Nihilismo

Riquelme nihilismoJULIÁN CARPINTERO | “Lo importante es ver aquello que resulta invisible para los demás”. La autoría de esta frase pertenece al fotógrafo suizo Robert Frank, considerado una especie de moderno Tocqueville por su distanciada visión de la sociedad norteamericana. Su influencia fue tan grande que llegó hasta los barrios más humildes de Buenos Aires, donde un joven Humberto Rivas empezaba a descubrir el gusto por el arte que desarrolló Niepce y que le llevó a ser testigo de todas las intrahistorias de una sociedad bonaerense que en las últimas semanas ha rezado a San Martín para que otro artista volviera a revelar sus mejores instantáneas.

No es fácil para un foráneo explicar lo que el barrio de La Boca representa en la capital de Argentina. Ni siquiera para un autóctono, pues acabaría enredado en un sinfín de silogismos desprendidos de su verbo fácil y su psicología de taberna y mate. La Boca son casas multicolores, la historia de unos marineros suecos y el equipo de fútbol más querido en el país en el que, como decía Juan Villoro, Dios es redondo. Pero, a pesar de que la divina figura se aparezca en cualquier potrero donde las porterías puedan ser pintadas en la pared de un descampado, su palabra sólo puede ser difundida por los apóstoles en los que Él confía tan compleja misión. Y, aunque sorprenda a propios y extraños, su ojito derecho en La Boca no es Diego, esa suerte de Judas que traicionó a la religión y a sí mismo cuando aceptó el prohibido placer que los romanos le sirvieron en un espejo de plata. Al sur de Buenos Aires, el vicario de Cristo en el mundo terrenal, o sea en La Bombonera, se llama Román y no Pedro.

Dice la sabiduría popular que nadie es profeta en su tierra, pero su caso es la excepción que confirma la regla. El ’10’ auriazul en ningún sitio se ha sentido tan querido como en su casa, pues a base de observar y escuchar ha sabido conectar como nadie con cada rincón del distrito. No obstante, del mismo modo que Rivas, que radiografío con su réflex la forma en que transcurría la vida de obreros, amas de casa y niños, el rebelde Román, que había tomado su mejor fotografía ante el Real Madrid en Tokio, tuvo que cruzar el charco para experimentar esa melancolía que quería sentir pero que sus 20 y pocos no dejaban que aflorara. Así, con una sonrisa tímida se vio en la sala de prensa del Camp Nou posando junto a un señor al que no le entendía dos palabras seguidas y con el que era cuestión de tiempo que la comunicación —o la ausencia de la misma— se tornara en un problema.

Un año después, y con Van Gaal ya fuera de Can Barça, el desembarco de Rijkaard no hizo sino que afloraran instintos nihilistas en el pastor bonaerense. Riquelme empezó a negar con la cabeza y, cuando pensaba que la sempiterna y extrovertida sonrisa de Ronaldinho fagocitaría su gesto triste y lánguido, el capitán Pellegrini subió su Submarino a la superficie para tirarle un salvavidas y recuperarle para la causa. Resulta paradójico que un color tan vital —y con una connotación tan negativa en el fútbol— como el amarillo volviera a ser talismán para un jugador que siempre ha parecido moverse como una sombra por los terrenos de juego. En Castellón expuso Román sus mejores fotos, mostrando radiantes a Forlán, Senna o José Mari, hasta que entre Lehmann y el ingeniero le estropearon el flash de la cámara. Vuelta al no.

Apartado, su desengaño ante lo efímero de la vida se hacía cada vez más evidente, de manera que su única salida ante tanta asfixia emocional era volver a casa. El poderoso Mauricio Macri hizo posible que un vuelo llevara al hijo pródigo hasta Buenos Aires para que volviera a enseñar sus plásticas imágenes a La Doce, el sector más incondicional de la hinchada de Boca. Y es que febrero de 2007 es la fecha clave para entender lo que representa Riquelme en la parte argentina del Río de La Plata. Fuera de forma y lesionado guió al cuadro xeneize a través de remontadas espectaculares bajo la niebla a la consecución de una Copa Libertadores que, un día antes de su vuelta, era un sueño inalcanzable. Román era Dios hecho carne.

Tras ese fugaz momento de felicidad vendrían muchas más negaciones, y ni siquiera los títulos eran capaces de frenar el movimiento horizontal vaivenoso de su cuello. Desencantado con la Selección Argentina que dirigía Maradona, la marcha de hombres fuertes de Boca como Basile o la retirada de su alter-ego Martín Palermo llevaron a Riquelme al existencialismo más extremo que había sentido en sus 34 años de vida y decidió terminar con su idilio boquense tras caer en la final de la Libertadores contra Corinthians. ¿Punto y final?

Como afirmaba Robert Frank, a través de su objetivo Román ve cosas que los demás no atisban sobre un campo de fútbol. Por ello, las velas que los aficionados de Boca encendieron a la Virgen de Luján surtieron efecto y el hombre de la mirada triste y la expresión de angustia retrocedió sobre sus pasos para captar todas las tardes de júbilo que aún le dejen sus piernas. El próximo brote de negación llegará, es inevitable, pero mientras tanto Boca y Argentina sonríen sabiendo que el hijo de Dios ha resucitado. Dos meses después.

19/02/2013

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3 thoughts on “Nihilismo

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