Obreros

foto JuventusJULIÁN CARPINTERO | Fue Steve McManaman quien, el pasado viernes, ejerció como mano inocente del sorteo de los cuartos de final de la Champions League bajo la atenta mirada del sempiterno Gianni Infantino. El hecho de que la final se juegue en Wembley propició que el honor de tan solemne momento correspondiera al Hugh Grant del balón —elegante y encantador y de tan buen regusto para la parroquia madridista—, que evitó los tan poco deseados emparejamientos entre equipos españoles. Sin embargo, la sonrisa impoluta de Macca contrastaba con el rictus serio de los ya de por sí reservados dirigentes del Bayern de Múnich, que saben que para reconquistar Europa antes de que Pep se vista de tirolés tendrán que acabar con una signora que parece que nunca va a terminar de estirar la pata.

No podía ser sino Enric González quien dijera de la Juventus que es “un club que no se siente cómodo sonriendo”. Cuestión de idiosincrasia, sugiere el columnista de El Mundo, pues probablemente sea la escuadra menos italiana de la Serie A. La familia Agnelli —propietaria del club desde 1923 y dueña de la marca automovilística FIAT— ni sueña con competir en popularidad con el ex primer ministro Berlusconi; su afición carece del sentido del humor necesario para reírse de sí misma como lo hace la del Inter por su fama de gafe; sus leyendas no pueden narrar una historia conmovedora con la que el público empatice como el Torino y la tragedia de Superga; y les falta un icono como Francesco Totti desde que Del Piero se llevara su fútbol a las antípodas el pasado verano. No obstante, y aunque muchos de sus tifosi matarían por poseer intangibles de este estilo, lo cierto es que no les hace falta nada de esto.

Si algo le ha enseñado la historia al segundo club más popular de Turín es que el respeto no se gana siendo simpático. La creencia de que pedir las cosas por favor es una señal de debilidad se acentuó en el verano de 2006, cuando la fiscalía anticorrupción del fútbol italiano acusó al club bianconero de interceder, en nombre de Luciano Moggi, en la designación de los árbitros para que le beneficiaran en los partidos claves de un campeonato que había ganado semanas antes. El escándalo —a la postre bautizado como ‘Moggigate’— dio con los huesos de la Señora en la Serie B, desposeída de sus dos últimas ligas y con la sensación de haber sido violada. “¿Por qué nosotros? Los demás también lo han hecho, pero nos tenéis manía”, musitaban los directivos ante la Federación Italiana en una escena adolescente al más puro estilo de una novela de Federico Moccia.

Sin embargo, como si de Scarlett O’Hara se tratase, la Juventus se juró a sí misma que nunca más volvería a poner la otra mejilla. Aunque la reconstrucción del imperio fue de todo menos sencilla. La ‘novia de Italia’ tuvo que ver cómo hombres que le habían jurado amor eterno le daban la espalda en el momento más trascendental de su historia moderna. “Ámame cuando menos lo merezca, pues será cuando más lo necesite”, les gritó a los Thuram, Cannavaro o al propio Capello, quienes prefirieron mirar para otro lado y se fueron con la primera que pasó por delante. Además, futbolistas que se habían proclamado campeones del mundo con la azzurra hacía sólo unos meses tenían que aguantar estoicos, semana tras semana, las carcajadas que desde las gradas les llegaban de los aficionados de los pequeños equipos a los que visitaban en su camino de vuelta a la elite.

Sus rivales la dieron por muerta, pero a estas alturas de la película parece mentira que no supieran que con una mujer nunca se puede dar nada por sentado. Y mucho menos si está herida en su orgullo. Un año después ya estaba de vuelta en la Serie A, pero con una cicatriz que no tenía cuando se fue y que le ayudó a recuperar su sitio. Y aún hoy le sigue sirviendo de estímulo: siempre que se mira al espejo la herida sigue ahí.

Sin el glamour de décadas pasadas y sin la posibilidad de acometer inversiones millonarias —porque la FIAT da para lo que da—, los Agnelli pusieron de capataz a un hombre que conocía bien la casa y que había vivido en primera persona los últimos grandes éxitos europeos del club, Antonio Conte. Éste pidió un grupo de hombres comprometidos, dispuestos a partirse el alma en una empresa tan compleja como volver a ganar la liga más dura del planeta y por eso confió en trabajadores oscuros, sin nombre ni brillo, pero profesionales hambrientos de títulos, al fin y al cabo. Giaccherini, Vucinic, Lichsteiner y, sobre todo, Marchisio, el Tardelli del siglo XXI. Ninguno protagonizará la próxima campaña de cualquier gran marca de deporte, pero ellos, encofradores, electricistas y fontaneros, son el escudo de esta nueva Juventus.

Con estas credenciales no parece ninguna locura afirmar que el Bayern-Juventus será, a priori, la eliminatoria más igualada de los cuartos de final que diseñaron entre el azar y el bueno de McManaman. Con media Serie A en el zurrón, el errante Conte podrá volcar todas sus energías en conseguir que la cara de Rummenigge y Beckenbauer pase de la solemnidad al lamento. La Señora no bromea. Siempre le queda aliento y tiene una promesa que cumplir.

P.D.: En la fecha en que se escribió este artículo Luciano Moggi seguía sosteniendo que la voz que se escuchaba en las grabaciones de la compra de partidos no era la suya.

19/03/2013

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