Adoquines y playas

Foto Aulas

JULIÁN CARPINTERO | El fútbol tiene la memoria muy corta. Era Joaquín Caparrós quien comentaba en una reciente entrevista que la palabra proyecto no tiene cabida en el balompié actual, pues la exigencia de resultados inmediatos lleva a los presidentes a mirar al banquillo cuando silbidos y pañuelos irrumpen desde las gradas como un huracán. Sin embargo, al norte de los Pirineos se puede palpar un caso poco común: el de un club humilde con un presidente joven que consiguió llegar a lo más alto y que, tras despertar repentinamente del sueño, aspira a volver a reinar a base de paciencia y confianza.

Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Esa frase de espíritu tan sesentero fue la que resonaba en la cabeza de Jean-Michel Aulas cuando el 15 de junio de 1987, con tan solo 36 años, se hacía con el control del Olympique de Lyon. Sin canas y con menos entradas, pero con su sonrisa perenne y la misma determinación que años más tarde mostraría en las reuniones donde negociaba fichajes, Aulas había aprendido en su casa todo lo que necesitaba para triunfar en los negocios. De su padre, profesor de lengua y periodista del ‘Lyon Matin’ había heredado el verbo y la dialéctica para ser persuasivo a través de la palabra; de su madre, profesora de matemáticas, la disciplina para tratar las cifras de forma minuciosa sin dejar nada a la imaginación.

Pero el joven que había crecido al amparo de la brisa del Ródano y los Alpes no era un simple advenedizo que había decidido invertir sus ahorros en un club poco atractivo, que competía en la segunda división del fútbol francés y sin esperanzas a corto y medio plazo de verse las caras con Olympique de Marsella o Mónaco. Jean-Michel, que estudiaba informática y fue delegado sindical de la Unión Nacional de Estudiantes Franceses durante las revueltas estudiantiles de mayo del 68, llegó a Gerland como dueño de la CEGID. O lo que es lo mismo, el acrónimo que esconde a la Compañía Europea de Gestión Descentralizada de la Información, que no sólo le fue rentable desde el primer día, sino que ya en 1986 empezó a cotizar en Bolsa.

En sus primeros actos como presidente del OL, Aulas explicó con mucha vehemencia que su proyecto —la palabra prohibida para el bueno de Jokin— pasaba por conseguir que el equipo subiera a la Ligue 1 y, una vez allí, peleara por ser campeón. La siempre irónica sociedad francesa enseguida le encasilló en la figura de un visionario condenado a morir de éxito. Dos años de mandato le bastaron para que les gones subieran a la primera división del fútbol francés y no la abandonaran jamás.

Pero a pesar de una década de estabilidad en la que el Olympique se había asentado en la elite del balompié galo, Aulas aún no veía los títulos en forma de playa debajo de los adoquines. Igual que en mayo del 68, cambiar la historia era cuestión de perseverancia y confianza, y con el inicio de milenio su Olympique consiguió romper las cadenas de la oligarquía futbolística ganando siete ligas de forma consecutiva. Para ello, el máximo accionista de la CEGID confió en cuatro entrenadores distintos (Santini, Le Guen, Houllier y Perrin), con los que evitaba caer en el ‘síndrome de la barriga llena’ y aspiraba a superar la barrera de los cuartos de final de una Champions League de la que era asiduo. Aulas ya era Sartre.

Al espíritu revolucionario que le había acompañado cuando vestía pantalones de campana y adornaba su cara con unas pobladas patillas, el líder del Olympique supo aunar la ambición de los mejores brokers de Wall Street y la pizca de suerte necesaria para que jugadores que llegaban a Gerland siendo semidesconocidos o fruto de un gran trabajo en las categorías inferiores fueran codiciados por los equipos más poderosos de Europa. Año a año Aulas saneaba las cuentas del club con los traspasos de Essien, Diarra, Malouda o Benzema y convertía Francia en su coto privado de caza reforzándose con los mejores jugadores del resto de equipos.

Pero pocas cosas existen en la vida más cíclicas que el fútbol y, siete años después, el OL se bajó del primer cajón del podio, al que no ha vuelto a subir desde 2008. Después del fracaso del trienio de Claude Puel —en cuyo haber sólo están las semifinales de la Champions en 2010—, Aulas dio las riendas del equipo a Rémi Garde, un hombre de la casa, sin experiencia como primer entrenador, pero que había mamado de la teta de Arsène Wenger, quien, una década antes, le había convertido en el primer capitán no británico en la historia del Arsenal.

Así y todo, la primera temporada de Garde en el banquillo del Olympique no fue ni mucho menos un éxito, pues ni siquiera consiguió clasificarse para la máxima competición continental y sólo el triunfo en la Copa de la Liga le mantuvo en el cargo. Pero el actual líder del G-14 confió en él y la situación parece haberse revertido. Tras su empate ante el Brest, los Lisandro, Gourcouff y compañía marchan segundos a solo dos puntos del todopoderoso PSG y quién sabe cómo acabará una liga sin dominador claro. A principio de temporada parecía una utopía que el defenestrado OL pudiera mirar a los ojos al nuevo rico capitalino pero, en este caso y conociendo a Aulas, lo más realista parece ser pedir lo imposible.

05/03/2013

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