“Amala!”

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SERGIO MENÉNDEZ | Fue en un día como el de ayer cuando se desató la locura. Si no iguales, las circunstancias en que se produjeron los hechos que inspiran la efeméride son, como mínimo, muy parecidas a la de hace sólo unas horas. Siempre habrá quien se ampare en los rigores del espacio-tiempo para restar validez a la conmemoración que la histeria vivida hace más de un año se merece, dado que ambas fechas, lejos de coincidir en día, tampoco lo hacían en mes, que si lo hicieran en año estaríamos hablando ya de un supuesto imposible a todos los efectos.

Nos remontamos al 23 de noviembre de 2011. Se enfrentaban Milan y Barcelona, que es lo único que confiere cierto sentido a nuestro homenaje y lo que realmente importa ahora. Ni el orden de los factores era el mismo de anoche. El estadio de San Siro acogía el encuentro correspondiente a la fase de grupos de la Liga de Campeones. El marcador señalaba un 1-2 cuando Kevin Prince Boateng controló en el área culé un despeje de cabeza de Mascherano, aprovechó el bote pegándola con el tacón ante los impotentes ojos de Abidal e introdujo el balón por el palo corto del marco defendido por Valdés. El gol, un dechado de técnica, velocidad y fuerza,  provocó un estallido de júbilo en Tiziano Crudelli, periodista de 7 Gold y una versión de Tomás Roncero a la milanesa, cuyos gritos de “¡Boa, boa, boa, teng, teng, teng, teng!” le otorgaron fama internacional y, según dicen en la capital lombarda, llegaron incluso a oídos del público de la Scala camuflados entre las voces de los coristas.

La presente, sin embargo, no busca alimentar el eco mediático y los regueros de tinta que por sí solo genera un partido con una envergadura como el que apenas acaba de terminar. Más bien al contrario. Y qué mejor forma de distraer la atención y aliviar a los rossoneri del peso de la eliminación que acordándonos en este preciso instante de su eterno rival. Porque, si en España resulta inevitable no pensar en José Ángel de la Casa o José Antonio Camacho cuando nos preguntan por el significado de desgañitarse por el fútbol, en Italia ocurre lo mismo con Crudelli o en el caso que de verdad nos ocupa: la locución que abre el vídeo ‘Pazza Inter’, grabado por los jugadores de la squadra nerazzurra en 2008 con motivo de sus cien años de historia que, al hilo de la conquista de su decimoquinto Scudetto, la proclamación del “Campione d’ Italia” y el “Siamo noi”, da paso a los jugadores que, por entonces, engrosaban la plantilla en lo que supone una prueba para sus dotes trovadorescas, pues no hacen otra cosa que declarar el loco amor por el que tanto sufre su cuerpo y su alma.

No es de extrañar que el Inter se preste a este tipo de iniciativas. Puede que sus futbolistas no sean los primeros ni los últimos que dejan momentáneamente aparcada la puntería y tratan de afinar sus cuerdas vocales frente a los micrófonos, con más o menos fortuna, que ahí está YouTube para quien quiera escuchar a Cristiano Ronaldo dedicando fados  a un banco con nombre de paloma blanca. Pero si hay algo que no se le puede negar al Inter es el espíritu rompedor, casi podríamos decir que contestatario, y la vocación de modernidad que tuvo a gala desde sus orígenes, así como ciertas semejanzas que, de algún modo, hacen que su vida parezca un déjà-vu del propio fútbol. Porque si este deporte surgió de la escisión del rugby en la taberna de Freemason’s, algo similar le ocurrió al Inter, esta vez en 1908 y en el Ristorante Orologio de Milán. Cansados de las inamovibles y anticuadas normas que regían el Milan Cricket and Football Club —a la postre, AC Milan— y por las cuales no se permitía el ingreso de jugadores no italianos, 44 de sus miembros decidieron erigirse en un club independiente donde los forasteros fuesen bienvenidos. De ahí su denominación oficial, Football Club Internazionale Milano, mezcla de inglés e italiano, una suerte de premonición ante el proceso globalizador que con el tiempo iría afectando este deporte hasta convertirlo en uno de los más democráticos de cuantos existen en la actualidad y fenómeno de masas a escala mundial.

Lógico entonces que sea Javier Zanetti quien lleve la voz cantante, ¿no? Al fin y al cabo, posee algo más que el récord de partidos disputados con la camiseta del Inter. El argentino es también el extranjero que más encuentros tiene a sus espaldas en la Serie A. De no haber sido por su Beneamata, quién sabe si hubiera llegado alguna vez a esas 837 apariciones. Quizá sea su filosofía lo que haga del Inter un sentimiento idóneo para todos los locos errantes que se complacen haciéndose llamar ciudadanos del mundo. Al fin y al cabo, Enric González no podía andar muy desencaminado.

13/03/2013

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