La insurrección del Gladbach

foto GladbachJULIÁN CARPINTERO | Como tantas cosas de la vida, parte de esta historia se escribe en Roma. A falta de sólo una semana para que la Iglesia Católica despidiera en vida a Benedicto XVI, la Lazio recibía al Borussia Mönchengladbach en la vuelta de los dieciseisavos de final de la Europa League, un acontecimiento a todas luces mucho menos trascendente que el cónclave que se iniciará con las primeras luces de marzo. El 3-3 de la ida obligaba a los germanos a marcar en el Olímpico, pero los goles de Candreva y Álvaro González terminaron con el sueño de un Gladbach que ha visto cómo su descenso de la cumbre europea ha durado apenas un suspiro comparado con la ardua tarea de subir la escarpada montaña que coronaron años atrás.

Que Alemania siempre ha sido una potencia deportiva mundial es una afirmación que no debe sorprender a nadie. Disciplinados, trabajadores, sacrificados, fuertes. Sin embargo, la década de los 70 del siglo pasado supuso una de las etapas más gloriosas para el deporte de un país todavía separado por kilómetros de hormigón y vergüenza. Pero antes de que, cerveza en mano, la República Federal pudiera disfrutar del sabor de la victoria, dos hechos dejaron marcada a toda una generación: la derrota ante Italia en la prórroga de la semifinal del Mundial de México con un Beckenbauer desencajado por el dolor y con el brazo en cabestrillo; y la masacre que los radicales palestinos de la organización Septiembre Negro llevaron a cabo con los miembros de la delegación olímpica de Israel en los Juegos de Múnich ’72.

La tragedia olímpica supuso un golpe tan fuerte en el punto de flotación de la política de un país que intentaba desmarcarse de sus vecinos orientales sacando pecho por su incipiente democracia que el triunfo en la Eurocopa de ese mismo año prácticamente cayó en el olvido. Tendría que ser el fútbol el que actuara como elemento integrador y vertebrador de una sociedad que en su ADN lleva adheridos el orgullo y la capacidad de renacer de sus cenizas las veces que haga falta.

Entre 1974 y 1976 se vivió en la Bundesliga —que desde 1963 ya existía como la competición que conocemos ahora— un duelo titánico entre dos formas de entender el deporte rey y que habían nacido al unísono. Por un lado, la verticalidad del Bayern de Múnich, que de la mano de Maier, Beckenbauer y Müller consiguió acabar con la tiranía del Ajax en la Copa de Europa, torneo que conquistó esos tres años consecutivos y que le llevaron a la cima del continente. Por el otro, la pausa y el toque del Borussia Mönchengladbach, cimentada en el trío formado por VogtsBonhofHeynckes y gracias al cual se hicieron con las Ligas de esos mismos años.

Es complicado aportar algo novedoso a la leyenda de aquel Bayern de Múnich que dejó al Atlético de Madrid sin un cetro continental que habría merecido por culpa de aquel tanto de Schwarzenbeck. No obstante, la menor capacidad de adaptación y de supervivencia y los limitados recursos del conjunto de Renania del Norte-Westfalia acabó con una rivalidad equivalente a la que se vive hoy entre los dos grandes equipos de España. En la actualidad, el Bayern se pasea por Alemania como un señor feudal por las tierras de sus vasallos —exceptuando el paréntesis al que le ha sometido el otro Borussia, el de Dortmund, los dos últimos años—, pero hubo un tiempo en que, con permiso del Hamburgo, los potros de Gladbach podían mirarle a los ojos y levantarle la chica como si del Tenorio se tratara.

El equipo blanquiverde ostenta probablemente, junto con el Dinamo de Kiev, el dudoso honor de ser el gran olvidado del fútbol de elite europeo. Desde el banquillo, Udo Lattek rodeó a su Santísima Trinidad de secundarios de lujo como Stielike, Schafer o el Balón de Oro de 1977, Alan Simonsen. Vogts mandaba, Bonhof hacía jugar y Heynckes, curiosamente actual entrenador bávaro, perforaba redes. Con estos cromos, y ya sin Netzer, que se marchó al Real Madrid una temporada antes, el Gladbach ganó dos Copas de la UEFA y se plantó en la final de la Copa de Europa de 1977, cuando sólo el Liverpool de Keegan llegó más lejos que ellos.

Pese a todo, el legado de aquel equipo va más allá de cinco Bundesligas y un puñado de gloria en los estadios del viejo continente, pues aún permanece el recuerdo de un grupo de futbolistas que sometió al club más poderoso de Europa y sin cuya existencia no habría sido posible que la RFA ganara el Mundial celebrado en Alemania en 1974 con Helmut Schön como director de orquesta.

Pero la ilusión de la afición fohlen por reverdecer viejos laureles va camino de marchitarse antes de que comience la primavera, pues, eliminados de la Europa League, ni siquiera llegaron a jugar Champions tras caer en la fase previa. El equipo de Lucien Favre perdió a su punta de lanza, Marco Reus, y es probable que el próximo verano tenga de decir adiós a Ter Stegen, su joven guardián. Renovarse año a año, sin posibilidad de asentar un proyecto estable, convierte al técnico suizo en un contemporáneo Sísifo que tiene que empujar una piedra que, irremisiblemente, acabará por caer otra vez. Y aunque destronar al Bayern no parezca una opción factible, cosas más raras se han visto. Que se lo pregunten a Ratzinger

27/02/2013

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14 thoughts on “La insurrección del Gladbach

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