El niño que no quiso ser Puskás

foto KassaiJULIÁN CARPINTERO | 7 de julio. San Fermín. Pamplona era el epicentro del mundo mientras miles de personas de todo el globo, inicialmente vestidas de blanco hasta que el vino hizo su acto de presencia, entonaban el popular ‘Riau-Riau’ en la Plaza del Ayuntamiento. Sin embargo, aquel día de 2010 la fiesta más universal del planeta se extendió al resto de ciudades de España después de que Puyol marcara el, hasta ese momento, gol más importante de la historia de ‘La Roja‘ para derrotar a Alemania en las semifinales del Mundial de Sudáfrica. Pero el central de la Puebla de Segur no fue el único nombre propio, pues en la memoria visual aún permanece el córner que botó Xavi, el pase que Pedro no le dio a Torres o la parada de Casillas a Kroos. No obstante, también estaba él, protagonista silencioso.

Resulta curioso que un niño que nació en un país con tanta tradición futbolística como Hungría prefiriera validar los goles en lugar de marcarlos. A pesar de crecer escuchando las hazañas de Puskás, Hidegkuti y el resto de los ‘Magiares Mágicos‘ que fueron campeones olímpicos en 1952, se convirtieron en la primera selección continental que derrotó a Inglaterra en el santuario de Wembley con un contundente 3-6 y a la que sólo la fatídica final de Berna del 54 ante la Alemania Federal le impidió presumir de tener una estrella cosida al pecho. Contradiciendo a la lógica, el pequeño Viktor decidió no dejarse cegar por la brillantina de los Balones de Oro por el que el otrora imperio henchía el pecho lleno de orgullo y, aunque le repetían una y otra vez que con sus casi 190 centímetros de altura podría ser el Bozsik de su generación, giró la cabeza hacia otro hombre del fútbol: Sándor Puhl. El colegiado húngaro era considerado uno de los grandes nombres del momento en lo que al arbitraje se refiere, y entre sus honores sobresalían haber dirigido la final del Mundial ’94 entre Italia y Brasil, impartir justicia en la final de la Champions League de 1997 que jugaron Juventus y Borussia de Dortmund y la condecoración de ser el mejor juez del mundo para la IFHHS en esas cuatro temporadas.

Viktor Kassai lo tenía claro. Lo suyo eran el silbato y las tarjetas. Metódico y disciplinado, el precoz ‘trencilla‘ debutó en la NB1 —la máxima categoría del fútbol húngaro— a la tierna edad de 24 años, un caso excepcional que la UEFA premió cuatro años más tarde designándole para dirigir su primer partido de competición europea: un Sevilla-Shakthar Donetsk de octavos de final de la Europa League. En 2008, Kassai daría un paso más en su meteórica carrera cuando el Comité de Árbitros que baila al compás que silba Michel Platini le incluyó entre los colegiados encargados de pitar encuentros de la fase de grupos de la Champions League. Y no quedó ahí, pues sus buenas actuaciones en la competición de clubes más prestigiosa del mundo le catapultarían ese mismo año a ser el encargado de repartir justicia en la final de los Juegos Olímpicos de Pekín que Argentina le ganó a Nigeria.

De tez morena y con unos rasgos faciales muy marcados, su figura firme y seria no constituye un impedimento para que dialogue con unos futbolistas a los que, pausadamente, suele explicar sus decisiones. A ello contribuye, además del carácter sosegado de las gentes del este de Europa, el hecho de que Kassai domine con fluidez nada menos que tres idiomas –húngaro, alemán e inglés– como consecuencia de su trabajo. Porque, cuando no encarna a la mujer de la venda en los ojos y la balanza y la espada en cada una de sus manos, Viktor Kassai ejerce como agente de viajes.

Cuentan en los mentideros de Zúrich que es el niño bonito de Pierluigi Collina, quien le eligió por delante de su compatriota Nicola Rizzoli para pitar la final de la Champions League de 2011 que Barcelona y Manchester United jugaron en Wembley. A pesar de su impresionante currículum no es muy dado a gestos grandilocuentes y procura no llamar la atención. Quizá por eso, de vez en cuando, se da un capricho y esboza una sonrisa de vanidad ante las cámaras. También es humano, y como humano falla.

Llegados a este punto, Kassai volverá a acaparar esta noche la mirada de medio mundo, pues la UEFA ha querido que sea él quien dirija el encuentro que dirimirá si el Barça de la excelencia también sabe remontar o si, por el contrario, puede dar la temporada por acabada antes de que lleguen los idus de marzo —con la Liga en el zurrón, eso sí—. Lo que es innegable es que a Puyol le cambiará la cara cuando vea la figura del árbitro húngaro en el momento de sortear saque y campo. O quizá no. La mejor noticia sería que, como en aquella noche veraniega en la que el espíritu de San Fermín contagió a todo el país, Kassai siguiera siendo un protagonista silencioso.

12/03/2013

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