Aquellos malditos bastardos del Prater

Torres-Eurocopa-2008-Prater-Viena

FIRMA DE JAVIER AVILÉS | Comenzaré hablando de mí. Conviene que el lector conozca algunas de mis opiniones acerca del fútbol profesional y del mundo que lo envuelve antes de pasar a la historia que pretendo contar en este artículo.

Mi pasión por el fútbol —ya bastante marchita— llegó con la adolescencia. Para dar con el germen de tal amor probablemente haya que remontarse a los tiempos del Madrid del Valdano entrenador en busca del sonido genuino que producía una destartalada pelota de plástico al chocar contra la chapa de la cochera que hacía las veces de portería para un grupo de niños despreocupados del mundo bajo el duro sol del mediodía de Granada. No obstante, fue aquella que allá por el año 96 se dio en llamar Liga de las Estrellas la que confirmó dicho sentimiento. De aquella Liga me han quedado muchas imágenes inolvidables –si es que acaso hay algo inolvidable–, pero de todas ellas, ninguna tan poderosa como la del joven Ronaldo regateando a medio Compostela para acabar marcando mientras se caía de culo entre un montón de camisetas celestes. Yo era del Madrid —antes de que Mourinho, bajo el amparo de Florentino Pérez, lo convirtiera en un circo de mal gusto—, ahora no tengo equipo, aunque simpatizo con el Málaga de Pellegrini. Actualmente. mi vida como aficionado al fútbol se limita a echar de menos a Zinedine Zidane, la elegancia hecha fútbol.

Con estos antecedentes a nadie le sorprenderá que escriba que siento el mayor de los desprecios por el ridículo espectáculo que rodea a este deporte en la actualidad y que ha alcanzado sus más altas cotas de bajeza –sí, soy consciente del oxímoron– durante la última década. Desde aquella Liga de las Estrellas todo ha ido a peor. En otros tiempos, los domingos por la tarde solía escuchar ‘Tiempo de Juego’, dirigido por José María García. Las voces de Gaspar Rosety, Ángel González Ucelay y Alfredo Martínez aligeraron el tedio de los domingos de mi adolescencia. De García tengo una opinión que me guardaré para mí. Diré tan solo que hacía un programa serio y respetable, junto a algunos narradores magníficos. Nunca me gustó el estilo de ‘Carrusel Deportivo’, que hoy ha triunfado sobre los demás, de tal modo que el resto de programas deportivos tiende a imitarlo. Echo de menos ‘El día después’ y, naturalmente, detesto los ‘Deportes Cuatro’, cuyo éxito también ha producido un contagio de su estilo en la competencia. A mí me interesa lo que ocurre sobre el césped, et tout le reste est littérature (Paul Verlaine). Y de la peor clase, salvo, naturalmente, la que escribe gente como Enric González, que es una maravilla.

Finalmente, y ya no me demoro más en mis divagaciones, tengo que decir que desprecio a los que van a los estadios a insultar al árbitro, a los jugadores —de su equipo o del contrario— o a otros aficionados. Hay quien dice que así debe ser, que el fútbol es una válvula de escape para la gente normal. Yo no podría estar más en desacuerdo. Creo que el fútbol se usa muy a menudo como excusa para generar violencia gratuita por parte de los anormales, que ese ambiente sin ley saca lo peor de muchos aficionados y protege las vejadas de otros. Yo estoy convencido de que lo que está mal está igual de mal en la plaza del pueblo y en el estadio. Sostengo que uno no debe comportarse de un modo diferente en un campo a como lo haría en una pescadería. Y, la verdad, no me imagino a nadie insultando al pescadero por no cortar el pescado como a ti te gusta. Sé que muy pocos aficionados al fútbol estarán de acuerdo conmigo. No creo que eso me quite razón.

Una vez dicho esto y por si todavía queda alguien leyendo este artículo, contaré cómo viví la final de la Eurocopa de 2008 en Viena, en el fondo sur —o tal vez era el norte— del Prater.

Había sido un día tranquilo. La mayoría de los aficionados de los equipos eliminados habían abandonado ya la capital austriaca y sólo muy de vez en cuando se podían ver grupos de aficionados españoles o alemanes –mucho más numerosos éstos que aquéllos– por el centro de la ciudad de los cafés. A una hora razonable mis acompañantes y yo nos dirigimos al estadio. Podía ser un día memorable para el fútbol español y no merecía la pena arriesgarse a llegar tarde. Hace ya cinco años de aquello, pero recuerdo perfectamente el ambiente de excitación que rodeaba el Prater. No puedo recordar, sin embargo, cuál era mi estado anímico: supongo que de contenida emoción. Ya había visto a la Selección en la Eurocopa de Portugal y había sido decepcionante. Además, dos borrachos españoles derramaron su cerveza sobre mi espalda aquella tarde en el Bessa XXI de Oporto.

