mesura y la cordura de la noble tradición ateniense de antaño. Una tragedia griega en toda regla que parece no tener fin.

21/3/2013

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