Suspiros de España

salvaMARIO BECEDAS | “Aquí yace media España: murió de la otra media”. La sentencia parece emanada de la Guerra Civil, y así puede ser. Pero no de la que todos conocemos por los abuelos, si no de las otras tres que tuvieron que aguantar nuestros ancestros decimonónicos en menos de 50 años. El genial y parece que siempre amargado a fuer de crítico Larra diagnosticó en casi una decena de palabras la enfermedad nacional.

Ningún secreto en las vicisitudes hispánicas es el cainísmo imperante que ha llegado a nuestros días y que seguirá hasta el final de los tiempos o hasta que las dos columnas de Hércules se conviertan en una sola. En la vasta piel de toro se es tendente a llevar en el ADN la barroca cualidad de opinar más cuanto menos se sabe o, si acaso, de increpar cuando uno no mira lo que guarda en su propio sayo. Por supuesto, el gigantesco fútbol no podía escapar de tamañas garras.

Como medidor del pulso social, el balompié nos ha deparado un episodio que aunque desagradable para una ciudadanía del siglo XXI, ha supuesto una delicia en los espacios deportivos que copan los medios patrios al modo en que se hubiese desarrollado el conflicto o polémica en los amarillentos papeles de la España galdosiana. Retirado como jugador profesional, el nunca indiferente Salva Ballesta arrancaba su automóvil en dirección a Vigo para ser el segundo entrenador de un equipo que coquetea con el peligro en la tabla. Al poco de emprender la marcha, llega una llamada de arriba, de parte de Mouriño, éste con –ñ, que se ponga. Que detenga su viaje, que no le contratan. Una parte de la afición del club identificada con los postulados, por así llamarlos, más radicales de la izquierda no desea su fichaje por sus conocidas y admitidas avenencias castrenses y sus poco edulcoradas opiniones respecto a la idea de nación española.

El sector celtarra, cuyo sufijo denota más cercanía a lo vascongado que a lo gallego, se opuso frontalmente a la llegada de este bravo oficial del balón justificando su parecer en la palabra ‘facha’ y llegando a influir en la directiva, cosa peculiar. El valiente soldado sin guerra pero no exento de batalla ha hecho gala de inusitado mutismo dejando entrever que la rabia le hinchaba la vena de la frente toda vez que se mordía el labio con la mayor fuerza armada posible. Los mentideros ya se han llenado de réplicas a favor y en contra de tan castizo y costumbrista episodio.

Formado para la aviación civil y escapando hacia el verde tapete antes de besar la rojigualda, uno de los errores de Salva es no haber sacado las ruedas antes de aterrizar. Es habitual encontrar declaraciones disparadas por este descendiente de la casta militar, siempre extraídas con la picaresca técnica del sacacorchos del periodista de turno, asemejadas a retales históricos que bien pueden parecerse a frases pronunciadas al albur de los años 40. No es esto ninguna invectiva, la neutral Wikipedia se muestra bastante más severa en sus primeras líneas. Puede ser más o menos criticable imponer una idea de patria o Estado desde el mayor de los desconocimientos. Pero cuando uno tiene en el pecho dos amores, es mejor decidirse pronto, porque si no, se acaba con ninguno y suspirando. Lo que quizá le haya pasado a la punta de lanza del fútbol español.

No es esta tierra fácil para dejar la asepsia política a un lado. El saludo militar, acompañado de la inscripción “¡Viva España!” en las botas era un derecho que nadie le podía quitar a nuestro prohombre. Pero cuestionar la disputa territorial o declarar en una entrevista que no le importaría departir un buen rato con Tejero, predispone muy bien la diana para el lanzamiento de tomates al tener que visitar todos los campos de un país lleno de barrancos y terraplenes no sólo en el relieve.

Puestos a mezclar fútbol e identidad nacional, quién ha hecho más por la Selección. Sin caer en la demagogia, no se vislumbraba a Salva trayendo una Copa del Mundo de Sudáfrica. Si admitimos, por el contrario, su manifiesta y pública, amén de supuesta, posición “apolítica”, uno no entiende ciertas reivindicaciones desde la esfera pública que le brinda el deporte. Como mínimo, debería saber a lo que se expone. Un país exánime, desgastado por el debate estéril y la sangre derramada, siempre va a ser proclive a abuchear e insultar, aparte de despreciar, a quien se escora demasiado hacia uno de los dos abismos.