Con ese antecedente probablemente presente en mi memoria, me encaminé a mi asiento en el fondo donde se encontraban los aficionados españoles, el más alejado del área donde Torres batió a Lehmann —además, el Prater es estadio olímpico. Todo parecía tranquilo. Había impaciencia, tensión, pero nada fuera de lo común. Los aficionados españoles no estábamos acostumbrados a las grandes citas internacionales y algunos habían decidido ingerir todo el alcohol que les dio tiempo, supongo que para sobrellevar la tensión. Siendo menos generoso, también podría suponer que el partido les daba bastante igual, que ellos habían venido a emborracharse, como dice la pesada cancioncilla. Por favor, no me malinterpreten, nada tengo contra los borrachos, tan sólo me molesta que me toquen al lado en la grada. En cuanto los equipos saltaron al césped todo el mundo se puso de pie, tarareó el himno –cosa que a mí me resulta más bien ridícula– y se dispuso a gritar lo que fuera. Una vez acabado el ceremonial me senté en mi asiento dispuesto a disfrutar de lo que prometía ser un gran partido de fútbol. La Alemania de Ballack, Schweinsteiger y compañía había hecho un buen campeonato y España… Bueno, ya sabemos cómo ha venido jugando España desde aquella Eurocopa hasta hoy. El caso es que pequé de optimista. El joven (mayor que yo) que estaba delante de mí había decidido ver el partido de pie. Cuando le comuniqué que tal vez sería mejor empezar viéndolo sentado, me respondió que llevaba en ese asiento –se entiende que de pie– desde cuartos. Comprendí que cualquier razonamiento sería inútil ante un tipo que consideraba eso un argumento sostenible para permanecer de pie. Quería estar de pie. Pues nada, todos de pie. Ya empezaba a hacer amigos.

El partido había comenzado sin grandes sobresaltos. Los dos equipos se respetaban y se temían. Pero, aunque he afirmado que a mí me interesa sólo lo que ocurre en el césped, no voy a hacer una narración del partido. Ningún sentido tendría. En realidad ésta no es una historia sobre fútbol: un poco más abajo de donde yo me encontraba había un grupo de ultras españoles. Mediado el primer tiempo uno de ellos, de aspecto rudo y simiesco, empezó a ondear una bandera española –sin pollo, al menos–, lo cual no nos dejaba ver a los que estábamos en las filas inmediatamente superiores lo que ocurría en el área de Casillas. Uno de mis acompañantes le pidió que bajara la bandera. La mala bestia en cuestión gruñó algo, puso mala cara –o, mejor dicho, peor cara– y bajó la bandera. Y así, ganando, llegó el descanso, sin mayores incidencias en la grada.

Una vez empezada la segunda parte, un tímido aire de esperanza se levantaba en nuestro fondo. Era posible que esta vez sí que lo consiguiéramos. Aragonés —cuya destitución yo, gran visionario, había pedido en una columna, que por suerte nadie leía, en la sección de deportes del ‘Granada Hoy’ un año antes— estaba obrando el gran cambio en la forma de ver el fútbol de los españoles. Lamentablemente, aquella ilusión no tardó en esfumarse de mi cabeza.

El mostrenco de delante volvía a ondear la bandera. Uno de mis acompañantes decidió que era procedente lanzarle uno de los globos con forma cilíndrica que todos teníamos para hacer palmas. Le acertó en la nuca a diez metros de distancia: una puntería formidable. Naturalmente aquello no le dolió, pero debió molestarle, porque se volvió hacia nosotros y señalándonos nos indicó su interés en separar nuestras cabezas de sus respectivos cuellos. Acto seguido comunicó dicha intención a los caballeros que le acompañaban y éstos hicieron amago de subir a mostrarnos su disconformidad con nuestra actitud. Esto me inquietó un poco –detesto toda forma de violencia, especialmente si se ejerce contra mí–. Así que decidí coger a mi acompañante y sacarle a las escaleras del graderío, donde le expliqué a una policía austriaca que custodiaba aquella zona del estadio lo que ocurría. Nos dijo que nos quedásemos allí. Así lo hicimos. El individuo que había permanecido de pie delante de mí se llevó una satisfacción –no en vano había estado coreando los cantos de los ultras durante todo el partido.

Los alemanes y los austriacos comparten muchos elementos culturales, empezando por su lengua; no obstante, en lo deportivo se llevan bastante mal. Esto explica por qué la policía en cuestión, que se encontraba un escalón más arriba de mi nueva ubicación en la grada, me cogía de los hombros y me zarandeaba cada vez que España tenía una ocasión de gol. No era la situación más cómoda, pero mejor ella que el simio de la bandera. Una vez más conseguí olvidarme del personal a mi alrededor y disfrutar del final del partido. Cuando el árbitro pitó el final todo fue exaltación. Lo celebré debidamente y cuando me pareció suficiente le sugerí a mis acompañantes que saliéramos de allí pitando con el objeto de evitar encuentros indeseados.

Salimos del estadio satisfechos a pesar de todo. Nos paramos en el primer Biergarten que encontramos de camino al centro y celebramos la victoria en la terraza del local, disfrutando de aquella deliciosa noche de verano. Efectivamente, fue un día memorable. Me prometí que no volvería a pisar un estadio. Naturalmente, he incumplido varias veces aquella promesa.

Y así acaba mi historia. Sirva esta de pequeña venganza contra los que aquel día no me dejaron ver el fútbol tranquilo. Yo fui a la ciudad de Freud a ver el partido. Ellos, no sé muy bien a qué.

03/03/2013

Javier Avilés fue periodista, entre otros medios, de Granada Hoy.

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