The Departed

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SERGIO MENÉNDEZ | Hay quien recurre a una mera cuestión de talento y habilidad, cualidades normalmente innatas a la persona. Poca mesura, esgrimen otros, cuando sólo con imprimir cierta dosis de carácter en el desempeño de las labores implícitas a la demarcación bastaba para asegurarse un sitio en la convocatoria, más por defecto que por exceso, pues no quedarán todavía casos de jugadores capaces de hacerse un hueco entre los elegidos por la esférica providencia a base de oficio. Tampoco faltan, como es natural al justificarse, los que achacan a la ausencia del común denominador llamado suerte, determinante a la hora de culminar nuestra empresa con ciertas probabilidades de éxito, buena parte de las responsabilidades que todo fracaso obliga a depurar.

Sea cual sea la primordial de todas estas razones, resulta muy duro pensar que tantos benjamines invadiendo los campos de entrenamiento a la salida del colegio, soñando que sus incipientes manías al ponerse de corto pasen pronto a completar una rutina diaria, vayan a ver truncada la mayor de sus ilusiones antes incluso de haber alcanzado la mayoría de edad. En el mejor de los casos, siempre y cuando acepten la realidad a tiempo, podrán sacar tajada de la experiencia adquirida con los años y relanzar su carrera como entrenador o labrarse un buen futuro en alguna cabecera deportiva gracias a su dominio del análisis táctico. De lo contrario, empecinados en alcanzar una meta que nunca estuvo cerca y agotado ya el crédito, serán confinados a una oficina triste y gris, donde el único reducto frente al hastío absoluto consista en aprovechar los cigarros del jefe para revisar furtivamente las pujas del Comunio. Mientras, no dejarán nunca de preguntarse qué pudo salir mal.

La frustración no es, sin embargo, una vía de sentido único, puede recorrerse también a la inversa. Aunque parezca increíble, las sesiones dobles de preparación, los compromisos publicitarios, las ruedas de prensa y los eventos sociales que suelen nutrir la agenda de los futbolistas profesionales, llegan en ocasiones a provocarles unos niveles de colapso tan altos que la necesidad de buscar una vía de escape a tan asfixiante y cotizada existencia se hace imperiosa. De hecho, es la herencia colectiva depositada por el interfecto en el momento de colgar las botas la que decide muchas veces acompañarle de por vida, prolongando la agonía hasta el infinito y desencadenando al mismo tiempo las más inverosímiles reacciones. Miren si no a Julio Salinas: incapaz de soportar que Andrés Montes le recordara cada sábado su clamoroso fallo ante el marco de Pagliuca en el Mundial de Estados Unidos, decidió reivindicarse a través del baile e ingresar en esa academia televisada bautizada por el ente público con siglas de competición liguera (“MQB!”), después de que Ortega Cano llevara al éxtasis general de la audiencia con su flow de sabor a yerbabuena, mostrándose realmente a gustito.

Una última prueba de este intrusismo la encontramos en el ex delantero y actual entrenador italiano Paolo Di Canio, protagonista la pasada semana de un escándalo que le ha devuelto a los titulares de la prensa. Lejos ya los saludos fascistas que solía dirigir a la Curva Nord del Olímpico de Roma para celebrar sus goles con la camiseta de la Lazio, Paolino disfrutaba desde mayo de 2011 de un puesto como técnico del Swindon Town, equipo perteneciente a la cuarta división inglesa con el que logró ascender de categoría en su primera temporada al frente de la disciplina. Desde entonces todo había transcurrido con tranquilidad hasta que la directiva decidió vender al punta Mitch Ritchie al Bournemouth en el reciente mercado de invierno. Tal y como cabía esperar en el hombre de principios que es, Di Canio decidió presentar su carta de dimisión aduciendo como causa “promesas incumplidas” por parte del club. Ante las prisas por abandonar el cargo, olvidó pasar por las oficinas a recoger sus objetos personales, de modo  que decidió colarse esa misma noche en las instalaciones del Swindon para recobrarlos. Haciendo uso de un juego de llaves que todavía conservaba, justo cuando se afanaban en borrar cualquier huella de su paso por allí, Paolo y varios colaboradores que le acompañaban en su misión fueron pillados in fraganti por la seguridad del recinto. Suerte para ellos que el club no decidiera emprender acciones legales por un asalto que constituye una de las historias más surrealistas y chapuceras vistas desde hace tiempo. Sobre todo en lo que concierne a una figura como Di Canio, tan acostumbrado como ha estado siempre a infiltrarse entre las líneas de las defensa rivales.

27/02/2013

5 thoughts on “The Departed

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