Agujetas de color de rosa

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SERGIO MENÉNDEZ | Nada descubriríamos con decir la importancia que entraña el fútbol para Arsène Wenger. Al fin y al cabo, son mas de dieciséis años los que el aficionado de a pie lleva viéndole al filo del área técnica del Arsenal, donde su filosofía de juego combinativo y talento precoz constituyen los mimbres de una impronta que el tiempo no borrará jamás. Siempre y cuando nos ciñamos a la memoria colectiva del espectador, pues en lo que a su palmarés como entrenador se refiere, los hay más jóvenes que han tenido oportunidad de ganar una Copa de Europa y repetir. Un puñado de distinciones individuales y varias competiciones domésticas en Francia, Japón e Inglaterra constituyen la única herencia palpable de una figura que, sirva o no de consuelo, será recordada por la gravedad que solía invadir su rostro tras el pitido inicial, típica de quien se toma el trabajo y su persona muy en serio, propia casi de un Bobby Fischer o un Garry Kasparov cualquiera, sólo perturbada en ocasiones por el frenesí pasajero del gol o un flagrante error arbitral.

Hablamos, sin embargo, de algo impostado, un rictus que tiene su razón de ser en la necesidad de incorporar a la detección de nuevas promesas balompédicas una garantía emocional que corroborase las buenas sensaciones percibidas a través del ojo clínico que tanto caracteriza a Wenger. Media sonrisa o una leve mueca de satisfacción bastaban para convencerle de que se encontraba ante una potencial estrella, un valor de futuro, señales ambas que pudo captar por penúltima vez en 2004 gracias al joven delantero nacido en Copenhague que por entonces despuntaba en el Kjøbenhavns Boldklub.

Ese mismo verano Nicklas Bendtner aterrizaba en Londres con la timidez que caracteriza al recién llegado. Barbilampiño, tez pálida, ojos claros, melena rubia… Parecía como si no hubiese roto un plato en su vida. Y puede que así fuera, pero qué más daba. Llegaba dispuesto a hacer añicos las redes contrarias. Ya se ocuparía en otro momento de la porcelana. Dos campañas en las categorías inferiores del Arsenal, seguidas de una cesión en el Birmingham City y estaría preparado. Tal era la fe de Wenger en el muchacho que no dudó en hacerle un hueco en la punta de ataque junto a Emmanuel Adebayor, aunque para ello tuviese que relegar a Robin van Persie a la suplencia. Las buenas actuaciones cuajadas durante la pretemporada y los minutos disputados en Premier y Champions League saliendo desde el banquillo lo merecían. De este modo, Bendtner logró terminar el curso con un total de nueve goles, cifra que hasta el actual pique protagonizado por Cristiano Ronaldo y Messi todo el mundo hubiese dado por solventes.

La temporada siguiente fue la de su revelación. No tanto por la faceta goleadora, aunque conviene no pasar por alto el hecho de que en 2009 alcanzase su mejor marca personal con quince tantos, como de su excéntrica personalidad. Quién sabe si emborrachado de éxito, fruto de las ofertas publicitarias que empezaban a lloverle, por simple aburrimiento o un cúmulo de lo anterior, el caso es que Big Ben decidió dar un giro de 180 grados a su rutina. En lo familiar, se separó de Rory Fleming, sobrina del creador de James Bond, Ian Fleming, e inició una relación con Caroline Luel-Brockdorff, una socialite muy cercana a la Familia Real danesa. A estos líos de faldas que de tanto saben en La Zarzuela, hay que sumar una repentina y extraña afición al color rosa que muy pronto trasladó a diferentes aspectos de su nueva realidad, entre ellos el ocio ¿Cómo explicar de lo contrario las imágenes de Bendtner saliendo de una discoteca con los pantalones medio bajados, contorsionándose tras la americana en un vano intento por ocultar su identidad si no es mediante una ingesta compulsiva de daiquiris de fresa?

Desde entonces lo poco que sabemos de Bendtner apenas guarda relación con el fútbol. Una cesión al Sunderland, luego a la Juventus, si acaso. Nada comparado con los últimos escándalos protagonizados  por el danés, el primero en la pasada Eurocopa, tras el doblete anotado frente a Portugal en la fase de grupos, durante la celebración de su segundo gol mostrando al continente entero la goma de sus calzoncillos, en un gesto que la UEFA interpretó como un ataque frontal contra la prohibición de que los jugadores muestren mensajes publicitarios en el transcurso de los partidos y por el que Bendtner fue condenado a pagar una multa de 100.000 euros. El segundo tuvo lugar hace sólamente unos días, durante el pasado fin de semana, cuando fue detenido en Copenhague conduciendo en sentido contrario bajo los efectos del alcohol y con el carné caducado, un delito por el que ha sido castigado con otra sanción de 113.000 euros, la retirada del permiso de conducir durante tres años y le ha supuesto en lo profesional verse apartado de la Selección durante seis meses. Justo lo que le faltaba al particular culebrón en que se ha convertido su vida desde la irrupción de la ruborosa filia.

06/03/2013

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