El Txingurri del Pireo busca el Olimpo en Champions

Valverde Valencia

DAVID LÓPEZ PALOMO | A menudo, el fútbol nos da motivos para sonreír y llorar en pocos meses. Nos da razones para creer y descreer en una misma temporada. Nos deja incurrir en lo ilógico por encima de lo previsible y nos demuestra cómo el acantilado de emociones en que incide el juego se torna en una catarata sin fondo aparentemente visible. Y ocurre sin preaviso en cualquier parte. En este caso en Valencia, con la salida de Pellegrino, un chico de la casa, bien vestido, aseado y con una imagen que Florentino Pérez hubiera aprobado allá cuando Del Bosque ya no era galáctico y el negocio seducía más al presi que el esférico de cuero y cordón. No obstante, esa planta no es suficiente para entrenar a un club acostumbrado a una algarabía constante de pañuelos y pitos por doquier. A un club que pide resultados por la necesidad histórica de estar cerca de Madrid y Barça, aunque su presupuesto no sea equiparable. Un club que, ahora sí, con Valverde en el puesto, ha experimentado esa sensación de vértigo y satisfacción tan propia de las lanzaderas que pueblan los parques de atracciones.

En apenas unos meses, el chico al que apodaban ‘hormiga’ —Txingurri en euskera— ha conseguido 19 puntos en nueve encuentros, mientras que su antecesor logró 18 en 14 partidos. Una balanza favorable a Valverde, que ya tiene al equipo a dos puntos de Champions, después de tutear al Barça la semana pasada y a un día de medirse al PSG en la Liga de Campeones. Con un único borrón en su cuenta, la estrepitosa derrota ante el Real Madrid en Copa del Rey y Liga.

Lejos de revivir esas sensaciones, Ernesto ya sabe lo que es salirse de la línea para finalmente acabar derivando en el objetivo que se fija en forma de títulos. Reconoce la tormenta a su llegada, capea bien el temporal que le cae desde los medios y remata bien la faena cuando el sol exime al cielo de todo nubarrón. No obstante, sabe lo que es luchar en los infiernos del Pireo contra el gentío que se agolpa pidiendo tu cabeza cuando no das la altura en Champions y, sin embargo, te aplaude cuando esa misma temporada llegas a las vitrinas de Olympiacos con una Copa y una Liga. Un doblete que le permitió entrar en la nómina de los dioses griegos sin pasar por la férrea censura económica de Merkel y que, posteriormente, rechazó en pos de entrenar al Villarreal la temporada siguiente. Quizá no fue la mejor idea, teniendo en cuenta que su aventura en tierras castellonenses acabó en enero y propició su vuelta al banquillo de Atenas. Otra vez ascendió al cielo tras ganar la Superliga griega y, otra vez, renunció a él.

Esta vez fueron los asuntos personales los que le eximieron de tutearse con Zeus. Anteriormente en Bilbao, su salida fue propiciada por las desavenencias con el presidente, y en el Espanyol, sus disputas con Riera acabaron con su ciclo tras una mala segunda vuelta de campeonato. Siempre de cara, su carácter no gusta a todos, pero es eficaz en cuanto a resultados se refiere. Al Athletic le llevó a semifinales de Copa y le clasificó para la UEFA, y al conjunto perico le metió en la final de la actual Europa League. Datos que dejan buen sabor de boca en los aficionados, independientemente de lo que ocurra dentro de los vestuarios. Estamos ante un vasco, nacido en Extremadura, que pocas veces se rinde. Guarda para sí ese gen que algunos ven diferenciador, pero que podemos resumir con una palabra: cabezota.

Con esas premisas y sin caer en la mediocridad, mañana tendrá la oportunidad de instalar la euforia en esa particular montaña rusa de emociones en la que se mueve la afición valencianista esta temporada. Le toca medirse al PSG en un intento de pasar a la historia, de clasificarse para la siguiente ronda de Champions y, por qué no, acabar en la final. Si el Madrid, huérfano de motivación en Liga puede mentar a la Décima sin caer en la osadía, quién le va a eximir al Txingurri del Pireo de soñar con dar la campanada en el Olimpo de la Champions.

11/02/13

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