No se pretende justificar desde esta tribuna y con este tono tan tribunero que me está quedando la resolución del Celta, propia de la más inusitada cobardía, aunque con sus dosis de responsabilidad para evitar un Brunete cada dos domingos. Menos aún la de ese sector de su afición, más propia de feudos medievales que de la un público del siglo presente. Pero eso no es óbice para detenerse en la otra raíz del problema. Cómo iba a llegar a deslucir Salva su buen hacer futbolístico con las vacías consideraciones sobre esta tierra sita entre dos continentes. Declararse Centinela de Occidente más de 30 años después, cuando hasta la Transición, con la que el nació en el 75, se derrumba, es un peligro innecesario para alguien que en el fondo sabe amar lo bonito del deporte que aquí nos congrega.

Sus riesgos tiene defender sin cautela símbolos que no se entienden. Induciendo eso a caer en el odio y la sinrazón. Delicado es erigirse portador y estandarte de la banderola rojigualda en cualquier extremidad corporal, desde la muñeca hasta los hombros, como única representación de toda nuestra historia sin saber que la trajo un italiano hace sólo 300 años para distinguir nuestros barcos. La cosa es defender sin excluir, ni en zona ni al hombre. No haremos aquí apología de otro eslabón perdido, Oleguer, con el que el nueve tuvo sus más y sus menos por la vía judicial. Y es que las viejas glorias del Ejército español, Salvador, también empiezan con un liberal al viejo modo como Espartero o con la ira biliosa de un catalán de pro que parloteaba el occitano cuando se cabreaba como Prim, que varias veces entró en Madrid vitoreado y al ritmo de ‘Generales. Demasiado común es el error de comenzar la liturgia contemporánea en el 36. Hubo mucho antes y ha habido demasiado después.

Por eso, Salva, a muchos, con ideas diferentes a las tuyas, pero que te admiramos desde los tiempos del Valencia y ciertamente descolocados por la intolerancia celtarra, nos pesa que tu talento futbolístico y una buena puerta abierta para los banquillos se te hayan cerrado por el cómo más que por el porqué. La representación escénica de tus ideas era más propia de quien está defendiendo la civilización en Afganistán, pero si uno quiere ganar un partido en Balaídos, el balón es el primero. Esto es así. Lo han dicho todos. Machado, Unamuno, OrtegaCánovas… ¿Qué más da? Es la doliente y lánguida España. A la que queremos y odiamos. La que nos hace suspirar cuando nos alejamos y bufar cuando nos acercamos. Difícil de aprender. Ya lo cantaba Estrellita Castro. Ahora, al ‘aviador’ le toca suspirar.

22/02/2013

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4 thoughts on “Suspiros de España

  1. Primeramente, decir que es una magnífico artículo aún a pesar de los penoso de su contenido. Por que a decir verdad, no cabe otro calificativo ante tal falta de desfachatez que no hace si no ensuciar aún más el fútbol español. Y que nos muestra que quizás incluso sectores minoritarios y extremistas tengan más poder del que creamos en el mundo de fútbol también aquí en nuestro país.

  2. España es como es y eso no va a cambiar. Sólo hace falta echarles un vistazo a los informativos de televisión, las tertulias radiofónicas o los periódicos. Que todo esto entre a formar parte del mundo del fútbol es triste, pero dada nuestra historia, creo que inevitable. Dicho esto Salva siempre me ha parecido un personaje digno de Punto Pelota. Como diría el bueno de Bernd: “No hace falta decir nada más”.

  3. Suspiros de España, sí señor. País de charanga y pandereta. ¿Nos imaginamos a un francés que no diga Vive la France, aún en los barrios de la banlieu de Paris? ¿Un inglés que no entone God save the Queen, aunque sea de los Sex Pistols? ¿O un americano que no entone su himno patriótico un Cuatro de Julio y cien mil veces más al cabo del año? No tenemos, señor Becedas, mucho apaño. Nos falta dejar de ser “paletos”, I think.

    • No entiendo a dónde pretendes llegar, Daniel. ¿Ser “paletos” es no decir “Viva España” y no “entonar” el himno? Yo no siento ningún apego por España, ¿es malo? y lo más importante: ¿es mi culpa?

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