Hugo Chávez, comandante de la Vinotinto

Chávez fútbol 900 x 300 2ÁLVARO MÉNDEZ | Quizás sólo exista media docena de personalidades en el mundo con el potencial de eclipsar una gesta madridista a la antigua usanza en la Champions. Ni el espíritu de Juanito ni la titánica remontada ante el todopoderoso Manchester United ni la vuelta de Cristiano Ronaldo al Teatro de los Sueños han podido competir en las últimas horas con la muerte de uno de los líderes políticos más carismáticos —para bien o para mal— de los últimos tiempos: el Presidente venezolano Hugo Chávez.

No me corresponde en estas líneas analizar el déficit democrático del país, el asilo que encontraron muchos etarras en sus organismos gubernamentales, la mejora de las condiciones de vida de las clases bajas, la violencia en las calles o la censura de los medios de comunicación durante la era bolivariana. Pero sí destacar el protagonismo que cobró el deporte rey bajo su presidencia en un país dominado por los strikes y los home runs. El propio Hugo Chávez, al que en tantas veces le hemos visto enfundarse la chaqueta tricolor venezolana o la chupa del Navegante del Magallanes, soñó en su día con ser jugador de béisbol. Sin embargo, no desaprovechó la oportunidad que se le presentó en 2007 de organizar la Copa de América en su país. ¿Y si el fútbol abre otro frente de batalla para luchar contra el imperialismo estadounidense? ¿Por qué no?

En una primera fase de ensueño, la Vinotinto —nombre con el que se conoce popularmente a la Selección de Venezuela— logró clasificarse como primera de grupo con una histórica victoria ante Perú —la primera en la competición continental en 40 años— y un meritorio empate frente la poderosa Uruguay. El conjunto celeste se tomó la revancha en los cuartos de Final y rompió en mil pedazos las aspiraciones de una hinchada volcada en cuerpo y alma con sus compatriotas. Pero el hábil comandante Chávez logró su objetivo. Aunque se llegó a especular incluso con que el Gobierno se había reservado hasta tres cuartas partes de las entradas para evitar actos reivindicativos de la oposición democrática, la organización de la Copa de América supuso un plus de reconocimiento entre sus hermanos latinoamericanos. La patria y su Presidente habían salido reforzados frente a los escasos contrarrevolucionarios que lograban colarse en los estadios nacionales al grito de “¡Y va a caer, y va a caer, la dictadura va a caer!”.

Desde entonces hemos podido ver al creador del ‘Socialismo del Siglo XXI’ vibrar más que nunca con cada partido de la Vinotinto, especialmente durante la Copa de América de 2011, en la que Venezuela se quedó a un penalti de la final. Tal y como dicta el manual del buen populista, el camarada bolivariano celebró como nadie los tantos de Rondón y las asistencias de Arango, y se hundió en la más profunda tristeza tras el fatídico error de Lucena desde los once metros. Con el batacazo aún en el subconsciente, la Selección venezolana se desinfló ante Perú en ese purgatorio balompédico que es el partido por el tercer y el cuarto puesto. No pudo ser. Tal vez Chávez se planteara en ese momento cuál era el destino que los dioses habían reservado para esos soldados con tacos y espinilleras, esos veintitrés descendientes de Simón Bolívar, Guaicaipuro y Túpac Amaru.

“Lo amo, rezo por él todos los días, lo amo por encima de todas las cosas”. Son las últimas palabras que Diego Armando Maradona, izquierdista de pro, dedicó públicamente a su amigo Hugo Chávez tres días antes de su defunción. Fútbol y política fueron también los vínculos de unión que se entrelazaron entre el Presidente venezolano y el también fallecido Muamar Gadafi, quien le dedicó el nombre de un estadio en la ciudad libia de Bengasi. Compadres en la dialéctica anticapitalista y en el odio a EEUU con un balón de por medio. Tan distintos y tan iguales. Quién sabe si los dos estarán hablando de fútbol ahora mismo en la misma parcela de la eternidad.

7/3/2013

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